El pecado de Nikolai

Capítulo 9:El niño que todavía vive en el ..

Nikolai

—Cancela la reunión de las cuatro.

Alekséi levantó la mirada de la tableta que sostenía entre las manos.

—¿La reunión con los inversores de San Petersburgo?

—¿Cuántas reuniones tengo a las cuatro?

—Una. Esa.

—Entonces no debería ser difícil entender mi instrucción.

Mi mano continuó moviéndose sobre los documentos que tenía extendidos en el escritorio. No necesitaba levantar la voz para que mis hombres comprendieran cuándo estaba perdiendo la paciencia. Había aprendido hacía mucho tiempo que un tono tranquilo podía resultar más aterrador que un grito.

Alekséi guardó la tableta contra su pecho.

—¿Quieres que la reprograme para mañana?

—Sí.

—¿Y puedo preguntar por qué?

Levanté los ojos.

Mi segundo al mando tenía la mala costumbre de confundir la confianza que le había concedido con el derecho a interrogarme. Se lo permitía porque era competente, porque había demostrado su lealtad durante años y porque, en más de una ocasión, su capacidad para anticiparse a los problemas me había ahorrado tiempo.

Pero incluso la confianza tenía límites.

—Puedes preguntar —respondí—. Eso no significa que vaya a contestarte.

Alekséi sonrió apenas.

—Vas a visitar a tus padres.

Mi bolígrafo se detuvo.

—¿Te parece que te he pedido una opinión?

—No. Pero llevas tres semanas diciendo que irás a verlos y siempre encuentras una razón para posponerlo.

—He estado ocupado.

—Siempre estás ocupado.

—¿Terminaste?

—Casi.

Lo observé en silencio.

Alekséi alzó las manos en señal de rendición.

—De acuerdo. La reunión queda para mañana. Le diré a Yelena que prepare los documentos y que nadie intente localizarte durante la tarde.

—No estaré incomunicado.

—Por supuesto que no. Solo estarás con tu familia, lejos de tus enemigos y de cualquier persona que tenga la desafortunada idea de molestarte.

—Alekséi.

—Ya me voy.

Salió antes de que pudiera responderle.

Me recosté contra el respaldo de la silla y observé el reloj.

Mi madre me había llamado esa mañana.

No había sido una conversación particularmente larga. Me preguntó si había desayunado, si estaba durmiendo lo suficiente y cuándo pensaba visitarlos. Respondí a las tres preguntas con la misma precisión con la que habría respondido un informe empresarial.

Sí.

Lo suficiente.

Pronto.

Ella guardó silencio durante unos segundos.

Después me dijo que había preparado mi comida favorita.

Y yo, que podía rechazar una oferta millonaria sin pestañear, que podía mirar a un hombre a los ojos mientras decidía el destino de su vida y que jamás cambiaba mis planes por una petición ajena, le prometí que iría esa misma tarde.

No necesitó insistir.

Nunca había necesitado hacerlo.

Mi madre tenía una forma particular de conseguir cosas de mí. No levantaba la voz, no recurría a amenazas y mucho menos intentaba imponerme su voluntad. Bastaba con mirarme con aquellos ojos que parecían conocerme desde antes de que yo aprendiera a mentir.

Frente a ella, todas mis excusas perdían valor.

Tomé el teléfono y le envié un mensaje.

Nikolai — 12:18 p. m.

Voy esta tarde. No prepares demasiada comida.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Mamá — 12:19 p. m.

Ya preparé bastante. Y no olvides que hace semanas no vienes a cenar conmigo.

Fruncí el ceño.

Nikolai — 12:19 p. m.

Han pasado diez días.

Mamá — 12:20 p. m.

Para mí han sido demasiados.

Me quedé mirando la pantalla.

Después, sin poder evitarlo, sonreí.

Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Si alguno de mis hombres hubiera entrado en ese momento, probablemente habría pensado que estaba planeando la ruina de alguien.

No habría estado completamente equivocado.

Pero, por una vez, no era eso lo que me ocupaba la cabeza.

Mi madre vivía en una propiedad privada a las afueras de Moscú, rodeada de jardines cuidados, árboles altos y un camino de piedra que conducía hasta la entrada principal.

La casa era amplia, elegante y discreta. No necesitaba demostrar riqueza porque la riqueza estaba presente en cada detalle: en los ventanales, en los muebles, en las obras de arte y en el personal que se encargaba de mantener todo en perfecto estado.

Sin embargo, nunca había considerado aquel lugar una exhibición de poder.

Para mí, era simplemente mi hogar.

El lugar donde había crecido.

Donde mi padre me había enseñado a montar a caballo, donde mi madre me había perseguido por los pasillos cuando era pequeño y donde todavía conservaba una habitación que ella se negaba a convertir en otra cosa.

Apenas el automóvil se detuvo frente a la entrada, el conductor bajó para abrirme la puerta.

—Puede retirarse —le indiqué.

—Señor, ¿desea que espere?

—Te llamaré cuando termine.

Subí los escalones y apenas alcancé a tocar el timbre cuando la puerta se abrió.

Mi madre apareció frente a mí.

Llevaba un vestido claro, el cabello perfectamente arreglado y una sonrisa que consiguió deshacer, en cuestión de segundos, buena parte de la tensión que había acumulado durante la mañana.

—¡Mi niño!

No tuve tiempo de decir nada.

Me rodeó con los brazos y me abrazó con tanta fuerza como le permitió la diferencia de altura.

Bajé la cabeza y apoyé la mejilla contra su cabello.

—Hola, mamá.

—¿Eso es todo lo que tienes que decirme?

—También puedo decirte que te ves hermosa.

Se apartó lo suficiente para mirarme.

—No intentes distraerme con cumplidos.

—¿Está funcionando?

—No.

—Entonces tendré que esforzarme más.

Ella soltó una carcajada y me dio un beso en la mejilla.

Después me tomó el rostro entre las manos, como si todavía fuera el muchacho que regresaba de la escuela con las rodillas raspadas.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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