Antonella
El sonido de mi teléfono me despertó antes de que pudiera disfrutar de los últimos minutos de sueño.
Lo busqué a tientas entre las cobijas y contesté sin mirar la pantalla.
—¿Bueno?
—¿Así contestas el teléfono por las mañanas? —preguntó Misha.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué me llamas si estás en la cocina?
Hubo un silencio.
Después escuché su carcajada al otro lado de la pared.
—Quería comprobar si seguías viva.
—Voy a comprobar yo si sobrevives cuando te lance por la ventana.
—Te espero para desayunar, cariño.
Colgó.
Dejé caer el teléfono sobre la almohada y me tapé la cara. Mi mejor amigo tenía un talento especial para molestarme cuando menos ganas tenía de soportarlo.
Aun así, terminé levantándome.
Después de ducharme, alisé mi cabello negro, me puse unos pantalones elegantes, una blusa color crema y un abrigo largo. Me gustaba verme bien incluso cuando mi único plan consistía en cuidar niños y regresar a casa a preparar una torta.
La ropa era una de mis debilidades.
Los zapatos bonitos, los bolsos y los vestidos también.
Mi cuenta bancaria, por desgracia, no siempre compartía mis gustos.
Cuando llegué a la cocina, Misha estaba preparando huevos revueltos.
—Buenos días, princesa.
—No me digas princesa.
—Buenos días, criatura malhumorada.
Me senté y tomé una tostada.
—Mucho mejor.
Misha dejó un plato frente a mí.
—Por cierto, te llegó un mensaje anoche. No quise despertarte.
—¿De quién?
—De una tal Yelena. Dice que trabaja para una empresa cuyos dueños son socios de la familia Salcedo.
Saqué el teléfono y abrí el mensaje.
La mujer quería hacerme un pedido de repostería para una reunión de negocios. Necesitaban una selección de postres individuales, galletas y una torta pequeña para acompañar el café. También preguntaba si podía llevarlo personalmente a las oficinas de la empresa.
Leí los detalles dos veces.
—Es un pedido bastante grande —comenté.
Misha se sentó frente a mí.
—¿Y cuánto piensas cobrar?
Miré nuevamente el mensaje y abrí la calculadora del teléfono.
—A ver, serían doce tartaletas de frutos rojos a ciento ochenta rublos cada una. Eso son dos mil ciento sesenta. Veinte galletas de mantequilla a cien rublos, dos mil. Doce pastelitos de chocolate a doscientos veinte cada uno, dos mil seiscientos cuarenta, y una torta pequeña de frutos rojos en cuatro mil quinientos.
Hice la suma y giré el teléfono para que Misha pudiera verla.
—En total, once mil trescientos rublos.
Su expresión cambió inmediatamente.
—No.
—¿Cómo que no?
—No vas a cobrar eso.
—¡Misha! ¿Cómo que no voy a cobrar eso? ¡Acabo de hacer las cuentas!
—Y las hiciste mal si crees que once mil trescientos rublos es suficiente por todo ese trabajo.
Puse los ojos en blanco.
—Ay, por Dios. Son unos postres, no una cirugía a corazón abierto.
—No me cambies el tema, Antonella. ¿Cuánto vas a gastar en ingredientes?
Me quedé pensando unos segundos.
—Unos cuatro mil doscientos rublos entre ingredientes y empaques. Quizá un poco más.
—¿Y las horas que vas a pasar preparándolo todo? ¿Y la electricidad? ¿Y tu trabajo? ¿Eso también se lo vas a regalar?
—No estoy regalando nada.
—Pues parece que sí. Estás cobrando como si preparar todo eso fuera cuestión de cinco minutos.
Suspiré.
Tenía razón, aunque me molestara admitirlo.
Me gustaba hornear para otras personas, pero a veces me costaba ponerle precio a algo que disfrutaba tanto. Siempre terminaba pensando que podía cobrar un poquito menos, que tampoco era para tanto o que los ingredientes no habían costado demasiado.
Misha decía que algún día terminaría regalando mi trabajo.
Yo decía que exageraba.
Ambos sabíamos que probablemente tenía razón.
—Está bien —cedí—. Por ahora voy a dejarlo en once mil trescientos porque ya estoy preparando la cotización. Pero voy a revisar mis precios para los próximos pedidos.
—Más te vale, porque no pienso permitir que trabajes como esclava en tu propia cocina.
—Qué dramático eres.
—Y tú eres demasiado buena con la gente. Esa combinación me preocupa.
Le di un sorbo a mi café para disimular la sonrisa.
—Gracias por preocuparte por mí, mamá.
—De nada, hija. Ahora cóbrales lo que corresponde.
Solté una carcajada.
Volví a leer el mensaje y respondí que podía aceptar el pedido. Acordamos la entrega para el día siguiente, a media mañana.
Cuando terminé de desayunar, guardé el teléfono en mi bolso.
—¿Sabes qué me gusta de ti? —preguntó Misha.
Lo miré con desconfianza.
—¿Qué quieres?
—Tu generosidad.
—¿Y qué quieres realmente?
—Que me guardes una galleta.
Le lancé una servilleta.
El día transcurrió con normalidad.
Los niños tenían suficiente energía para mantener ocupada a una persona durante tres jornadas completas. Pasamos la mañana dibujando, leyendo cuentos y discutiendo porque el menor estaba convencido de que podía ponerse sus botas al revés sin que nadie lo notara.
No tuve corazón para decirle que sí lo había notado.
Al regresar a casa, me puse ropa cómoda y comencé a preparar el pedido.
Misha apareció en la cocina cuando yo estaba pesando la harina.
—Huele delicioso.
—Todavía no he horneado nada.
—Estoy hablando de tus intenciones.
—Fuera de mi cocina.
Se apoyó en la encimera.
—¿Qué vas a preparar?
Le expliqué que haría pequeñas tartaletas, galletas de mantequilla, pastelitos de chocolate y una torta de frutos rojos. Quería que la presentación fuera elegante, sin decoraciones exageradas. Era un pedido empresarial, así que prefería algo discreto.
Misha observó cómo comenzaba a preparar la masa.
—¿Te han dicho quién es el cliente?