El pecado de Nikolai

Capítulo 13 :El peligro de querer más

Antonella

—Te lo voy a decir una sola vez, Misha: si te comes otra galleta, voy a empezar a cobrarte por cada una.

Mi mejor amigo, que tenía media galleta de mantequilla en la boca, me miró como si acabara de cometer una injusticia imperdonable.

—¿Cobrarle a tu mejor amigo? Antonella, ¿dónde quedó tu corazón?

—En Colombia, junto con mi paciencia.

Misha soltó una carcajada.

Estábamos en la cocina de nuestro apartamento. Yo tenía un pedido pendiente, una bandeja de galletas en el horno y una lista de ingredientes que debía comprar antes de aceptar más encargos. Mi pequeño negocio avanzaba despacio, pero avanzaba. Cada rublo que ganaba era un paso más cerca de comprar un horno mejor y dejar de depender tanto del que teníamos.

No era millonaria, pero tampoco necesitaba serlo para sentirme orgullosa de mí misma.

—Hablando de dinero —dijo Misha, apoyándose en la encimera—, ¿cuándo vas a revisar los precios de tus productos?

—Cuando termine de pagar las cosas que necesito.

—Eso no responde mi pregunta.

—Y tú no respondiste cuando te pregunté quién se comió las seis galletas que faltaban ayer.

Me señaló con un dedo.

—No cambies el tema.

—No me cambies la cocina por una pastelería, entonces.

Misha negó con la cabeza, divertido, antes de mirar mi teléfono, que acababa de iluminarse sobre la mesa.

—¿Es él?

Ni siquiera tuve que preguntar a quién se refería.

Tomé el móvil y leí el mensaje.

MAKSIM: Buenos días, hermosa. ¿Ya decidiste cuándo vas a dejarme verte otra vez?

Sonreí involuntariamente.

—No pongas esa cara —advirtió Misha.

—¿Qué cara?

—La cara de mujer que está intentando convencerse de que no le gusta un hombre.

—Me cae bien.

—Claro. Y yo soy el zar de Rusia.

Le lancé un paño de cocina.

—¡Misha!

Se rio mientras esquivaba el golpe.

Volví a mirar el mensaje. La primera cita con Maksim había sido agradable. Era atento, sabía escuchar y, aunque tenía una seguridad que a veces rozaba la arrogancia, no me había hecho sentir incómoda.

Pero yo no estaba enamorada. Ni siquiera cerca.

Había aprendido que una conversación bonita no era una promesa y que las palabras, por sí solas, no demostraban nada.

YO: Depende. ¿Vas a invitarme a un café o a presumir de tus encantos durante dos horas?

MAKSIM: Puedo hacer ambas cosas.

YO: Qué generoso. ¿Y quién te dijo que yo quería soportarte dos horas?

MAKSIM: Nadie. Por eso estoy intentando ganarme la oportunidad.

Me mordí el labio para contener una sonrisa.

—Te gusta —canturreó Misha.

—Me gusta que tenga sentido del humor.

—Ajá.

—Y que sea amable.

—Ajá.

—Y si vuelves a decir «ajá», te pongo a lavar todos los utensilios.

Misha levantó las manos.

—Está bien, está bien. No voy a interponerme entre tú y tu arquitecto.

—No es mi arquitecto.

—Todavía.

Le di la espalda para revisar las galletas.

La verdad era que tenía curiosidad por conocerlo mejor. Quería saber si aquella atención era genuina y si detrás de su sonrisa había un hombre con quien pudiera construir algo bonito.

No tenía prisa.

Había cruzado medio mundo para construir mi propia vida. No iba a entregarle las llaves a alguien solo porque me invitara a un café.

A media mañana, mientras preparaba el almuerzo de Mateo y Sofía, los pequeños decidieron que la cocina necesitaba una decoración especial.

—¡Antonella, mira! —exclamó Sofía, levantando una hoja llena de dibujos—. Somos nosotros y tú.

Me agaché a su altura.

—¡Qué preciosidad! ¿Y por qué tengo una corona?

—Porque eres la reina.

Mateo apareció detrás de ella con una cuchara en la mano.

—Yo soy el rey y ella es la princesa.

—¿Y quién soy yo? —pregunté, señalándome el pecho.

El niño me miró como si la respuesta fuera evidente.

—La reina de los dulces.

Me llevé una mano al corazón.

—Por fin alguien reconoce mi verdadera posición en esta casa.

Los dos se echaron a reír.

Les ayudé a terminar sus dibujos y después los senté a comer. Sofía quería contarme una historia sobre una muñeca que había perdido un zapato; Mateo insistía en explicarme por qué su dibujo de un dragón era científicamente correcto.

Los escuché a ambos, contestando sus preguntas y procurando que ninguno sintiera que tenía que competir por mi atención.

Cuando la señora Salcedo llegó a recoger unos documentos, nos encontró en medio de una discusión sobre si los dragones podían comer pastel.

—No sé cómo lo haces —comentó con una sonrisa—. Consigues que se queden tranquilos sin dejar de ser ellos mismos.

—Porque tienen personalidades muy fuertes. Alguien tiene que negociar con ellos.

Mateo levantó la mano.

—¡Yo no negocio!

—Exactamente, señor Volkov —respondí con solemnidad—. Usted exige pastel.

La señora Salcedo se rio.

Por un instante, todo pareció sencillo. Los niños, la cocina, mis encargos y aquella vida que había construido lejos de Colombia.

Hasta que ella mencionó el nombre que, últimamente, parecía aparecer en todas partes.

—Por cierto, Nikolai vendrá mañana para revisar unos asuntos con mi esposo. Es posible que te lo encuentres.

Suspiré.

—Qué noticia tan emocionante.

Ella me observó, divertida.

—¿Todavía no os lleváis bien?

—Señora Salcedo, su esposo puede confirmar que soy una mujer muy paciente.

—No recuerdo haber dicho eso —intervino el propio señor Salcedo desde el pasillo.

Lo miré indignada.

—¡Traición!

Los niños estallaron en carcajadas.

Y yo decidí que, si Nikolai Zorin aparecía al día siguiente, al menos tendría dos pequeños testigos dispuestos a recordarle que no era el dueño del universo.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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