El pecado de Nikolai

Capítulo 4:El precio de Las cosas

Antonella

El dinero nunca había sido algo que me sobrara, pero tampoco me gustaba vivir con la sensación de que cada moneda tenía que estirarse hasta el último centavo.

Por eso, cuando regresé al departamento después de entregar el pedido, dejé mi bolso sobre la mesa y saqué la libreta donde llevaba las cuentas de mi pequeño negocio.

—A ver, señora empresaria —dijo Misha, apareciendo detrás de mí con una taza de café—. ¿Cuánto ganaste hoy?

—Buenos días para ti también.

—Ya te saludé. Ahora quiero cifras.

Le lancé una mirada divertida y abrí la libreta.

—El pedido para la empresa de la señora Salcedo fue de once mil trescientos rublos.

Misha casi se atragantó con el café.

—¿Once mil trescientos? ¿Por unas tartaletas y unas galletas?

—Por doce tartaletas de frutos rojos, veinte galletas de mantequilla, doce petit fours de chocolate y un pastel pequeño. No aparecieron mágicamente en una caja, mi amor.

—Ya sé, pero cada vez que hablas de dinero pareces una contadora con delantal.

—Y tú pareces un hombre que quiere que le cobre por respirar.

Se rio y se sentó frente a mí.

En la libreta tenía anotado el pedido completo. Las tartaletas costaban ciento ochenta rublos cada una; las galletas, cien; los petit fours, doscientos veinte, y el pastel pequeño, cuatro mil quinientos. En total, once mil trescientos rublos.

Era una buena venta.

Sin embargo, todavía debía descontar los ingredientes, el empaque y cualquier gasto adicional. Facturar once mil trescientos no significaba que esa cantidad terminara en mi bolsillo.

—¿Y cuánto te costó prepararlo? —preguntó Misha, asomándose sobre la mesa.

—Todavía estoy terminando las cuentas. Aproximadamente cuatro mil doscientos rublos entre ingredientes y empaques. Quizá un poco más cuando revise los recibos.

—Entonces te quedan siete mil cien antes de contar otros gastos.

—Exactamente. Y de ahí tengo que separar una parte para volver a comprar ingredientes.

Misha me observó con una expresión que conocía demasiado bien.

—Necesitas subir tus precios.

—No todos pueden pagar postres carísimos.

—No te estoy diciendo que cobres como si tus galletas estuvieran hechas de diamantes. Te digo que tu trabajo vale.

Bajé la mirada hacia la libreta.

A veces me costaba reconocerlo. No porque creyera que mis postres fueran malos, sino porque todavía estaba construyendo algo propio en una ciudad donde había llegado sin conocer demasiado. Cada cliente nuevo era una oportunidad y cada pedido, por pequeño que fuera, me acercaba un poquito más a la independencia que había venido buscando.

—Voy a revisar los precios —prometí.

—Eso dices desde hace dos meses.

—Y tú llevas dos meses diciendo que vas a ordenar tu armario.

Misha se llevó una mano al pecho.

—No ataques mis procesos personales.

Solté una carcajada.

Por unos minutos hablamos de tonterías, hasta que mi teléfono vibró sobre la mesa.

Era un mensaje de la señora Salcedo.

10:47 a. m. — Señora Salcedo: Antonella, muchas gracias por el pedido. Todo llegó en perfectas condiciones. Yelena me comentó que la empresa podría necesitar más postres para futuros eventos. Te avisaremos con anticipación.

Sonreí sin poder evitarlo.

—¿Buenas noticias? —preguntó Misha.

—Puede que tenga más pedidos de la empresa.

—¿Ves? El universo finalmente está reconociendo tu talento.

—O simplemente les gustaron las tartaletas.

—Déjame tener mi momento dramático.

Le enseñé el mensaje y él lo leyó con una sonrisa satisfecha.

—Anto, esto podría convertirse en algo constante. Si organizas bien los pedidos, podrías ahorrar para comprar un horno mejor.

Aquello me hizo pensar.

Mi horno actual funcionaba, pero a veces calentaba más de un lado que del otro. Había aprendido a compensarlo girando las bandejas y vigilando cada preparación, aunque eso significara pasar más tiempo en la cocina.

Un horno profesional me permitiría aceptar pedidos más grandes sin sacrificar calidad.

—Primero necesito saber si realmente serán pedidos frecuentes —dije—. No quiero gastar dinero que todavía no tengo.

—Eso es razonable. Aunque también podrías permitirte celebrar un poquito.

Miré nuevamente el mensaje.

Tal vez no era el comienzo de un gran negocio. Pero era una oportunidad, y yo había aprendido que las oportunidades no siempre llegaban envueltas en algo espectacular.

A veces llegaban en forma de una simple notificación.

Por la tarde me dediqué a preparar una nueva tanda de galletas para mis clientes habituales. Misha salió a hacer unos encargos y yo me quedé sola en el departamento, con música suave de fondo y el aroma de la mantequilla llenando la cocina.

Mientras colocaba las galletas sobre una bandeja, pensé en la entrega de la mañana.

La secretaria había sido muy correcta, aunque tenía una forma de mirar que me hacía sentir como si estuviera evaluando cada movimiento. No había sido grosera, pero tampoco especialmente amable.

No era algo que me preocupara.

Yo había ido a entregar un pedido, no a conseguir amigas.

Y, si los clientes estaban satisfechos y pagaban lo acordado, podía trabajar con personas de cualquier carácter.

Mi teléfono vibró de nuevo. Esta vez era mi madre.

—¡Mi niña! —su voz llenó el pequeño departamento apenas contesté—. ¿Cómo estás?

—Bien, mamá. ¿Y ustedes?

—Bien, gracias a Dios. Tu papá dice que deberías llamarnos más seguido.

—Le llamé ayer.

—Y hoy ya está diciendo que te extraña.

Sonreí mientras apagaba el horno.

Mis padres tenían esa capacidad de hacerme sentir en casa incluso a miles de kilómetros de Colombia. A veces extrañaba tanto las conversaciones con ellos que me quedaba mirando fotografías antiguas durante demasiado tiempo.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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