Antonella
—No pienso salir así.
Miré a Misha a través del espejo mientras terminaba de colocarme un pendiente.
—¿Así cómo? —preguntó, fingiendo inocencia.
—Con ese vestido, esos zapatos y esa cara de que vas a arruinarle la vida a alguien.
Sonrió.
—Amor, para arruinarle la vida a alguien primero hay que salir de casa.
Puse los ojos en blanco.
La verdad era que llevaba demasiado tiempo concentrada en trabajar, cuidar niños y preparar postres. Necesitaba una noche para mí. Una noche en la que no tuviera que preocuparme por los ingredientes, las facturas ni los pedidos pendientes.
Y Misha se había encargado de organizarlo todo.
Me puse un vestido negro ajustado que resaltaba mis curvas, con un escote elegante y una abertura discreta en la pierna. Completé el conjunto con unos tacones negros, un bolso pequeño y unos pendientes dorados. Dejé mi cabello negro, largo y lacio, cayendo sobre mi espalda, y elegí un maquillaje que destacaba mis ojos oscuros y mis labios.
Me miré una última vez.
No necesitaba parecerme a nadie. No necesitaba tener otro cuerpo, otra cara ni una cuenta bancaria con más ceros para sentirme bonita.
Esa noche quería recordar algo muy sencillo: yo también merecía disfrutar de mi vida.
—Bueno —dijo Misha desde la puerta—. ¿Vas a terminar de admirarte o debo llamar a seguridad para que te saque del espejo?
Me giré.
Él llevaba un pantalón negro, una camisa de seda oscura y una chaqueta que probablemente había comprado después de jurarme que no volvería a gastar dinero en ropa durante tres meses.
—¿Y tú? ¿No habías dicho que estabas ahorrando?
—Estoy ahorrando en otras cosas para invertir en mi felicidad.
—Eres un caso perdido.
—Y tú estás preciosa. Ahora ven acá.
Me abrazó con cuidado de no estropearme el maquillaje.
—Esta noche no quiero escuchar ni una sola queja sobre trabajo —me advirtió—. Vamos a bailar, tomar algo y divertirnos. ¿Entendido?
—Entendido, mamá.
—Y si algún imbécil te molesta, me avisas.
—Misha, puedo defenderme sola.
—Lo sé. Pero yo también quiero divertirme.
Me eché a reír y agarré mi bolso.
La discoteca se llamaba NOIR.
Desde la entrada se notaba que no era un lugar cualquiera. Una fachada negra con detalles metálicos, luces rojas y una fila de automóviles de lujo daban la bienvenida a quienes llegaban. Dos guardias vigilaban la puerta y un empleado comprobaba las reservas.
Misha enseñó la nuestra.
—Buenas noches. Tenemos una reserva a nombre de Misha.
El hombre revisó su lista y nos permitió pasar.
En cuanto entramos, la música me golpeó el pecho.
El lugar era impresionante: una pista de baile rodeada de luces rojas y violetas, barras de mármol oscuro, sillones de terciopelo y enormes ventanales desde los que se veía Moscú iluminada. En una zona elevada había mesas privadas, separadas del resto por paneles de cristal ahumado.
—¡Dios mío! —grité para hacerme escuchar—. ¡Esto está precioso!
Misha se inclinó hacia mí.
—¡Te dije que te iba a gustar!
Un camarero nos acompañó hasta nuestra mesa. Pedimos bebidas sin alcohol y brindamos por nuestra noche libre.
—Por nosotras —dije, levantando mi copa.
Misha arqueó una ceja.
—¿Nosotras?
—Por nosotros, pues. No empieces.
Chocamos las copas y bebí un sorbo.
Durante los primeros minutos nos dedicamos a observar a la gente, comentar discretamente algunos atuendos y reírnos de las historias que Misha inventaba sobre desconocidos.
Hasta que comenzó una canción que me encantaba.
Me levanté inmediatamente.
—¡Vamos a bailar!
—¡Eso quería escuchar!
Lo tomé de la mano y nos abrimos paso hasta la pista.
Por primera vez en semanas, dejé de pensar en todo lo que tenía pendiente. Bailé, me reí y canté partes de la canción sin importarme si alguien me escuchaba.
No estaba allí para impresionar a nadie.
Estaba allí porque quería disfrutar.
Y vaya que lo estaba haciendo.
NIKOLAINOIR era uno de mis negocios más rentables.
También era uno de los pocos lugares donde podía observar a determinadas personas sin tener que organizar reuniones formales. Empresarios, políticos, intermediarios y miembros de distintos círculos frecuentaban el establecimiento.
La mayoría desconocía que, detrás de la música y las luces, el lugar también me permitía mantener conversaciones que prefería no celebrar en mis oficinas.
Aquella noche había acudido para revisar las cuentas del mes y hablar con el gerente sobre algunos problemas relacionados con el personal.
Nada especialmente interesante.
—La facturación del último fin de semana superó las previsiones —me informó Viktor, el gerente—. También recibimos varias solicitudes para reservar la zona privada el próximo viernes.
Revisé los documentos.
—Apruebe las reservas que cumplan con los requisitos. Y revise las cámaras de la entrada; quiero saber por qué hubo una demora con algunos clientes.
—Por supuesto, señor Zorin.
Viktor continuó explicándome las cifras mientras yo observaba el salón desde el balcón privado.
Todo funcionaba como debía.
Hasta que una voz femenina, demasiado familiar, llegó desde la pista de baile.
No distinguí las palabras entre la música, pero reconocí el tono.
Fruncí el ceño y miré hacia abajo.
Allí estaba.
Antonella.
La misma mujer que me había insultado en plena calle.
Llevaba un vestido negro que le quedaba como una segunda piel, y el cabello oscuro cayéndole por la espalda. Bailaba con un hombre vestido elegantemente que, por su expresión, parecía estar disfrutando tanto como ella.
Antonella se reía.
No tenía aquella expresión preocupada que había visto en algunos empleados ni la cautela de quienes sabían quién era yo.