Antonella
Había algo particularmente molesto en descubrir que alguien te estaba siguiendo.
Y todavía más molesto era tener una sospecha bastante clara de quién podía estar detrás.
La primera vez vi el automóvil negro estacionado frente a mi edificio y no le presté demasiada atención. Moscú estaba llena de vehículos elegantes y hombres con cara de pocos amigos. La segunda vez, sin embargo, el mismo automóvil apareció cerca de la tienda donde compraba los ingredientes para mis postres.
A la tercera, dejé de pensar que se trataba de una coincidencia.
—Misha.
Mi mejor amigo levantó la mirada de su teléfono mientras se comía una de mis mini pavlovas.
—¿Qué hiciste ahora?
—¿Por qué asumes que hice algo?
—Porque tienes esa cara de cuando quieres resolver un problema y estás a punto de meterte en uno más grande.
Le quité el plato de las manos.
—Hay un carro que me ha estado siguiendo.
Su sonrisa desapareció.
—¿Estás segura?
—Lo he visto tres veces. El mismo modelo, el mismo color. Y siempre hay alguien adentro.
Misha dejó el teléfono sobre la mesa.
—Anto, eso no me gusta nada.
—A mí tampoco, mi amor.
—¿Quieres que vaya contigo a la policía?
Negué con la cabeza. Todavía no tenía pruebas de que alguien estuviera haciendo algo ilegal. Pero conocía a una persona que probablemente podía explicarme qué estaba ocurriendo.
Una persona que tenía suficientes hombres, dinero y poder para conseguir que una ciudad entera le abriera paso.
Nikolai Zorin.
—Voy a hablar con alguien.
Misha entrecerró los ojos.
—¿Con alguien que mide casi dos metros, tiene cara de querer enterrar a sus enemigos y te llama Colombiana como si estuviera intentando provocarte?
—Qué manera tan específica de describir a un hombre, ¿no?
—Antonella.
—Misha.
Nos miramos unos segundos.
—Ten cuidado —dijo finalmente, esta vez sin bromas—. No me gusta que ese hombre esté metido en algo que te involucre.
Yo tampoco estaba segura de que me gustara.
Pero iba a averiguarlo.
NIKOLAI
—Повтори ещё раз. (Repítelo otra vez).
Viktor permanecía frente a mi escritorio con una carpeta abierta entre las manos. A su lado, uno de mis hombres esperaba instrucciones.
—El vehículo aparece en tres grabaciones. Las placas están parcialmente cubiertas y el conductor evita las cámaras.
Apoyé los dedos sobre el escritorio.
—¿Y todavía no sabemos quién es?
—Estamos cruzando la información con los vehículos registrados en las propiedades cercanas.
—Мне не нужны оправдания. Мне нужно имя. (No necesito excusas. Necesito un nombre).
El hombre bajó ligeramente la cabeza.
—Понял, господин Зорин. (Entendido, señor Zorin).
—Entonces trabaja.
Esperé hasta que salió del despacho antes de volverme hacia Viktor.
—¿La Colombiana?
—Está bien. La protección sigue siendo discreta. Nadie se ha acercado a ella.
Miré el teléfono. Ninguna llamada. Ningún mensaje.
Por alguna razón, eso me irritaba más de lo razonable.
—¿Y el automóvil?
—Continúa apareciendo en las grabaciones. Estamos intentando identificarlo.
—Quiero saber quién lo conduce, quién le paga y quién le dio la orden.
Viktor cerró la carpeta.
—¿Piensas contarle lo que está pasando?
—Cuando tenga información suficiente.
—¿Y si ella descubre que la estás vigilando antes de que decidas hablar?
Lo miré lentamente.
—Entonces tendré una conversación desagradable con una colombiana que no sabe cuándo dejar de discutir.
Viktor soltó una risa breve.
—Parece que ya estás acostumbrado.
—Виктор. (Viktor).
—Ya me callo.
No llegó a dar dos pasos hacia la puerta cuando mi secretaria anunció por el intercomunicador que tenía una visita.
Una visita sin cita.
Una mujer que, según Yelena, había insistido en verme personalmente.
Cuando escuché su nombre, levanté la mirada.
Antonella.
La Colombiana acababa de ahorrarme el esfuerzo de encontrar una excusa para verla.
Y tenía la desagradable sensación de que no venía precisamente a agradecerme nada.
ANTONELLA
El despacho de Nikolai era exactamente lo que esperaba de un hombre como él: enorme, impecable y tan frío que parecía diseñado para que cualquier persona que entrara recordara inmediatamente quién mandaba allí.
Él estaba de pie junto a la ventana, con una camisa negra y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Dios mío.
Qué necesidad de que un hombre tan insoportable tuviera que verse así de bien.
—Colombiana —saludó, girándose hacia mí—. Qué sorpresa.
Cerré la puerta.
—No se haga el gracioso, Zorin.
Una de sus cejas se elevó.
—¿Siempre llegas a mi despacho buscando una pelea?
—Depende. ¿Siempre manda a sus hombres a seguir mujeres sin avisarles?
La expresión de Nikolai cambió.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible. La diversión desapareció de sus ojos y su mandíbula se tensó.
Ahí estaba.
Había dado en el blanco.
—¿Qué te hace pensar que alguien te sigue?
—El mismo automóvil negro frente a mi edificio, cerca de la tienda y a dos calles de mi casa. Tres veces, Nikolai. ¿Quiere que le haga un dibujo para que lo entienda?
Se quedó mirándome durante unos segundos.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—Como quieras.
Su tono tranquilo me molestó más que una orden.
—Ahora contésteme.
Nikolai caminó hacia el escritorio, tomó su teléfono y escribió un mensaje en ruso.
—Виктор, зайди ко мне. Сейчас. (Viktor, ven a mi despacho. Ahora).
Dejó el dispositivo sobre la mesa.
—No estás imaginando cosas. Hay hombres vigilando tu edificio.