Nikolai
El miedo tenía un olor particular.
No era sangre, aunque algunos insistieran en asociarlo con ella. Era sudor frío, respiraciones contenidas y ese silencio incómodo que aparecía cuando un hombre comprendía que había cometido un error del que quizá no tendría oportunidad de arrepentirse.
Yo conocía bien ese olor.
Lo había percibido en hombres que juraban lealtad mientras planeaban traicionarme, en empresarios que intentaban engañarme y en enemigos que confundían mi paciencia con debilidad.
Aquella noche lo percibía en el sótano de uno de nuestros almacenes.
—Levanta la cabeza.
El hombre sentado frente a mí obedeció lentamente.
Serguéi Petrov. Cuarenta y dos años. Responsable de coordinar ciertos movimientos de mercancía para la Bratva Zima. Diez años trabajando bajo mis órdenes y, al parecer, tres meses convencido de que podía robarme sin consecuencias.
Había desviado dinero, entregado información sobre nuestras rutas a una organización rival y utilizado mi nombre para cerrar acuerdos que nunca autoricé.
Lo peor no era el dinero.
El dinero podía recuperarse.
La información, en cambio, podía costarle la vida a uno de mis hombres.
Y eso no se perdonaba.
—Señor Zorin, puedo explicarlo…
—Ya has hablado durante cuarenta minutos. —Consulté mi reloj—. Te aseguro que no necesito escuchar una versión número cuarenta y uno.
Serguéi tragó saliva.
A mi derecha, Viktor permanecía de pie, impecable en su traje oscuro. Detrás de él había dos hombres de confianza de la organización. Ninguno intervenía. No era necesario.
En Zima, todos sabían que yo prefería escuchar antes de dictar sentencia.
Pero también sabían que, una vez tomada mi decisión, no existían disculpas capaces de cambiarla.
—Tengo una familia —insistió Serguéi—. Una esposa, dos hijos. No puede hacerme esto.
Lo miré con una calma que pareció asustarlo más que cualquier grito.
—¿Y pensaste en tu familia cuando vendiste nuestras rutas?
—No sabía que…
—No vuelvas a insultar mi inteligencia.
Mi voz no subió ni un tono.
Me incliné hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
—Conocías los riesgos. Conocías las reglas. Y, sobre todo, conocías las consecuencias de utilizar información de Zima para beneficiar a nuestros enemigos.
—Puedo devolver el dinero.
—No necesito tu dinero.
—Puedo darle nombres. Direcciones. Todo lo que sé.
—Ya tengo los nombres.
Su expresión cambió.
Fue apenas un segundo, pero bastó.
Había esperado negociar. Entregarme algo a cambio de conservar su posición, su libertad y, posiblemente, su vida. Muchos hombres cometían el error de creer que todo tenía un precio porque ellos mismos estaban dispuestos a venderlo todo.
Yo no funcionaba así.
Me puse de pie y abotoné el saco de mi traje.
—Te equivocaste al pensar que eras indispensable, Petrov. Y cometiste un error todavía más grave al creer que mi confianza te convertía en mi igual.
—Nikolai, por favor…
Detestaba que utilizaran mi nombre como si la familiaridad pudiera salvarlos.
—Viktor.
Mi asistente dio un paso adelante.
—Señor.
—Quiero recuperar hasta el último documento que salió de nuestras oficinas. Identifica a todos los involucrados y congela cualquier acceso que todavía tengan a nuestros recursos. Nadie abandona la ciudad sin mi autorización.
—Entendido.
Miré nuevamente a Serguéi.
—En cuanto a ti, vas a entregar todo lo que sabes. Después, mis hombres te llevarán ante el consejo. Ellos conocerán las pruebas y escucharán tu declaración.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
No necesitaba explicarle lo que significaba aquello.
En nuestra organización, una traición demostrada no se convertía en inocencia por llorar lo suficiente.
Me dirigí hacia la salida.
—¡No puede hacerme esto! —gritó a mis espaldas—. ¡He trabajado para usted durante diez años!
Me detuve junto a la puerta y volví la cabeza.
—Precisamente por eso esperaba que fueras más inteligente.
Salí sin mirar atrás.
No sentí satisfacción ni culpa. Solo una fría decepción. Había dedicado años a construir una estructura en la que cada hombre conociera su lugar y entendiera el valor de la lealtad.
Si alguien decidía romper las reglas, debía estar preparado para pagar el precio.
Así funcionaba mi mundo.
Y yo no tenía intención de cambiarlo para que los cobardes pudieran dormir tranquilos.
El automóvil me esperaba en el patio del almacén.
Subí al asiento trasero y me quité los guantes de cuero.
—¿A dónde, señor? —preguntó el conductor.
—A la residencia.
Viktor subió al vehículo por la otra puerta y me entregó una carpeta.
—Hay otro asunto.
—Habla.
—Nuestros contactos en el puerto detectaron movimientos de una organización rival. Están intentando acercarse a dos de nuestros proveedores.
Abrí la carpeta.
—¿Nombres?
—Los estamos verificando.
—Entonces todavía no tienes nada que decirme.
Viktor guardó silencio.
Pasé las páginas, observando cifras, registros y fotografías. Mi negocio legal me permitía mover mercancía por medio país. Mi organización me daba acceso a un mundo donde las mismas rutas podían servir para fines que jamás aparecerían en un contrato.
No confundía ambos territorios.
Las empresas debían funcionar con precisión. La Bratva debía funcionar con lealtad.
Y cualquier idiota que pusiera en peligro una de las dos estructuras descubriría que mi paciencia tenía límites muy definidos.
—Quiero los nombres antes del mediodía —ordené—. Si nuestros proveedores están colaborando con ellos, averigua por qué. Si los están amenazando, quiero saber quién está detrás. Y si alguno está intentando jugar a dos bandos, que comprenda cuánto le costará.