El pecado de Nikolai

Capítulo 14: Una invitación peligrosa

Antonella

—Como vuelvas a cambiarte de ropa, voy a salir de aquí sin ti.

La amenaza de Misha llegó desde la sala mientras yo permanecía frente al espejo de mi habitación.

—¡Ya casi termino!

—Eso dijiste hace veinte minutos.

—La belleza requiere paciencia.

—Y tú necesitas terapia.

Solté una carcajada mientras terminaba de acomodarme el cabello. Había elegido unos pantalones negros de cintura alta, una blusa color vino y unas botas que combinaban con el abrigo que descansaba sobre la cama. Llevaba el cabello suelto, perfectamente liso, y un maquillaje discreto que resaltaba mis ojos.

Maksim me había invitado a tomar café por segunda vez.

La primera cita había sido agradable. Era atento, sabía escuchar y tenía una conversación interesante. Además, parecía genuinamente interesado en mi negocio, algo que valoraba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

¿Me gustaba?

Todavía estaba averiguándolo.

No pensaba construir una historia de amor después de dos conversaciones y una taza de café. Había aprendido que las personas podían parecer maravillosas durante las primeras semanas y convertirse en un dolor de cabeza cuando bajaban la guardia.

Prefería conocerlo con calma.

Salí de mi habitación y encontré a Misha esperándome junto a la puerta, vestido con una camisa negra y unos pantalones que, según él, lo hacían parecer un hombre con estabilidad emocional.

—Mírate —dijo, examinándome—. Estás preciosa.

—Gracias, mi amor.

—Ahora dime la verdad. ¿Te arreglaste así porque quieres impresionar a Maksim o porque esperas encontrarte con cierto ruso de ojos claros?

Lo miré con absoluta seriedad.

—Misha, te quiero muchísimo, pero hay días en los que entiendo por qué la gente decide vivir sola.

—Eso no responde mi pregunta.

—Me vestí así porque tengo buen gusto. Algo que tú podrías aprender de mí.

—Definitivamente es por el ruso.

Le di un beso en la mejilla y salí antes de que continuara.

La verdad era que Nikolai Zorin había aparecido en mis pensamientos más veces de las que me convenía.

Recordaba su expresión cuando lo desafiaba, su manera de observarme como si intentara resolver un problema y aquella voz profunda que parecía adquirir un tono más peligroso cuando pronunciaba mi nombre.

Pero también recordaba lo arrogante que podía ser.

No tenía ninguna intención de convertirme en una de las personas que le seguían la corriente solo para evitar sus malos humores.

Además, tenía una cita.

Y Maksim merecía que le prestara atención sin compararlo con un hombre que parecía considerar la amabilidad una debilidad.

Maksim ya estaba esperándome cuando llegué a la cafetería.

Se levantó al verme y apartó una silla para mí. Llevaba un abrigo oscuro sobre un traje gris y una sonrisa que parecía ensayada sin llegar a sentirse artificial.

—Antonella. Estás preciosa.

—Gracias. Tú tampoco estás nada mal.

Su sonrisa se amplió.

—Voy a tomar eso como un cumplido.

—Haz lo que quieras. No pienso redactarte un certificado.

Se rio y me ayudó a acomodar el abrigo.

La conversación comenzó con facilidad. Hablamos de Moscú, de los lugares que me gustaría conocer y de mi negocio. Le conté que quería comprar un horno más grande y que, a largo plazo, me encantaría tener un pequeño taller donde pudiera preparar pedidos sin convertir mi cocina en una zona de guerra.

Maksim escuchó con atención.

—Me gusta que tengas objetivos claros.

—Es más fácil levantarse cada mañana cuando sabes hacia dónde quieres ir.

—¿Y siempre has querido dedicarte a esto?

—Siempre me ha gustado la repostería. Convertirla en un negocio fue algo que se dio poco a poco. Al principio preparaba postres para gente cercana y luego comenzaron a llegar más pedidos.

—Podrías crecer bastante si consigues los contactos adecuados.

Lo observé por encima de mi taza.

—Podría crecer si sigo haciendo un buen trabajo y consigo clientes que valoren lo que hago.

Maksim levantó las manos, divertido.

—Tienes razón. No pretendía decir otra cosa.

—Te estoy molestando. Aunque admito que no me gusta que la gente suponga que necesito que alguien venga a salvarme.

—Lo tendré presente.

La respuesta me gustó. No se puso a la defensiva ni intentó explicarme cómo debía dirigir mi negocio.

Cuando terminamos el café, seguimos conversando durante unos minutos. Después salimos a caminar por las calles cercanas. El frío me obligó a subir el cierre del abrigo y Maksim me ofreció su brazo.

Lo acepté.

Había algo agradable en pasar una tarde sin prisas, hablando con alguien que todavía estaba descubriendo quién eras.

—Me gustaría invitarte a cenar —dijo mientras caminábamos—. Esta vez, en un lugar un poco más tranquilo.

—¿Estás intentando impresionarme?

—¿Está funcionando?

—Todavía estás a prueba, Volkov.

—Entonces tendré que esforzarme.

Me reí.

—Puedes invitarme. Ya veremos qué tal te va.

Maksim se detuvo frente a mí y me miró con una atención que hizo que mi sonrisa se volviera más discreta.

—Me alegra que hayas aceptado conocerme, Antonella.

—A mí también me ha gustado pasar la tarde contigo.

Y era verdad.

Todavía no sabía qué podía surgir entre nosotros, pero estaba dispuesta a descubrirlo.

Mi teléfono vibró dentro del bolso. Lo revisé rápidamente: Misha me preguntaba si debía guardar cena para mí.

Le contesté que sí y volví a guardarlo.

Cuando levanté la mirada, vi a un hombre al otro lado de la calle.

Alto. Abrigo negro. Cabello rubio.

Una presencia que habría reconocido incluso entre una multitud.

Nikolai Zorin.

Estaba junto a la entrada de un edificio, acompañado por otro hombre que consultaba unos documentos. Su rostro permanecía serio mientras escuchaba, hasta que sus ojos encontraron los míos.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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