El pecado de Nikolai

Capítulo 2:El hombre detrás de el poder.

NIKOLAI

No creía en las segundas oportunidades.

Tampoco creía en la suerte, en el destino ni en esas historias que la gente se contaba para convencerse de que todo sucedía por alguna razón.

Las cosas sucedían porque alguien tomaba una decisión. Y las consecuencias dependían de qué tan inteligente hubiera sido esa decisión.

Así funcionaba el mundo.

Al menos, el mío.

—Tiene tres minutos para explicar por qué perdimos un cargamento que debía haber llegado hace dos días.

Mantuve la mirada fija en el hombre sentado frente a mi escritorio.

No levanté la voz. No golpeé la mesa ni hice ninguna de esas estupideces que algunos hombres confundían con autoridad.

No me hacía falta.

El silencio que siguió a mis palabras fue suficiente para que empezara a sudar.

—Señor Zorin, hubo un problema con los documentos y…

—Eso ya lo sé.

Interrumpí su explicación y dejé el bolígrafo sobre la mesa.

—Lo que quiero saber es por qué nadie me informó.

El hombre tragó saliva.

—Pensamos que podríamos solucionarlo antes de que usted…

—¿Antes de que yo me enterara?

No respondió.

Me recosté en la silla y lo observé durante unos segundos. Tenía cuarenta y tantos años, llevaba seis años trabajando para una de mis empresas y, hasta esa mañana, había considerado que era lo suficientemente inteligente para conservar su puesto.

Qué decepción.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando conmigo?

—Seis años, señor.

—Seis años —repetí—. Y todavía no comprende algo tan sencillo como informar de un problema antes de que se convierta en uno mayor.

—Puedo arreglarlo.

—No lo dudo.

Su expresión cambió, probablemente porque esperaba que le ofreciera alguna salida.

No iba a hacerlo.

—Pero no volverá a trabajar para mí.

—Por favor, señor Zorin. Tengo una familia.

Lo miré sin cambiar de expresión.

Había escuchado aquella frase demasiadas veces. Siempre aparecía cuando alguien comprendía que sus decisiones tenían consecuencias.

—Entonces debió pensar en ella antes de poner en riesgo su puesto.

Hice un gesto hacia la puerta.

Dos hombres que esperaban afuera entraron y lo acompañaron a la salida. No hubo gritos ni escenas innecesarias. Mi nuevo director de logística recibiría los informes antes del mediodía, y el incidente quedaría resuelto antes de que terminara la semana.

Tomé nuevamente el bolígrafo.

Tenía asuntos más importantes que atender.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Un mensaje de Alekséi, uno de los hombres que supervisaban las operaciones de la Bratva Zima.

La reunión está confirmada. Hay un cambio en las condiciones.

Escribí una respuesta breve.

Quiero los detalles antes de las doce.

Guardé el teléfono en el cajón y me levanté.

Desde los ventanales de mi despacho, Moscú parecía una ciudad perfectamente ordenada. Los edificios se elevaban bajo el cielo gris, los vehículos avanzaban por las avenidas y miles de personas continuaban con sus vidas sin imaginar cuántas decisiones podían tomarse detrás de las puertas cerradas de un edificio como aquel.

Mi empresa ocupaba varios pisos de una torre de cristal en el centro de la ciudad. Desde afuera, el lugar representaba exactamente lo que quería que representara: estabilidad, dinero y una reputación impecable.

Contratos internacionales, inversiones, propiedades, transporte y sociedades comerciales.

Negocios legítimos.

Negocios rentables.

Y una estructura que había tardado años en construir.

La Bratva Zima era otra cosa.

Su nombre no aparecía en mis informes corporativos, y ninguna persona sensata habría intentado relacionar públicamente ambas partes de mi vida. La organización existía mucho antes de que yo ocupara la posición que tenía ahora, pero bajo mi mando había aprendido una regla fundamental: la lealtad no se exigía con discursos. Se demostraba con acciones.

Quien trabajaba conmigo conocía los límites.

Quien los cruzaba debía asumir las consecuencias.

No necesitaba que me quisieran. Prefería que comprendieran exactamente quién era yo y qué podían esperar de mí.

El afecto era una cuestión privada.

La confianza, un privilegio.

Y el poder, una responsabilidad que no podía permitirme ejercer con sentimentalismos.

—Buenos días, señor Zorin.

Yelena apareció junto a la puerta con una tableta en las manos.

Llevaba un traje color gris oscuro, el cabello perfectamente recogido y esa expresión profesional que rara vez abandonaba durante el horario de trabajo.

—Son las once y veinte —respondí.

Ella miró discretamente su reloj.

—Buenos días, entonces.

No sonreí, pero tampoco hice ningún comentario.

Yelena era eficiente. Conocía mis horarios, organizaba mis reuniones y tenía la capacidad de resolver problemas sin convertir cada pequeño inconveniente en una emergencia. En mi empresa, eso la colocaba por encima de muchas personas que cobraban el doble y producían la mitad.

—Tiene una reunión con el señor Petrov a las doce y media. Después, almuerzo con los socios de la compañía de transporte. A las cuatro está prevista la revisión de los contratos.

—¿Y el informe de Alekséi?

—Lo estoy esperando.

—No lo espere. Llámelo.

—Por supuesto.

Dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—También confirmaron la cena del viernes. Los señores Salcedo asistirán con sus familias.

Levanté la mirada.

—¿Hubo algún cambio?

—No. Solo querían confirmar que la invitación seguía en pie.

Los Salcedo eran socios comerciales desde hacía varios años. Su dinero estaba invertido en dos proyectos de expansión y, hasta donde sabía, eran personas razonables. No necesitaba mantener una amistad con ellos para que nuestra relación funcionara; bastaba con que ambas partes cumplieran lo acordado.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 10.10.2026

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