Existe un documental cinematográfico sumamente conmovedor titulado «Por esos ojos». La obra narra con una crudeza desgarradora el caso real de Mariana Zaffaroni Islas, una niña uruguaya que fue secuestrada junto a sus padres y desaparecida durante la dictadura militar, desatando una búsqueda desesperada, tenaz y llena de espinas que su abuela materna, María Ester Gatti de Islas, sostuvo en soledad durante muchísimos años. Tras una lucha titánica, lograron finalmente encontrarla y demostrar científicamente su verdadera identidad; sin embargo, en un principio, la muchacha se negó rotundamente a entablar cualquier tipo de relación con su familia de sangre.
Para la psiquis de Mariana, su verdadera y única familia eran las personas que la habían criado desde bebé, y aquella búsqueda incansable de sus abuelas —que terminó enviando a su padre adoptivo directo a la cárcel por apropiación ilegal— era un acontecimiento que ella, en su juventud, no se sentía capaz ni de perdonar ni de aceptar.
Al final del video, una de las abuelas rompe en llanto frente a la cámara y se plantea una pregunta que estruja el corazón del espectador: se cuestiona si realmente logró encontrar a su nieta, o si el destino hizo que la perdiera para siempre en el intento.
Cuando escuché por primera vez este testimonio, hace unos cuatro años, se me encogió el corazón por completo. Me quedé reflexionando en lo terriblemente dolorosa, gris y compleja que resultaba esa situación para cada una de las almas involucradas.
No obstante, las heridas del pasado a veces encuentran caminos insospechados para empezar a sanar.