El pecado de Nikolai

Capítulo 10: La curiosidad tiene dientes

Nikolai

No había nada más irritante que una distracción.

Y Antonella Montenegro se estaba convirtiendo en una.

Llevaba casi veinte minutos leyendo el mismo informe sin recordar una sola línea. No porque los números estuvieran mal, ni porque el documento fuera complicado. Mi atención simplemente se negaba a permanecer donde debía.

Volvía a ella.

A sus ojos oscuros, a aquella manera tan particular de mirarme como si mi apellido no significara absolutamente nada. A su voz, cargada de un acento que todavía no conseguía sacarme de la cabeza, y a la maldita costumbre de responderme cuando cualquier persona con sentido común habría guardado silencio.

Cerré el expediente de golpe.

—¿Todo bien, señor? —preguntó Viktor desde el otro lado del escritorio.

—Perfectamente.

Mi respuesta pareció divertirlo.

—Lleva diez minutos mirando el mismo documento.

Levanté la mirada despacio.

—¿Te pagan por observarme o por trabajar?

—Por trabajar. Observarlo es una consecuencia inevitable.

Lo miré con suficiente frialdad para recordarle que su humor tenía límites.

Viktor dejó de sonreír.

—La reunión con los Salcedos se confirmó para mañana —informó—. También enviaron la lista de proveedores que podrían utilizar para el siguiente evento.

—Encárgate de revisarla.

—Ya lo hice. Hay una propuesta de una pastelería local que…

—No necesitamos otra pastelería.

—Es la misma proveedora que preparó los postres del último encuentro. La señorita Montenegro.

El silencio que siguió fue breve.

Demasiado breve para que Viktor pudiera interpretarlo como algo importante.

Al menos, eso esperaba.

—¿Y?

—Nada. Solo pensé que querría saberlo, considerando que sus productos tuvieron buena aceptación.

Me recliné en la silla.

—Si los clientes están satisfechos, no hay motivo para cambiar de proveedor.

Viktor asintió, pero antes de salir añadió:

—Por cierto, la señora Salcedo comentó que Antonella estará mañana en casa cuidando a los niños durante la reunión.

Mis dedos se detuvieron sobre el escritorio.

—¿Por qué me cuentas eso?

—Porque acaba de mencionarlo usted mismo al preguntar por la reunión.

—No he preguntado por ella.

—Claro que no.

Su tono fue demasiado inocente.

—Fuera.

Viktor salió.

Me quedé mirando la puerta cerrada.

Aquello era absurdo. Antonella era la niñera de los hijos de mis socios comerciales. También era la mujer que había tenido la insolencia de insultarme en plena calle y después volver a hacerlo en mi propio club.

Recordarla no significaba nada.

Querer verla tampoco.

Y, desde luego, no tenía intención de buscarla.

Abrí nuevamente el informe.

Cinco minutos después, llamé a Viktor.

—Cancela la reunión de mañana por la tarde y adelanta la visita a los Salcedos.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—La visita estaba programada para el jueves.

—Ahora será mañana.

—¿Algún motivo en particular?

—¿Necesitas uno para cumplir una instrucción?

—No, señor.

Colgué.

Me quedé inmóvil unos segundos, consciente de la explicación que acababa de inventarme.

Los Salcedos eran socios importantes. Mantener una relación cercana con ellos formaba parte de mis responsabilidades.

Eso era todo.

Si Antonella estaba allí, sería una coincidencia.

Y si volvía a mirarme como si quisiera arrancarme la cabeza, al menos tendría la oportunidad de recordarle que no todos los hombres estaban dispuestos a tolerar sus desplantes.

Aunque, por alguna razón, yo parecía estar desarrollando una paciencia exclusivamente para ella.

Aquello sí era preocupante.

ANTONELLA

—Te lo voy a preguntar una sola vez: ¿por qué tienes tres camisas sobre la cama y sigues diciendo que no tienes nada que ponerte?

Misha apareció en la puerta de mi habitación con una taza de café en la mano.

Yo estaba sentada frente al espejo, intentando decidir si aquel día merecía un vestido bonito o si mis pantalones favoritos serían suficientes.

—Porque ninguna de esas camisas combina con el pantalón que quiero usar.

—Antonella Montenegro, tienes un problema.

—Tengo buen gusto. Es diferente.

Misha soltó una carcajada.

—¿Y para cuándo vas a usar ese buen gusto en una cita?

Giré la cabeza hacia él.

—¿Qué cita?

—La del arquitecto guapo que lleva días intentando invitarte a tomar café.

Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar sonreír.

Maksim me había escrito la noche anterior. Primero preguntó cómo había terminado mi día. Después quiso saber si ya había cenado y, finalmente, volvió a sacar el tema del café.

El hombre era persistente.

Tenía que reconocerlo.

Maksim: Voy a empezar a pensar que disfrutas rechazando mis invitaciones.

Antonella: No te he rechazado. Solamente no he aceptado.

Maksim: Una diferencia muy conveniente para ti.

Antonella: Me alegra que estés aprendiendo a entenderme.

Maksim: Entonces déjame invitarte a tomar café mañana. Sin compromisos, sin interrogatorios y sin que tengas que soportarme más de una hora.

Me había reído al leerlo.

No parecía un hombre acostumbrado a que le pusieran tantas condiciones, pero tampoco se había mostrado arrogante. Eso jugaba a su favor.

Antonella: Una hora es demasiado. Cuarenta minutos.

Maksim: ¿Treinta y cinco?

Maksim: Cuarenta. No negocies lo que tú mismo ofreciste.

Maksim: Está bien, jefa. Paso por ti a las cinco, si te parece.

Miré a Misha.

—Acepté un café.

Él abrió la boca, fingiendo una emoción desproporcionada.

—¡Mi niña está creciendo!



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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