El Pacto de Unseliee

Elyndra

La oscuridad de la cámara parecía haberse tragado hasta el sonido de sus respiraciones.

Evelyne permaneció inmóvil.

La voz seguía resonando en su cabeza.

La hija de aquel que intentó regresar ha vuelto.

Su padre.

No podía ser una coincidencia.

Durante años había escuchado historias incompletas sobre él. Sabía que había muerto cuando ella era pequeña, que había pertenecido a Lunareth y que, según su madre, había sido un hombre dedicado a estudiar las antiguas historias de los reinos.

Nada más.

Nunca había escuchado el nombre de Elyndra.

Nunca había sabido que había estado allí.

Y ahora una voz que decía pertenecer a Unseliee lo había mencionado.

—Eryon.

—¿Sí?

—¿Qué significa que mi padre intentó regresar?

El joven no respondió.

—Eryon.

—No lo sé todo.

—Pero sabes algo.

—Sí.

—Entonces háblame.

Eryon bajó la mirada.

La luz de la piedra entre sus manos iluminaba apenas su rostro.

—Tu padre vino aquí buscando respuestas.

—¿Sobre Unseliee?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque descubrió que las historias que los reinos conservaban no coincidían.

Evelyne se acercó.

—¿Qué descubrió?

—Que Elyndra había existido.

Aquellas palabras parecieron pesar más que cualquier explicación.

Evelyne observó las paredes de la cámara.

—¿Y por qué lo ocultaron?

Eryon levantó la mirada.

—Porque la existencia de Elyndra demostraba que la historia de los siete reinos estaba incompleta.

—Eso ya lo sé.

—No. Todavía no entiendes lo que significa, dijo en tono seco

Eryon caminó hacia una pared cubierta de símbolos pasó los dedos sobre la piedra y una línea dorada apareció bajo su mano.

—Elyndra no era simplemente otro reino.

La pared comenzó a iluminarse derepente aparecieron imágenes.

Primero, siete territorios separados después, siete corrientes de luz que avanzaban desde cada uno de ellos todas terminaban en un mismo punto.

Elyndra.

—Hace siglos —explicó Eryon—, antes de que existieran las fronteras que conoces, los siete pueblos compartían la misma fuente de magia.

Evelyne observó las imágenes.

—¿El Corazón Primordial?

Eryon asintió.

—El Corazón no pertenecía a ningún reino. Pertenecía a todos.

Las imágenes cambiaron.

Aparecieron siete figuras alrededor de una enorme esfera de luz.

—Cada reino desarrolló una forma diferente de magia. Lunareth aprendió a trabajar con la luz lunar, los recuerdos y los sueños. Aeloria dominó la vida de las plantas. Vaelith aprendió a controlar el viento y las tormentas. Nyméria encontró la forma de escuchar el agua. Dravaryn convirtió el fuego en una fuerza capaz de transformar la materia. Sylvaris aprendió a manipular las sombras y las ilusiones.

Evelyne siguió observando.

—¿Y Elyndra?

La imagen cambió una ciudad apareció en medio de los siete territorios.

—Elyndra no tenía una magia propia.

—Entonces, ¿qué hacía?

—Unía las demás.

Evelyne frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Era el lugar donde las diferentes formas de magia podían encontrarse sin destruirse entre sí.

Las imágenes mostraron corrientes de colores diferentes mezclándose alrededor del Corazón.

—Por eso Elyndra se convirtió en el centro de los siete reinos.

Evelyne observó las antiguas calles que aparecían en las paredes ahora podía reconocerlas. Eran las mismas ruinas que había visto desde la colina pero en aquellas imágenes estaban llenas de vida.

Había mercadillos, torres, puentes, jardines, criaturas mágicas y hadas de diferentes reinos caminando juntas.

Por primera vez pudo imaginar cómo había sido aquel lugar.

—Era hermoso.

Eryon sonrió con tristeza.

—Lo era.

La imagen cambió las mismas calles comenzaron a llenarse de soldados las personas corrían las torres ardían, el cielo bajo el reino se oscurecía.

Evelyne sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasó?

—El Corazón podía alimentar la magia de los siete reinos.

Eryon hizo una pausa.

—Y eso hizo que los gobernantes comenzaran a querer controlarlo.

La puerta de la cámara se abrió Eryon indicó a Evelyne que lo siguiera subieron por una escalera estrecha y emergieron en una de las calles de Elyndra.

La luz de las siete lunas iluminaba las ruinas Evelyne miró a su alrededor ahora que conocía parte de la historia, la ciudad parecía diferente ya no veía solamente piedras antiguas vió todo lo que existió antes que ella.

Plazas, fuentes, escuelas y un templo.

Todo estaba cubierto por siglos de abandono.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.

—Más de lo que cualquier historia de Lunareth.

Evelyne pasó la mano sobre una columna había pequeñas marcas talladas en ella.

—¿Quién vivía aquí?

—Personas de todos los reinos.

—¿Hadas?

—Hadas, guardianes, artesanos, estudiosos…

Eryon señaló una construcción parcialmente destruida.

—Ahí estaba la biblioteca.

—¿La biblioteca de Elyndra?

—La más grande que existió.

Evelyne lo miró.

—¿Qué ocurrió con los libros?

—Los quemaron.

—¿Todos?

—Casi todos.

—¿Quién?

Eryon no respondió inmediatamente.

—Los ejércitos de los siete reinos.

Evelyne sintió una punzada de incredulidad.

—¿Todos?

—Los siete.

—¿Por qué destruirían una biblioteca?




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