El Mundo de las Mentiras Horrores de Guerra 2

La Batalla por Mantua II (San Giorgio)

El fuego había aparecido en una casa del extremo oriental, después en otra, luego en los almacenes próximos al camino del río. Cuando los primeros soldados llegaron para contenerlo, ya había ventanas rotas, puertas abiertas y techos que comenzaban a desprenderse, para cuando Melas alcanzó las primeras calles, varias manzanas estaban envueltas en humo y el viento empujaba las llamas entre las casas y hacía volar pequeñas brasas sobre los tejados; algunas caían sobre los uniformes y los hombres las apartaban con las manos sin detenerse; otras desaparecían en la nieve ennegrecida de las calles. Los habitantes era un mito en aquel horror; solo quedaban puertas abiertas, mesas abandonadas, ropa tirada en los patios y animales sueltos que corrían entre las columnas de humo. Un soldado del ejército de las emperatrices atravesó una calle con el mosquete sobre el hombro y se detuvo frente a una vivienda cuya fachada todavía no había sido alcanzada por el fuego.

—Aquí tampoco.

Su compañero miró hacia el interior.

—¿Qué?

—Nada.

Un tercer hombre llegó corriendo.

—¡Adelante! ¡El mariscal Melas quiere la plaza!

Más al sur, las campanas de una iglesia sonaron una sola vez antes de quedar en silencio, cuando los disparos comenzaron a declarar el destino de los hombres. Draeikos había colocado a sus hombres en las calles que conducían hacia el centro de la ciudad en grupos: una compañía detrás de una esquina; otra dentro de una casa con las ventanas arrancadas; dos cañones protegidos por una pared baja y fusileros apostados en los pisos superiores, disparando entre el humo y desapareciendo antes de que la artillería enemiga pudiera responder. Melas avanzaba y cada vez que sus hombres tomaban una calle, encontraban otra posición y cada vez que rompían una de ellas, Draeikos ya había abandonado el lugar.

—¡Siguen retrocediendo! —gritó un oficial.

Melas siguio observando las casas, ya el fuego iluminaba las fachadas por intervalos. Los soldados avanzaban cubriéndose detrás de carros volcados, muros y montones de madera. El hielo crujía bajo las botas mientras que los caballos resoplaban, asustados por las detonaciones.

—¡Adelante!

La orden volvió a transmitirse y los hombres avanzaron. Una descarga salió desde una calle lateral y seis soldados cayeron, los demás se agacharon.

—¡A la casa!

Entraron y no encontraron a nadie; las habitaciones estaban vacias, su mesa volcada y el fuego que había comenzado en una cortina. Uno de los soldados miró alrededor.

—¿Dónde están?

—¿Quiénes?—respondio otro

—Los habitantes.

Desde fuera llegó otra descarga y el hombre volvió a tomar su mosquete. En una calle más adelante, los hombres de Draeikos dispararon nuevamente y la respuesta fue inmediata: los cañones de Melas golpearon las fachadas y una pared se abrió de repente, montones de piedras, madera y cuerpos cayeron sobre la calle. Los soldados del primer grupo continuaron avanzando, Draeikos observaba desde el extremo de una avenida, su caballo estaba cubierto de espuma.

—¿Cuántos quedan mi oficial?

El oficial a su lado tardó unos segundos.

—Del segundo batallón, menos de la mitad.

Draeikos miró hacia la calle.

—Que retrocedan.

—¿Hasta dónde?

Señaló con la mano.

—Hasta allí. Antes del puente

El oficial siguió la dirección de su dedo.

—¿Y después?

A lo lejos, una nueva columna enemiga apareció entre el humo; sus bayonetas brillaron durante un instanteantes de desaparecer y su ejercito comenzaron a retirarse. Melas mandó avanzar y Draeikos volvió a retroceder. Un soldado enemigo cayó de rodillas junto a una fuente y su companero intentó levantarlo.

—Déjalo—dijo un oficial

—!Aun vive!

—!ES UNA ORDEN!—dijo el oficial

El hombre miró el rostro del herido: todavía respiraba y lo dejó allí. Un poco más adelante, dos soldados hablaban mientras recargaban sus armas.

—Dicen que esto empezó antes de que llegáramos.

—¿Qué?

—El fuego.

—¿Quién lo dice?

—Uno de los nuestros habló con un prisionero.

El otro miró las casas.

—¿Y?

—Dice que cuando entraron, ya estaba ardiendo.

Un disparo pasó sobre ellos.

—Deja de hablar.

—Solo digo lo que escuché.

—Pues escucha a la muerte que nos asecha. No morire aqui.

Una nueva orden atravesó la calle.

—¡CARGUEN!—los dos hombres tomaron sus armas y corrieron.

Draeikos seguía retirándose, no había dejado de mirar el terreno y cada vez que retrocedía, los hombres dejaban detrás de ellos muertos.

—Mariscal.—dijo su oficial

Draeikos giró.

—¿Sí?

—Nos están empujando demasiado.

Draeikos observó el humo que avanzaba por encima de los tejados.

—Lo sé.

—Podemos perder la ciudad.

Draeikos volvió la mirada hacia el frente.

—Todavía no.

Una explosión cerca sacudió las ventanas y los cristales que aún quedaban enteros cayeron sobre la calle; los hombres se agacharon y ya Melas había vuelto a abrir fuego. Draeikos levantó la mano.

—Ahora.

Las unidades comenzaron a retirarse nuevamente, mientras Melas avanzaba detrás de ellos y la distancia entre ambos ejércitos disminuía. Draeikos retrocedió hasta la siguiente calle, sus hombres llegaron detrás de él en grupos desordenados, llevabando los uniformes cubiertos de ceniza; otros habían perdido los sombreros durante la retirada. Un soldado apoyó el mosquete contra una pared y se quitó un trozo de madera que se le había clavado en el hombro.

—¿Aquí?

Draeikos miró la calle: a la izquierda había una hilera de casas estrechas; a la derecha, un edificio de dos pisos con las ventanas abiertas. Más adelante, la calle desembocaba en una pequeña plaza.

—Aquí.

Unos soldados arrastraron un carro hasta la esquina, colocando sacos de grano junto a una puerta y dos cañones fueron llevados hasta el fondo de la calle mientras los artilleros apartaban cadáveres para poder abrir espacio a las piezas. El enemigo apareció al otro extremo.



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En el texto hay: horror, guerras, política y supervivencia

Editado: 07.10.2026

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