El pecado de Nikolai

Capítulo 5:Una mujer que no sabe cuándo callarse

Antonella

Había mañanas en las que me preguntaba si Moscú tenía algo personal contra mí.

Aquella era una de ellas.

Primero, el despertador decidió no sonar. Después, Misha se terminó el café que yo había dejado en el refrigerador y, para rematar, uno de los niños a los que cuidaba escondió uno de mis zapatos porque, según él, necesitaba aprender a buscar mis cosas.

A las diez de la mañana ya estaba considerando seriamente regresar a Colombia.

—¿Qué cara es esa? —preguntó Misha por teléfono.

—La de una mujer que está a dos minutos de perder la paciencia.

—¿Otra vez?

—Misha, te juro que si sigues preguntando tonterías, voy a bloquearte.

—No puedes vivir sin mí, corazón.

—Puedo intentarlo.

Colgué antes de que empezara a reírse.

Tenía que entregar unos documentos relacionados con un pedido y aprovechar para comprar ingredientes. Los encargos de repostería comenzaban a llegar con más frecuencia, y aunque todavía no podía llamarlo un negocio grande, me hacía ilusión pensar que estaba construyendo algo propio.

Eso sí, después de la conversación con Misha sobre mis precios, había decidido revisar mis cuentas con más cuidado.

No iba a pasarme horas horneando para terminar ganando una miseria.

Mi mejor amigo estaría orgulloso.

O me reclamaría por no haberlo hecho antes.

Probablemente ambas cosas.

Al salir del establecimiento, revisé la lista de compras en mi teléfono mientras caminaba por la acera. Necesitaba chocolate, mantequilla, harina y frutos rojos. También debía comprar unos empaques nuevos, porque los que tenía no eran suficientes para el siguiente pedido.

Iba tan concentrada en mis cuentas que no vi al hombre que caminaba en dirección contraria.

El choque fue inevitable.

Mi bolso cayó al suelo y varias de mis cosas se esparcieron sobre el mármol de la entrada.

—¡Oye, fíjate por dónde caminas! —espetó una voz masculina.

Me quedé inmóvil un segundo.

¿Perdón?

Levanté la cabeza lentamente y encontré a un hombre absurdamente alto, vestido con un traje negro impecable. Su cabello rubio estaba perfectamente acomodado y sus ojos claros me observaban con una expresión tan fría que parecía considerar mi existencia una molestia personal.

Ni siquiera me había ayudado a recoger mis cosas.

—¡¿Tú eres bobo o qué?! —solté, agachándome para recuperar mi teléfono—. ¡También tienes ojos, ¿no?!

El hombre entrecerró los ojos.

—Cuida tu boca.

Solté una risita incrédula.

—Ay, no, mi amor. ¿Y este quién se cree? ¿El dueño de la calle?

Su mandíbula se tensó.

—¿Sabes con quién estás hablando?

Me puse de pie, sacudiéndome las manos mientras lo miraba de arriba abajo.

—Pues no, papacito, y tampoco me quita el sueño. Ahora, si me haces el favor, déjame pasar, que no tengo todo el día para perderlo contigo.

Intenté rodearlo, pero él se movió y me bloqueó el paso.

Lo miré con incredulidad.

—¿Qué te pasa? ¿No entiendes español o te explico con plastilina?

Sus ojos se oscurecieron.

—Estás jugando con fuego, niña.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero ni por el berraco iba a permitir que aquel hombre creyera que podía intimidarme.

Di un paso hacia él y alcé la barbilla.

—Pues cuidado, mi rey, que te puedes quemar tú también.

Por primera vez, su expresión cambió.

No fue una sonrisa. Tampoco parecía diversión.

Era algo mucho más peligroso.

—Vas a arrepentirte de haberme hablado así.

Recogí lo último que me faltaba y me acomodé el bolso en el hombro.

—Sí, claro. Y yo soy la reina de Colombia. ¡Hágame el favor!

Pasé junto a él rozándole el hombro y continué caminando.

Entonces escuché su voz una vez más.

—¿Cómo te llamas?

Me detuve apenas un segundo.

Giré la cabeza y le dediqué mi sonrisa más falsa.

—Antonella.

Seguí caminando sin mirar atrás, aunque llevaba el corazón golpeándome las costillas.

No porque me hubiera gustado.

Ni muchísimo menos.

Sino porque aquel hombre tenía una manera de mirar que hacía que una sintiera que acababa de meterse en un problema bastante serio.

—¡Qué tipo tan insufrible! —murmuré en español.

Y, por supuesto, tuve que pensar en mi madre.

«Antonella, por favor, aprende a controlar tu carácter».

Sí, mamá. Lo intentaré.

Mañana.

NIKOLAI

Me quedé mirando cómo aquella mujer se alejaba por la acera.

No podía creer lo que acababa de ocurrir.

La mayoría de las personas que se cruzaban conmigo procuraban no llamar mi atención. Algunas me saludaban con excesiva amabilidad; otras bajaban la mirada cuando reconocían mi rostro.

Era una reacción normal.

Mi nombre tenía suficiente peso en Moscú para que la gente pensara dos veces antes de enfrentarse conmigo.

Pero aquella mujer acababa de llamarme bobo, cuestionar mi inteligencia y marcharse como si yo fuera un obstáculo insignificante en su camino.

Apreté la mandíbula.

—Señor Zorin.

Mi hombre de seguridad se acercó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Quiero saber quién es esa mujer.

Él miró en la dirección por la que Antonella había desaparecido.

—¿Debo seguirla?

—No. Averigua su identidad. Nada más.

Asintió y se apartó para hacer la llamada correspondiente.

Yo seguí mirando la calle durante unos segundos antes de volver al automóvil.

No estaba interesado en ella.

Me interesaba saber por qué una desconocida había decidido hablarme de aquella manera sin mostrar la menor preocupación por las consecuencias.

Era una cuestión de principios.

No toleraba la insolencia, y mucho menos cuando alguien me desafiaba delante de otras personas.

Subí al vehículo y cerré la puerta.

—A la oficina.

Mi chófer arrancó.

Tenía reuniones pendientes, contratos que revisar y un problema con uno de los cargamentos de la organización. No iba a permitir que una discusión absurda me distrajera de mis responsabilidades.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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