El pecado de Nikolai

Capítulo 8 : La obsesión tiene ojos claros

Antonella

—¡Alto ahí, señor dragón! ¡No puede entrar al castillo sin pagar el peaje!

Mateo, de seis años, se detuvo frente a la fortaleza de cojines que habíamos construido en medio de la sala. Llevaba una espada de plástico en una mano y una corona torcida en la cabeza.

—¡Pero soy un dragón rico! —protestó—. ¡Tengo mucho dinero!

Me crucé de brazos, intentando mantener la seriedad.

—¿Y eso qué tiene que ver? Aquí aceptamos monedas, galletas o disculpas sinceras.

Su hermana pequeña, Sofía, soltó una carcajada desde el interior del castillo.

—¡Que nos dé galletas!

—¡Traición! —gritó Mateo, llevándose una mano al pecho—. ¡Mi propia hermana me ha traicionado!

No pude aguantarme la risa.

—Así es la vida, mi amor. Nunca subestimes el poder de una mujer que quiere galletas.

Sofía asintió con solemnidad.

—Yo quiero dos.

—Y yo quiero que recojan los juguetes después —respondí.

Los dos me miraron como si acabara de anunciar una tragedia nacional.

—Anto, eso no es justo —dijo Mateo.

—¿Ah, no? ¿Y por qué?

—Porque los dragones no recogen juguetes.

—Pues este dragón va a aprender. En esta casa hasta los dragones ayudan.

Mateo suspiró con dramatismo y se dejó caer sobre los cojines.

—Qué difícil es ser niño.

Me senté a su lado y le acomodé la corona.

—Y qué difícil es ser tu niñera. Ahora, alteza, ¿me permite entrar en su castillo?

Me tendió una mano.

—Solo si me das un abrazo.

Lo abracé inmediatamente, llenándole la cara de besos hasta que empezó a retorcerse de la risa.

—¡Antoooo! ¡Eso no vale!

—¿Cómo que no? ¡Soy la guardiana oficial de los abrazos!

Sofía se lanzó sobre nosotros y acabamos los tres en el suelo, riéndonos como si no existiera ninguna otra preocupación en el mundo.

Y, durante unos minutos, así fue.

No había facturas, ni pedidos de repostería, ni hombres arrogantes con ojos claros que parecían convencidos de que el mundo entero les pertenecía.

Solo estaban Mateo, Sofía y yo.

A veces me preguntaba si trabajar como niñera era realmente una elección tan extraña para alguien que soñaba con tener su propio negocio de repostería. Pero cuando veía aquellas sonrisas, cuando Mateo me enseñaba orgulloso un dibujo o Sofía me pedía que le leyera el mismo cuento por quinta vez, recordaba por qué disfrutaba tanto estar allí.

Los niños no fingían.

Si te querían, te abrazaban.

Si estaban enfadados, te lo decían.

Y si algo les daba miedo, buscaban una mano que los hiciera sentir seguros.

Ojalá los adultos fueran un poquito más parecidos a ellos.

—Anto —me llamó Sofía, tirándome de la manga.

—Dime, princesa.

—¿Tú tienes novio?

Me quedé inmóvil.

Mateo abrió los ojos como platos.

—¡Eso! ¡Porque papá dice que los novios llevan flores!

—¿Tu papá dijo eso?

—Sí. Y mamá dice que algunos llevan dolores de cabeza.

Me tapé la boca para no reírme.

—Bueno, mis amores, primero tenemos que terminar el castillo y después podemos hablar de los hombres.

—¡Eso significa que sí tienes uno! —gritó Mateo.

—¡Significa que tienes que recoger los cojines!

Los dos salieron disparados en direcciones contrarias.

Sonreí, sacudiendo la cabeza.

Definitivamente, aquellos niños iban a acabar conmigo.

A media mañana, la señora Salcedo apareció en la sala mientras yo ayudaba a Sofía a terminar un dibujo.

—Antonella, ¿todo bien por aquí?

—Perfectamente. Aunque creo que Mateo está planeando una revolución porque le pedí que recogiera los juguetes.

La señora Salcedo se rio.

—Eso suena a él.

Mateo apareció detrás de su madre con una hoja de papel.

—¡Mamá, mira! ¡Es Anto!

Tomé el dibujo que me tendía.

Había una figura de cabello negro, un vestido rojo y una sonrisa enorme. A su lado, dos niños sostenían algo que parecía una bandeja de galletas.

Encima, con letras desiguales, había escrito: Mi Anto.

Se me apretó el corazón.

—Mi amor… ¿lo hiciste tú?

Asintió, orgulloso.

—Para que no te olvides de nosotros.

Me agaché frente a él y le acaricié la mejilla.

—¿Cómo voy a olvidarme de ustedes, si son mis personitas favoritas?

—¿Más que Misha?

—No hagas preguntas difíciles, Mateo.

La señora Salcedo soltó una carcajada.

Guardé el dibujo con cuidado dentro de mi bolso. No sabía por qué, pero sentía que algún día querría volver a mirarlo.

—Por cierto —comentó ella—, esta tarde tendremos una reunión con un socio de mi esposo. Quizá lleguen algunos invitados. Si puedes quedarte con los niños durante la primera parte, te lo agradecería.

—Claro. No hay problema.

—Eres un encanto, Antonella. De verdad, no sé qué haríamos sin ti.

—Conseguirían a otra niñera.

Me miró con fingida indignación.

—¡No me arruines el momento!

Me reí.

—Está bien, está bien. Acepto el cumplido.

Ella regresó a sus ocupaciones y yo volví con los niños.

No tenía idea de quién era aquel socio.

Tampoco me importaba demasiado.

Había aprendido que la gente con dinero podía convertir cualquier reunión en un acontecimiento importante, pero eso no significaba que yo tuviera que cambiar mi manera de ser por ellos.

Yo era Antonella Montenegro.

Colombiana, repostera por vocación, niñera por elección y una mujer perfectamente capaz de decirle a cualquier hombre que se fuera al carajo si se lo merecía.

Y no pensaba cambiar eso por nadie.

NIKOLAI

—¿Confirmaste la reunión con los Salcedo?

Viktor levantó la vista de la tableta.

—Sí. Su despacho está preparado. Nos esperan a las cuatro.

Miré el reloj.

Tres y veinte.

—Salimos en diez minutos.

—¿Quieres que te acompañe?

—No necesito que me acompañes para hablar de negocios.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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