El pecado de Nikolai

Capítulo 19:Los celos también tienen dueño

Nikolai

Había cometido el error de revisar el informe durante el desayuno.

Viktor lo había dejado sobre mi escritorio antes de marcharse a atender una llamada. La carpeta contenía fotografías del automóvil negro, registros de alquiler y una lista de cámaras que todavía debíamos revisar. Nada especialmente alentador.

Pasé la página con el tenedor en la otra mano.

—¿Vas a desayunar o piensas interrogar a esos papeles hasta que confiesen? —preguntó Viktor desde la puerta.

Levanté la mirada.

—¿No tienes trabajo?

—Muchísimo. Sin embargo, me preocupa tu alimentación. Llevas diez minutos mirando una fotografía de un coche mientras tu café se enfría.

—El café puede esperar.

—Claro. Y supongo que el automóvil también va a prepararte el almuerzo.

Cerré la carpeta.

—¿Qué quieres?

Viktor entró con una tableta y la dejó frente a mí.

—Los Salcedo confirmaron la reunión de esta tarde. También enviaron la lista de asistentes. Maksim Volkov estará presente para revisar los planos de la nueva propiedad.

Mi mano se detuvo sobre la taza.

—¿Volkov?

—El mismo. Arquitecto, sonrisa impecable y candidato favorito para acompañar a cierta colombiana a tomar café.

Lo miré fijamente.

Viktor tuvo la prudencia de no sonreír demasiado.

—¿Algo más que quieras compartir conmigo? —pregunté.

—Podría hablarte de las previsiones financieras del trimestre, pero sospecho que eso te aburriría menos que escuchar el nombre de Volkov.

—Estás disfrutando demasiado de esto.

—Es una de las pocas ventajas de trabajar para ti.

Volví a abrir la carpeta, aunque las fotografías habían perdido mi atención.

Sabía que Antonella estaba saliendo con él. Ella misma me lo había dejado claro cuando me recordó que su vida privada no era asunto mío. También sabía que no tenía derecho a exigirle explicaciones.

Conocer esos hechos no conseguía que me agradaran.

Maksim tenía acceso a algo que yo apenas podía rozar: el tiempo de Antonella. Podía invitarla a cenar, escucharla hablar de su trabajo y descubrir qué la hacía reír. Podía sentarse frente a ella sin convertir una conversación en una negociación.

Y yo estaba en mi despacho, pensando demasiado en un hombre al que apenas conocía.

Aquello empezaba a irritarme más que cualquier amenaza.

—Quiero el informe de Volkov —dije.

Viktor dejó de sonreír.

—¿El informe profesional o quieres que investigue su vida privada?

—Su trayectoria profesional, sus contratos y cualquier vínculo comercial que pueda afectar a los Salcedo. Nada más.

—Entendido.

Me sostuvo la mirada un instante.

—Nikolai, si buscas algo que justifique tus celos, no voy a inventarlo.

Mi expresión se endureció.

—No te he pedido una opinión.

—Por eso te estoy dando una advertencia antes de que me la pidas.

Se dirigió a la puerta.

—Viktor.

Se volvió.

—Averigua quién está detrás del automóvil. Eso es lo importante.

—En eso estamos de acuerdo.

Cuando salió, tomé el café de un trago.

Estaba frío.

Perfecto. Al menos algo en aquella mañana se comportaba exactamente como esperaba.

La reunión con los Salcedo comenzó a las cuatro.

Maksim llegó unos minutos antes, vestido con un traje gris oscuro y una carpeta de planos bajo el brazo. Saludó a los presentes con una cortesía impecable y se sentó frente a mí.

En otras circunstancias, quizá me habría caído bien.

—Señor Zorin —saludó—. He preparado dos propuestas para la distribución de los espacios. La primera prioriza la seguridad; la segunda ofrece mayor amplitud sin comprometer las salidas de emergencia.

—Veamos.

Durante los primeros veinte minutos hablamos de estructuras, accesos y materiales. Maksim conocía su trabajo y defendía sus decisiones con argumentos sólidos. No tuve motivos para cuestionar su competencia.

Entonces su teléfono vibró.

Lo miró apenas un segundo y lo guardó.

—Disculpen. Es un asunto personal.

—Puede atenderlo —dijo el señor Salcedo.

Maksim negó con educación.

—No es urgente.

La reunión continuó.

Yo escuchaba su presentación mientras una idea desagradable se instalaba en mi cabeza: quizá Antonella estaría con él esa noche. Quizá ya habría elegido el restaurante. Quizá estaría preparando una de sus blusas elegantes, arreglándose el cabello negro frente al espejo y decidiendo qué zapatos combinar con el vestido.

Apreté el bolígrafo.

No tenía ninguna razón para imaginarla así.

Mucho menos para molestarme por ello.

—¿Señor Zorin? —preguntó Maksim.

Volví a centrarme en la mesa.

—Continúe.

—Le preguntaba si prefiere que el acceso privado quede separado del estacionamiento principal.

—Sepárelo. Quiero que los movimientos del personal puedan controlarse sin interferir con los invitados.

Maksim anotó la indicación.

—De acuerdo. Le enviaré la versión corregida mañana.

Cerró la carpeta cuando terminamos.

—Por cierto, esta tarde tengo una cita. Si necesitan alguna modificación adicional, mi equipo podrá atenderla.

No sé por qué me molestó tanto aquella frase.

Quizá por la tranquilidad con la que la pronunció. Quizá porque, para él, una cita era un compromiso más en su agenda y para mí se había convertido en una imagen que llevaba toda la tarde intentando expulsar de mi cabeza.

—Espero que disfrute la velada —dije.

Maksim sonrió.

—Tengo motivos para pensar que así será.

Lo observé guardar sus documentos.

—¿Antonella?

Su sonrisa cambió apenas. Fue un detalle pequeño, pero suficiente para confirmar mi sospecha.

—Sí.

Me recosté en la silla.

—Entonces espero que ella también disfrute la velada.

—Haré lo posible.

La respuesta fue educada. Su seguridad, en cambio, me pareció insoportable.



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En el texto hay: mafia, romance

Editado: 26.10.2026

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