Antonella
A las cuatro y veinte de la tarde llevaba tres cambios de ropa, dos tazas de café y una discusión conmigo misma que ya estaba empezando a parecer preocupante.
Todo por un café.
Un café, Antonella. No ibas a conocer a la familia real ni a presentarte a una entrevista para convertirte en la próxima directora de una empresa millonaria.
Pero, al parecer, mi armario no había recibido esa información.
—¡Misha! —grité desde mi habitación—. ¡Necesito una opinión sincera!
Mi mejor amigo apareció en la puerta, masticando una galleta.
—¿Quieres la sincera o la que no te haga llorar?
—La sincera.
—Entonces deja de cambiarte de ropa como si fueras a casarte con ese hombre.
Le lancé una mirada asesina.
—Te recuerdo que tú fuiste quien me animó a aceptar.
—Y lo mantengo. Maksim está guapo, tiene conversación y parece interesado en ti. Solo digo que, si vas a salir con él, podrías dejar de tratarlo como si fuera un sospechoso de asesinato.
Me quedé mirándolo.
—Vivo en Moscú, Misha. Conocer hombres sospechosos debería contar como una habilidad de supervivencia.
—Touché.
Solté una carcajada y volví a mirarme al espejo.
Al final elegí unos pantalones negros de cintura alta, una blusa color vino, botines y un abrigo largo. Dejé mi cabello negro suelto y me puse unos pendientes pequeños.
Me gustaba cómo me veía.
Y eso era lo importante.
—¿Aprobado? —pregunté, girándome hacia él.
Misha me examinó de arriba abajo.
—Aprobado. Estás preciosa.
—Gracias, mi amor.
—Pero si el arquitecto te hace llorar, me das su dirección.
—¿Para qué?
—Para ir a llorar contigo. No soy un delincuente, Antonella.
Me reí mientras tomaba mi bolso.
A las cinco en punto, el timbre sonó.
Maksim había llegado.
Cuando abrí la puerta, lo encontré vestido con pantalones oscuros, camisa blanca y un abrigo elegante. Llevaba una pequeña bolsa de una pastelería en la mano.
—Buenas tardes, Antonella.
—Buenas tardes, Maksim.
Su mirada recorrió mi rostro y se detuvo brevemente en mis ojos.
—Te ves preciosa.
Sonreí.
—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.
—Voy a tomar eso como un cumplido.
—Haz lo que quieras con él.
Su sonrisa se ensanchó.
—¿Lista para nuestros cuarenta minutos?
—Treinta y nueve. Ya gastaste uno hablando.
Maksim soltó una carcajada.
Me despedí de Misha y salí con él.
No sabía si aquella cita terminaría convirtiéndose en algo importante. Tampoco quería pensarlo demasiado. Llevaba mucho tiempo concentrada en trabajar, ahorrar y construir una vida estable lejos de Colombia.
Podía permitirme disfrutar de una tarde agradable.
Eso no significaba que fuera a entregar mi confianza a la primera sonrisa bonita.
Había aprendido que las personas podían parecer encantadoras y aun así esconder cosas.
Aunque, por el momento, Maksim no me había dado motivos para desconfiar.
Y esperaba que siguiera siendo así.
El café que eligió estaba en una calle tranquila, con ventanales amplios y mesas de madera. El aroma a café recién molido y pan dulce me recibió en cuanto entramos.
—Ahora sí me estás hablando en mi idioma —comenté.
—¿El café?
—El café, los postres y los lugares donde no tengo que gritar para escuchar a la persona que está enfrente.
—Anotado.
Nos sentamos junto a la ventana.
Pedí un café con leche y un pastelito de frutos rojos. Maksim eligió un espresso.
—Me dijeron que haces postres por encargo —comentó.
—Sí. Tartas, galletas, pastelitos… depende de lo que me pidan. Es algo que disfruto y que quiero convertir en un negocio más grande.
—¿Tienes una pastelería?
—Todavía no. Trabajo desde casa. Estoy ahorrando para comprar un horno mejor y, después, ya veremos.
—¿Y no has pensado en buscar un local?
Negué con la cabeza.
—Todo a su tiempo. No quiero endeudarme por querer correr antes de aprender a caminar.
Maksim asintió, aparentemente interesado.
—Eso habla bien de ti.
—¿Porque soy prudente?
—Porque sabes lo que quieres.
Bajé la mirada hacia mi taza para disimular una sonrisa.
—Bueno, tampoco exageremos. A veces paso veinte minutos decidiendo qué ropa ponerme.
—Eso no contradice lo que dije.
Conversamos sobre su trabajo como arquitecto, sus proyectos en Moscú y las diferencias entre nuestros países. Me preguntó por Colombia y escuchó con atención cuando le hablé de mi familia.
Cuando terminamos el café, miré la hora.
—Cuarenta minutos exactos.
Maksim fingió decepción.
—¿No podemos negociar una prórroga?
—¿Así funcionan tus proyectos de arquitectura? ¿Intentas negociar cuando el tiempo se acaba?
—Solo cuando el proyecto me interesa.
Lo miré por encima de mi taza.
—Qué respuesta tan ensayada, Volkov.
—Y aun así sonreíste.
Maldito hombre.
Tenía razón.
—Te concedo diez minutos más —dije, levantándome—. Pero no te emociones.
—Jamás me atrevería.
Salimos del café y caminamos un poco por la calle.
Antes de despedirnos, Maksim me pidió permiso para volver a invitarme.
—Puedes intentarlo —respondí—. Eso no significa que siempre vaya a decirte que sí.
—Lo sé. Precisamente por eso quiero volver a verte.
Me sostuvo la mirada con una sonrisa tranquila.
Y yo, por primera vez desde que había empezado a escribirme, consideré que quizá merecía una segunda oportunidad.
—Buenas tardes, Maksim.
—Buenas tardes, Antonella.
Me alejé hacia mi edificio con una sonrisa discreta.
No estaba enamorada.
Ni siquiera estaba cerca.
Pero había disfrutado de la cita.
NIKOLAI
—¿Volkov salió con ella?
La pregunta abandonó mi boca antes de que pudiera detenerla.