El pecado de Nikolai

Capítulo 18:El precio de protegerte

ANTONELLA

La puerta de mi apartamento se cerró detrás de mí con más fuerza de la necesaria.

Misha levantó la mirada desde el sofá. Tenía una manta sobre las piernas, una taza de café en la mano y el control del televisor apuntando hacia una pantalla que llevaba varios minutos ignorando.

—Por esa manera de cerrar la puerta, voy a suponer que alguien merece una demanda, una bofetada o ambas cosas.

Dejé el bolso sobre la mesa.

—Nikolai Zorin.

Misha apartó la manta.

—Ah. Entonces estamos hablando de algo serio. ¿Quieres que busque un abogado o prefieres que llame a un sicario? Conozco a un señor que hace unas empanadas deliciosas y tiene cara de saber desaparecer personas.

Una carcajada se me escapó a pesar del mal humor.

—Eres un idiota.

—Y tú estás enamorada de un problema con ojos claros.

—¡Misha!

—¿Qué? No he dicho que estés enamorada. He dicho que ese hombre es un problema. Lo demás lo estás gritando tú con esa cara.

Me dejé caer a su lado y me cubrí el rostro con ambas manos.

La imagen del automóvil negro regresó a mi cabeza. Lo había visto cerca de mi edificio, en lugares donde no tenía nada que hacer y en momentos que difícilmente podían considerarse coincidencias. Nikolai lo sabía. Había tenido información que yo necesitaba conocer y decidió guardársela.

Todavía podía escuchar su voz cuando admitió que debió hablar conmigo antes.

Una disculpa no borraba los días de incertidumbre.

—Estoy cansada de que la gente crea que puede decidir por mí —murmuré—. Mis padres lo hacían cuando era adolescente, algunos hombres lo hacen cuando descubren que una sabe lo que quiere y ahora aparece Nikolai, con sus guardaespaldas y sus órdenes, pensando que puede organizarme la vida.

Misha dejó la taza sobre la mesa.

—Entonces tendrás que dejarle claro que contigo no funciona así.

—Ya lo hice.

—¿Y te escuchó?

Recordé el rostro serio de Nikolai, la tensión de su mandíbula y aquella mirada que parecía examinar cada palabra antes de permitirle salir de su boca.

—Creo que sí. El problema es que no sé si lo entendió de verdad.

Misha me tomó una mano.

—Anto, una cosa es que ese hombre tenga recursos para protegerte y otra muy distinta es que tenga derecho a ocultarte lo que sucede. Puedes aceptar ayuda sin entregarle el control de tu vida.

Asentí lentamente.

Eso era lo que más me molestaba. Una parte de mí comprendía que Nikolai intentaba evitar que me sucediera algo. Otra quería sacudirlo hasta que entendiera que el miedo también se vuelve insoportable cuando alguien te mantiene a oscuras.

Mi teléfono vibró sobre la mesa.

El nombre de Nikolai apareció en la pantalla.

Lo miré durante varios segundos.

—Contesta —ordenó Misha.

—No me des órdenes tú también.

—¡Contesta, mujer! Que para ignorar hombres millonarios siempre hay tiempo, pero primero averigüemos qué quiere este.

Acepté la llamada.

—¿Qué pasa, Zorin?

Hubo una pausa breve.

—Quería saber si llegaste bien.

—Estoy en mi apartamento. Viva, entera y perfectamente capaz de cerrar mi propia puerta.

—Antonella…

—¿Qué? ¿También necesitas un informe de mis actividades?

Escuché su respiración al otro lado. Me lo imaginé en su despacho, con el ceño fruncido y esa expresión de hombre acostumbrado a que todos respondieran a la primera indicación.

—Merezco ese comentario —admitió.

Aquello me descolocó un poco.

—¿Perdón?

—He dicho que merezco tu comentario. Debí informarte de lo que estaba sucediendo.

Me incorporé en el sofá.

Nikolai Zorin reconociendo un error sin intentar disfrazarlo de otra cosa. Aquello sí era digno de estudio.

—Gracias por admitirlo.

—No significa que vaya a dejarte desprotegida.

Cerré los ojos.

—Y ahí está el problema. Puedes ofrecerme protección, Nikolai. Puedes contarme lo que sabes y preguntarme qué medidas estoy dispuesta a aceptar. Lo que no puedes hacer es tomar decisiones sobre mi vida a mis espaldas.

—Entendido.

—Quiero que lo entiendas de verdad.

—Lo haré.

Su respuesta llegó sin arrogancia. No sonó como una promesa hecha para terminar una discusión; parecía estar midiendo el peso de lo que acababa de escuchar.

—Hay algo más —dijo—. El equipo sigue investigando el automóvil. Todavía no tenemos una identidad confirmada, pero no voy a ocultarte los avances.

—Eso espero.

—Mañana enviaré a alguien para revisar las cámaras de tu edificio. Hablaré contigo antes de que hagan cualquier otra cosa.

—Bien. Y quiero saber quién estará vigilando, dónde se ubicará y durante cuánto tiempo.

—Lo organizaremos.

—No me gusta que me vigilen.

—Lo sé.

—Entonces no me hagas arrepentirme de aceptar tu ayuda.

La línea quedó en silencio unos segundos.

—Buenas noches, Colombiana.

—Buenas noches, Nikolai.

Colgué antes de que pudiera añadir algo más.

Misha me observaba con los ojos muy abiertos.

—¿Acabas de tener una conversación civilizada con el señor de la Bratva?

—No exageres.

—Te ha dado la razón. Eso merece una celebración nacional.

Le lancé un cojín a la cara y, por primera vez en todo el día, pude reír sin sentir aquella presión incómoda en el pecho.

Sin embargo, cuando me levanté para preparar algo de cenar, volví a mirar por la ventana.

La calle parecía tranquila.

Demasiado tranquila para mi gusto.

Y desde aquella conversación, la tranquilidad había dejado de parecerme una garantía.

NIKOLAI

Viktor entró en mi despacho con una carpeta negra bajo el brazo.

—Tenemos novedades sobre el automóvil.

Aparté el teléfono y le indiqué que se sentara.

—Habla.

—La matrícula corresponde a un vehículo registrado a nombre de una empresa de alquiler. La compañía confirmó que el automóvil salió de sus instalaciones hace varios días, pero la documentación que presentaron para recogerlo parece legítima.



#840 en Novela romántica
#15 en Joven Adulto

En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.