El pecado de Nikolai

Capítulo 7: El Problema no es mirarla

Antonella

Desperté con tres certezas.

La primera: me dolían los pies por culpa de los tacones que había usado en NOIR.

La segunda: necesitaba café con urgencia.

Y la tercera, aunque todavía no lo sabía, era que mi mejor amigo estaba a punto de convertirse en el protagonista de una de las escenas más ridículas de mi vida.

Todo comenzó con un silencio sospechoso.

Me incorporé en la cama, aparté las cobijas y miré la hora en el teléfono.

Diez y diecisiete de la mañana.

—¡Misha! —grité hacia el pasillo—. ¿Estás vivo?

Nadie respondió.

Fruncí el ceño.

Misha podía dormir hasta tarde después de una noche de fiesta, pero normalmente ya me habría enviado algún mensaje dramático sobre su dolor de cabeza o habría entrado a mi habitación para robarme crema hidratante.

Me levanté, me puse una bata y salí al pasillo.

—Te advierto que, si te comiste el último yogur, nuestra amistad termina hoy.

Silencio.

Caminé hasta la cocina. No estaba allí. Tampoco en la sala.

Entonces escuché una risa que provenía de su habitación.

Una risa que reconocí perfectamente.

La de Misha.

Sonreí con malicia.

—Ah, conque aquí estás, desgraciado.

Me acerqué a su puerta, que estaba entreabierta, y empujé sin pensarlo demasiado.

—¡Misha, necesito que me expliques por qué…!

Me detuve.

Completamente.

Sobre la cama, Misha estaba sentado con el cabello revuelto, una camiseta que definitivamente no era suya y una expresión de absoluta tranquilidad.

A su lado había un hombre guapísimo, de cabello oscuro, hombros anchos y una sonrisa que parecía disfrutar demasiado de la situación.

Los dos estaban bajo una misma cobija.

Y el desconocido tenía una mano apoyada en la cintura de mi mejor amigo.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

Misha me miró.

Yo lo miré.

El desconocido miró a Misha.

Después me miró a mí.

—Buenos días —saludó con una serenidad insultante.

Cerré los ojos.

—No.

Misha se llevó una mano al pecho.

—¿No qué?

—No voy a preguntar nada. No quiero saber nada. De hecho, voy a salir de esta habitación y fingiré que jamás he visto lo que acabo de ver.

—Antonella, por Dios, deja el drama.

Abrí los ojos y señalé al hombre.

—¡¿Y este quién es?!

—Daniil.

—¡¿Y por qué está en tu cama?!

Daniil levantó una ceja.

—Porque me invitó.

Me quedé mirándolo.

Después volví a mirar a Misha.

—¿Tú invitaste a un hombre a nuestra casa y no me avisaste?

—Estabas dormida.

—¡Pues por eso existen los mensajes!

Misha comenzó a reírse. Daniil también.

Y yo, que había entrado dispuesta a reclamarle por el desayuno, terminé sintiéndome como una madre que acababa de descubrir que su hijo había organizado una fiesta a escondidas.

—Bueno —dije, cruzándome de brazos—. ¿Al menos me van a presentar formalmente o debo salir y volver a entrar?

Misha sonrió de oreja a oreja.

—Anto, él es Daniil. Daniil, ella es Antonella, mi mejor amiga, mi compañera de piso y la única mujer que puede arruinarme la vida con una sola mirada.

—Mucho gusto —dijo Daniil.

—Igualmente. Perdón por interrumpir su… reunión empresarial.

Misha me lanzó una almohada.

La atrapé en el aire.

—¡Fuera de aquí!

—¡La casa también es mía!

—¡Y mi habitación también, así que lárgate!

Salí riéndome y cerré la puerta detrás de mí.

No habían pasado ni diez segundos cuando escuché a Misha gritar:

—¡Y NO HAGAS CAFÉ PARA DOS! ¡DANIIIL SE QUEDA A DESAYUNAR!

Me apoyé contra la pared, tapándome la boca para no soltar una carcajada.

Definitivamente, mi vida era una comedia.

Cuando Misha apareció en la cocina veinte minutos después, llevaba el cabello peinado, una camiseta negra y una sonrisa sospechosamente satisfecha.

Lo observé mientras sacaba una taza del armario.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Antonella.

—¿Qué?

—Deja de mirarme así.

Le di un sorbo a mi café.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras a punto de interrogarme.

—Yo jamás haría eso.

Misha soltó una carcajada.

—Eres una mentirosa.

—Solo quiero saber si debo comprar sábanas nuevas.

Casi escupió el café.

—¡ANTONELLA!

Me doblé de la risa.

—¡¿Qué?! ¡Estoy preocupada por la higiene de nuestro hogar!

—Te odio.

—Me adoras.

—Lamentablemente.

Se sentó frente a mí y tomó una tostada.

—Daniil es un chico que conocí hace unos días. Trabaja en el mundo de la publicidad, es simpático y anoche coincidimos en el antro.

—¿Y te gustó?

Su sonrisa se volvió un poco más discreta.

—Sí.

Por una vez, dejé de molestarlo.

Misha podía convertir cualquier conversación en una broma, pero sabía reconocer cuándo algo le importaba de verdad.

—¿Y tú le gustas?

—Eso parece.

—¿Y qué quieres que pase?

Se encogió de hombros.

—No lo sé todavía, Anto. Me cae bien. Me gusta pasar tiempo con él. Quiero ver qué sucede sin hacerme expectativas.

Asentí.

—Me parece perfecto.

Él me miró con una sonrisa dulce.

—Gracias.

—Pero la próxima vez que traigas a un hombre a casa, me avisas.

—¡Estabas durmiendo!

—¡ME DA IGUAL! ¡PODRÍA HABER ENTRADO DESNUDA!

Misha se quedó callado durante dos segundos.

Después comenzó a reírse tan fuerte que tuvo que dejar la taza sobre la mesa.

—Eso habría sido traumático para Daniil.

—¡Para mí también, desgraciado!

Y así, entre risas y amenazas de cambiar la cerradura de su habitación, terminó nuestra mañana.

Al menos hasta que mi teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

Número desconocido — 11:06 a. m.

Espero que hoy tus zapatos sean más cómodos que los de anoche.



#840 en Novela romántica
#15 en Joven Adulto

En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.