El Pacto de Unseliee

Las ruinas

El rugido volvió a escucharse cada vez más fuerte

Las flores luminosas del valle se cerraron de golpe y una bandada de pequeñas criaturas escapó de los árboles cercanos. El viento cambió de dirección y recorrió el valle como una corriente fría.

Evelyne dio un paso atrás.

—¿Qué fue eso?

Eryon no respondió inmediatamente.

Su mirada permanecía fija en las montañas.

—Tenemos que irnos.

—¿Adónde?

—A un lugar seguro.

—No pienso ir a ningún lado contigo.

Eryon finalmente la miró.

—Entonces quédate aquí.

Señaló el valle.

—Pero si haces eso, probablemente no llegues viva al amanecer.

Evelyne frunció el ceño.

—¿Me estás amenazando?

—No.

—Entonces explícame qué está pasando.

—No hay tiempo.

Eryon se dio la vuelta.

Evelyne permaneció inmóvil.

Por un instante consideró regresar por la puerta.

Pero entonces escuchó otro rugido.

Esta vez, algo respondió desde el interior del bosque.

No parecía un animal era extraño, casi humano.

Evelyne miró hacia atrás.

La puerta continuaba abierta.

Podía volver a Lunareth.

Sin embargo, recordó las palabras de Eryon.

Tu padre estuvo aquí.

Apretó la piedra dentro de su mano.

—Espera.

Eryon se detuvo.

—¿Qué?

—Si realmente conociste a mi padre…

El joven no respondió.

—Quiero saber qué hacía aquí.

Eryon cerró los ojos durante unos segundos.

Parecía estar intentando decidir cuánto podía contarle.

—Sígueme.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte ahora.

Evelyne dudó.

Finalmente comenzó a caminar detrás de él.

El camino descendía entre árboles enormes.

Evelyne nunca había visto árboles como aquellos.

Sus troncos eran tan anchos que cuatro personas no podrían rodearlos con los brazos. Las hojas tenían pequeñas líneas doradas que parecían iluminarse cuando el viento las movía.

Entre las raíces crecían flores violetas y azules.

Algunas se abrían cuando Evelyne pasaba cerca.

Otras parecían seguirla con sus pétalos.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En lo que queda de Elyndra.

Evelyne se detuvo.

—¿Elyndra?

Eryon continuó caminando.

—¿Conoces ese nombre?

—No.

—Entonces probablemente tu reino hizo bien su trabajo.

Evelyne aceleró el paso hasta alcanzarlo.

—¿Qué significa eso?

Eryon la observó de reojo.

—Que en Lunareth no quieren que recuerdes este lugar.

—¿Por qué?

—Porque oficialmente Elyndra nunca existió.

Evelyne soltó una pequeña risa nerviosa.

—Eso es imposible.

—¿Lo es?

—Los siete reinos existen desde hace siglos. Todos conocemos su historia.

—Conoces la historia que te contaron.

Aquella respuesta la hizo callar.

Eryon continuó avanzando.

—La historia puede cambiar mucho dependiendo de quién la escriba.

Evelyne pensó en la inscripción de las ruinas.

Cuando Unseliee sea nombrada nuevamente, la magia recordará lo que los reinos intentaron olvidar.

—¿Unseliee era de Elyndra?

Eryon se detuvo.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En las ruinas.

—¿Lo pronunciaste?

Evelyne asintió.

La expresión de Eryon cambió.

—No debiste hacerlo.

Evelyne sintió un escalofrío.

—Eso ya me lo dijeron.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Escuchaste una voz?

Evelyne lo miró con atención.

—Sí.

Eryon permaneció en silencio.

—¿Qué significa? —preguntó ella.

—Significa que la barrera está debilitándose.

—¿Qué barrera?

Eryon negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Todavía no qué?

—Todavía no estás preparada para saberlo.

Evelyne se cruzó de brazos.

—No puedes traerme hasta un reino que supuestamente no existe, decirme que conociste a mi padre y luego decidir qué estoy preparada para saber.

Por primera vez, Eryon pareció sorprendido.

Después de unos segundos, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Tienes razón.

—¿Eso es todo?

—No estoy acostumbrado a que alguien de Lunareth me hable así.

—Pues tendrás que acostumbrarte.

La sonrisa desapareció.

—Quizá.

Continuaron caminando.

Pero algo había cambiado.

Evelyne ya no caminaba detrás de él por miedo.

Ahora lo hacía porque quería respuestas.

Después de casi media hora, llegaron a una colina.

Desde allí Evelyne pudo ver el valle completo.

Y entonces comprendió que había estado caminando entre las ruinas de una ciudad.

Había torres derrumbadas.

Puentes de piedra cubiertos de plantas.

Calles ocultas bajo raíces.

Restos de casas.

Y, al fondo, una enorme construcción circular parcialmente enterrada.

Evelyne se quedó sin palabras.

—Esto…

—Era Elyndra.

—¿Era un reino?

—El corazón de uno.

Evelyne miró las ruinas.

—¿Qué ocurrió?

Eryon permaneció a su lado.

—Una guerra.

—¿Entre quiénes?

—Los siete reinos.

Evelyne giró rápidamente hacia él.

—Eso no aparece en ninguna historia.

—Precisamente.

—¿Por qué lucharían entre ellos?

Eryon miró hacia las ruinas.

—Por magia.

Evelyne guardó silencio.

—Hace mucho tiempo —continuó él—, los siete reinos no estaban separados como ahora. Existía un pacto entre ellos. Cada reino protegía una parte de la magia y ninguno podía dominarla por completo.

—¿Y Elyndra?

—Elyndra era el punto de unión.

Evelyne observó las torres.

—¿Qué pasó con ella?

—Los gobernantes descubrieron que aquí existía algo llamado el Corazón Primordial.

El nombre hizo que la piedra en el bolsillo de Evelyne comenzara a calentarse.

Eryon lo notó.

—¿La piedra está reaccionando?

Evelyne la sacó.

Una luz azul se filtraba por la grieta.




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