Nikolai
A las seis de la mañana, tres hombres esperaban frente a mi escritorio y ninguno tenía buenas noticias.
La noche había sido larga. Mientras Moscú comenzaba a despertar, yo llevaba horas esperando respuestas que todavía no llegaban.
Viktor permanecía a mi derecha, con una carpeta bajo el brazo. Frente a nosotros, los responsables de seguridad repasaban los primeros resultados de una investigación que apenas comenzaba.
—Tenemos varias cámaras que podrían haber captado movimientos sospechosos —informó uno de ellos—. Estamos revisando las grabaciones.
—¿Y el vehículo?
—Todavía no hemos podido identificarlo.
Apoyé las manos sobre el escritorio y los observé en silencio.
Alguien había decidido acercarse demasiado a una persona que debía permanecer fuera de mis conflictos. Eso convertía aquella investigación en una prioridad absoluta.
—Quiero saber quién está detrás de esto —dije finalmente—. Y no pienso aceptar conjeturas como respuesta.
Viktor tomó la palabra.
—Habrá un equipo discreto vigilando los alrededores del edificio de Antonella. Nadie se acercará a ella ni llamará su atención.
—Quiero dos equipos que se alternen. Ninguno repetirá una rutina evidente. Si alguien está observando el edificio, no debe descubrir que nosotros también lo hacemos.
—Entendido.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
Moscú se extendía bajo las primeras luces de la mañana. Desde aquella altura, las calles parecían pequeñas, ordenadas y fáciles de controlar.
La realidad era otra.
Siempre había hombres dispuestos a probar mis límites. Algunos buscaban dinero, otros poder y unos cuantos necesitaban convencerse de que podían desafiar a Nikolai Zorin sin pagar las consecuencias.
Pero involucrar a Antonella cambiaba las condiciones.
Ella no pertenecía a mi organización. No conocía mis negocios ni las reglas que regían mi mundo. Había llegado a Moscú para construir una vida propia, cuidar niños y sacar adelante su pequeño negocio de repostería.
No tenía por qué cargar con las consecuencias de mis enemigos.
Y eso era precisamente lo que alguien estaba intentando hacer.
—¿Cree que se trata de una advertencia? —preguntó uno de los responsables.
Me volví hacia él.
—Es una advertencia. La pregunta es quién la envía y qué espera conseguir.
—Podría ser alguien de los hombres que hemos estado investigando.
—Podría ser cualquiera. No quiero suposiciones en el informe.
Los tres guardaron silencio.
—Convoca una revisión completa de la seguridad —continué—. Mis empresas, mis propiedades, mis reuniones y cualquier persona que haya tenido acceso a información sobre mis movimientos. También revisaremos quién ha hablado de Antonella y quién podría haberla relacionado conmigo.
—¿Incluimos a los empleados de las empresas?
—A todos los que tengan acceso a información sensible. Sin excepciones.
Uno de los hombres anotó la orden.
—Hay algo más —añadí—. Antonella es una civil. Nadie se acercará a su puerta, nadie entrará en su apartamento y nadie la interrogará. Su protección será discreta. Si alguno de ustedes confunde una orden de seguridad con permiso para intervenir en su vida, responderá ante mí.
Los tres asintieron.
La reunión terminó con nuevas tareas y plazos concretos. Cuando salieron, Viktor permaneció en el despacho.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Hazla.
—¿Le preocupa lo que pueda pasarle a ella?
Me detuve antes de alcanzar mi escritorio.
—No confundas mi furia con miedo.
Viktor sostuvo mi mirada.
—No lo haré, señor.
—Bien. Ahora quiero resultados.
Cuando salió, tomé el teléfono y abrí por última vez la fotografía que había iniciado aquella investigación.
Antonella aparecía frente a su edificio, ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.
Bloqueé la pantalla.
La investigación ya estaba en marcha. Ahora necesitaba respuestas.
La sala de seguridad estaba iluminada cuando regresé.
Tres responsables esperaban alrededor de la mesa. Sobre la pantalla principal aparecían imágenes de cámaras urbanas, registros de vehículos y horarios de acceso a diferentes edificios.
Ninguno parecía cómodo.
El informe inicial era insuficiente y todos lo sabían.
—Empiecen —ordené.
El primero presentó los registros de la zona donde vivía Antonella. Habían localizado varios vehículos que aparecían en las grabaciones, aunque todavía no podían establecer si alguno estaba relacionado con la fotografía.
El segundo explicó que el número utilizado para enviar los mensajes no estaba vinculado, por el momento, a una identidad verificable.
El tercero confirmó que habían comenzado a revisar las cámaras de los alrededores.
Escuché hasta el final.
—¿Quién tomó la fotografía?
Silencio.
—¿Quién pagó por ella?
Otro silencio.
—¿Quién ha estado siguiendo a la señorita Montenegro?
El responsable de seguridad abrió la boca, pero volvió a cerrarla.
—Estamos trabajando en esas líneas de investigación.
Lo miré.
—Entonces no tienes un informe. Tienes una excusa.
Su rostro perdió el poco color que conservaba.
—Señor, necesitamos más tiempo para—
—El tiempo es precisamente lo que quiero que aprovechen. Una persona desconocida observa a una mujer que no sabe que está en peligro, y ustedes todavía no pueden decirme si se trata de un vehículo, una persona o una red de vigilancia.
Nadie respondió.
Me incliné ligeramente sobre la mesa.
—No vuelvan a presentarse delante de mí con las manos vacías mientras alguien puede estar siguiendo sus movimientos. Quiero avances verificables, no una lista de posibilidades.
—Sí, señor.
—Y una cosa más. Antonella Montenegro es una civil. Nadie se acercará a ella para hacer preguntas, nadie entrará en su apartamento y nadie intentará asustarla para conseguir información. La protección será discreta. Si alguno de ustedes confunde una orden de seguridad con permiso para intervenir en su vida, responderá ante mí.