El Pacto

El Pacto

EL PACTO

Por Cigüeña Algodón

Como todo el mundo había conocido días malos, pero sin duda alguna este había sido el peor en la vida de Garza Cotton y lo seguía siendo cuando seis años después, como tantas otras veces, lo recordaba:

En el viaje de vuelta, "vertida" como un gran charco de lágrimas en el asiento trasero del coche familiar todo parecía irreal y sin sentido, era increíble que su hermano viajara a su lado en esa urna verde sostenida por la mano izquierda de su madre y pegada a su cadera, su visión le producía una insondable tristeza cargada de impotencia.

Su cuñada, de copiloto en el asiento delantero y conduciendo en el calor de esa tarde de agosto su otro hermano, siempre tan bondadoso, el pequeño y sin embargo, el protector de todos:

- Hoy el cielo parece el de los Simpson- dijo con una sencillez inundada de dulzura Y añadió: ..tan perfecto....

Garza, con el alma devastada, pareció salir por un momento de su aislamiento emocional al escuchar estas palabras que percibió como un tímido homenaje al ausente y dirigiendo su mirada hacia aquella estampa celeste, coincidió con la interpretación fraterna de lo que parecía una forma de bienvenida.

- Sí ....las nubes parecen de algodón.- asintió la madre.

Garza dio un respingo inexplicable ante la simplicidad del comentario.

- ¿Cómo has dicho?- preguntó en un tono ligeramente exaltado.

Su madre repitió la apreciación sin darle mayor importancia, pero en el interior de Garza se encendió un puntito de luz activado por un nítido recuerdo infantil que le transportó de inmediato al salón de la antigua casa en donde jugaba con su hermano entonces pleno de vida, pensamiento que hizo que la embargara una insoportable añoranza.

Estaban junto a la chimenea que nunca encendían, bajo aquel cuadro pintado por la cálida tía Carmela, cualidad ésta plasmada en la pintura pese a representar un paisaje invernal de blancas casitas envueltas en una tormenta de nieve.

Debían tener seis o siete años, el hermano como era su costumbre "se algodoneaba", expresión ésta inventada en el seno del hogar con el propósito de describir tan particular acción y con la que la familia había bautizado cariñosamente la singular manía que desde sus primeros años había mostrado el niño y que consistía en colocarse un algodón entre la náriz y el labio superior para percibir su suavidad y aspirar su olor, en un movimiento casi imperceptible que según explicaba, como respuesta a la curiosidad ajena, le producía una sensación de confort y de la que sus padres no habían conseguido desapegarle pese a intentarlo reiteradamente con pequeñas tretas y trucos que habían resultado infrutuosos.

Garza y su hermano tenían esa complicidad propia de los compañeros de juego de las tediosas horas de siesta a media voz y de los interminables viajes atrapados en el asiento trasero del aquel adorado citroën, favorecida por la escasa diferencia de edad, apenas once meses y que a menudo actuaba de combustible para urdir todo tipo de desatinos y fantasias y que también les llevaba a compartir esos interrogantes latentes que veladamente habitan en lo profundo de los miedos infantiles, afortunadamente minimizados en su caso, gracias a la pureza de las creencias del padre fuertemente enraizadas en un genuino catolicismo.

Fue quizás aquel clima de confianza auspiciado por la fe que se respiraba en su familia y su comunidad, el que aquella tarde de juegos infantiles, tirados en la gruesa alfombra bajo el cuadro nevado de la tía Carmela, les llevó a abordar con total naturalidad la cuestión de la trascendencia tras la muerte:

-Hagamos un pacto- dijo Garza con vehemencia- el primero que muera si realmente existe el "más allá", hará una señal al otro para que lo sepa, nada más morirse.

-¡Vale!- dijo el hermano.

Garza se puso a repasar mentalmente señales que pudieran ser adecuadas al caso y no se le ocurría ninguna concluyente. Contrariamente su hermano parecía tenerlo muy claro:

-Si me muero yo antes aparecerá donde estés un trozo de algodón.

Garza asintió entusiasmada con la ocurrencia y ambos siguieron fantaseando al respecto de cual podría ser la señal en el caso de que fuera ella la que falleciese antes.

Hecha un ovillo ya casi en el tramo final, Garza deseó que ese viaje de vuelta se tornara infinito y no tener que lidiar así con la dolorosa realidad de que había que seguir viviendo a pesar de todo.

Los siguientes días fueron de un delirio vertiginoso, precipitándose de la tristeza a la rabia y viceversa, pero para su grata sorpresa descubrió en su gata una compañera de duelo de una nobleza y fidelidad inquebrantables que sin despegarse de ella, partícipe de su dolor como una prolongación de su propio ser, le provocaba un efecto balsámico con su presencia sanadora..

Trabajando, limpiando, paseando, hiciera lo que hiciera el recuerdo perenne de su hermano y el consiguiente sufrimiento lo teñían todo. De vez en cuando recordaba la simpática "causualidad" acontecida durante el viaje de vuelta y verbalizada por su madre: "parecen de algodón", algo internamente le decía que no era una interpretación pueril para el consuelo de una persona desesperada ni algo meramente anecdótico, pero quiso estar segura. Así que internamente le pidió a su hermano:



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En el texto hay: emoción y devoción

Editado: 27.09.2026

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