Nikolai
—Cancela la reserva del restaurante.
Yelena levantó la mirada de la tableta.
—¿La cena con el señor Orlov?
—No voy a cenar con Orlov. Voy a visitar a mis padres.
Ella tardó un segundo en responder.
—Por supuesto, señor Zorin. ¿Desea que organice algo para llevarles?
—Sí. Quiero postres.
—Puedo encargar una selección de la mejor pastelería francesa de Moscú. Conozco un establecimiento que—
—Quiero encargárselos a Antonella Montenegro.
El silencio que siguió fue breve, aunque no pasó inadvertido.
Yelena bajó los ojos hacia la tableta y anotó algo.
—Entiendo. ¿Qué desea exactamente?
—Mini pavlovas, Paris-Brest de praliné y un Medovik tradicional. Quiero que estén preparados para esta tarde.
—Me pondré en contacto con ella.
—Yelena.
La secretaria volvió a mirarme.
—Limítate a coordinar el pedido. No necesito recomendaciones sobre dónde comprar mis postres.
Su expresión permaneció profesional, pero advertí la tensión en su mandíbula.
—Naturalmente, señor.
—Bien. En cuanto tengas la confirmación, envíame los detalles.
Salió del despacho con la espalda recta y la tableta apretada contra el pecho.
Volví a mis documentos.
La visita a mis padres era suficiente motivo para hacer aquel pedido. Mi madre disfrutaba los dulces, mi padre siempre encontraba algo que criticar y yo llevaba demasiado tiempo posponiendo una comida familiar.
Que Antonella fuera quien preparara los postres era una decisión práctica. Ya había probado su trabajo y conocía su calidad.
Al menos, esa explicación resultaba perfectamente razonable.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Viktor.
VIKTOR: Seguimos sin identificar al responsable de la fotografía. La vigilancia alrededor del edificio de Antonella continúa sin incidentes.
Respondí con una sola instrucción: mantener el protocolo y comunicar cualquier novedad.
La amenaza seguía sin resolverse. No iba a permitir que la rutina me hiciera bajar la guardia.
Sin embargo, cuando Yelena regresó para confirmar el pedido, mi atención se dirigió inmediatamente hacia ella.
—Antonella tiene disponibilidad —informó—. Está preparando una propuesta y confirmará los detalles en cuanto termine de revisar sus existencias.
—Perfecto.
—También quería comentarle que quizá sería más sencillo trabajar con una pastelería de mayor capacidad para pedidos futuros.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Hay algún problema con el trabajo de Antonella?
—No, señor. Solo considero que una empresa más grande podría ofrecerle mayor variedad.
—Cuando necesite tu opinión sobre mis proveedores, te la pediré.
Yelena guardó silencio.
—Tu responsabilidad es organizar mis asuntos, no decidir qué personas merecen una oportunidad. ¿Está claro?
—Sí, señor Zorin.
—Puedes retirarte.
La vi salir y regresé al informe de seguridad.
No me interesaba discutir con mi secretaria por un pedido de postres. Tampoco iba a permitir que su criterio profesional se mezclara con asuntos que no le correspondían.
Yelena llevaba años trabajando conmigo. Era eficiente, discreta y sabía perfectamente cómo funcionaba mi mundo.
Esperaba que recordara esa última cualidad.
YELENA
Cerré la puerta del despacho con cuidado.
Había aprendido a reconocer los cambios en el humor de Nikolai Zorin. Una pausa demasiado larga, una mirada sostenida o una frase pronunciada en voz baja podían significar mucho más que un grito.
Aquella mañana había sido especialmente claro.
Antonella Montenegro.
Otra vez ella.
No comprendía qué tenía aquella mujer que conseguía ocupar un espacio en la agenda de Nikolai sin pertenecer a su círculo habitual.
Era una niñera. Una repostera que trabajaba desde su propia cocina. Una mujer extranjera que, por lo que había escuchado, no tenía conexiones con las familias más influyentes de Moscú.
Y, aun así, el señor Nikolai quería sus postres para visitar a sus padres.
Quizá no significaba nada.
Me repetí esa posibilidad mientras abría la conversación con Antonella.
YELENA: Buenos días. El señor Zorin desea hacer un pedido para una visita familiar esta tarde. Necesitaríamos mini pavlovas, Paris-Brest de praliné y un Medovik. ¿Podrías confirmarme disponibilidad y condiciones?
La respuesta llegó unos minutos después.
ANTONELLA: Buenos días, Yelena. Puedo preparar los tres tipos de postres. Te enviaré la propuesta con las cantidades y los detalles de entrega para que el señor Zorin la revise.
Su tono era impecable. Educado, directo y profesional.
Eso me molestó más de lo que quería admitir.
Habría sido mucho más sencillo despreciarla si hubiera sido una mujer ambiciosa que buscara dinero, regalos o una posición privilegiada. Pero Antonella parecía interesada en su trabajo y en construir algo propio.
No necesitaba que yo aprobara su existencia.
Y, por lo visto, tampoco necesitaba que Nikolai la tratara con especial consideración.
Recordé la manera en que él me había corregido.
Tu responsabilidad es organizar mis asuntos, no decidir qué personas merecen una oportunidad.
Me senté frente al ordenador.
Llevaba años a su lado. Conocía sus horarios, sus preferencias, sus negocios y la forma en que le gustaba recibir cada informe. Había aprendido a anticiparme a sus necesidades y a resolver problemas antes de que tuviera que pedirlo.
Conocía al hombre que todos temían.
Sin embargo, no podía recordar la última vez que Nikolai había elegido personalmente un detalle para alguien fuera de su familia.
Quizá Antonella no era importante.
Quizá solo sentía curiosidad por ella.
Pero si aquello cambiaba, yo sería una de las primeras personas en notarlo.