Por 1974 empezó un periplo de unos dos años buscando casa en Montevideo vimos algunas propiedades maravillosas. De las que recuerdo con más nitidez en las carpetas de mi Mac, una se ubicaba en una zona señorial y con el correr de los almanaques se transformó en la Embajada de Paraguay. Escribí esa historia en el libro Mi Padre. Erróneamente, yo pensaba que esa era la embajada de Venezuela, pero no estaba segura de eso. Me fijé en Google y vi que es la de Paraguay. De repente, algo me hizo recordar lo está plasmado abajo y decidí escribirlo, luego de buscar información para que no hubiera inexactitudes históricas.
Cada vez que paso por esa esquina, la visualización de esa fachada me detona coordenadas de un peso histórico inmenso. Resulta por lo menos sospechoso comprobar cómo los golpes de Estado y el quiebre institucional ocurrieron en simultáneo en varios países del Cono Sur. Luego supimos que eso respondía a una ingeniería de represión coordinada a nivel regional bajo el Plan Cóndor.
Hablar de las sedes diplomáticas en el Montevideo de los años setenta es reabrir la herida más cruda del terrorismo de Estado. Para cualquiera de nosotros que vivió esa época, el término «embajada» está ligado al destino trágico de quienes intentaron ingresar a ellas buscando un salvoconducto para salvar sus vidas.
El caso más dramático e imponente fue el de la maestra y militante anarquista Elena Quinteros en junio de 1976. En un manotazo desesperado por escapar de sus captores, Elena logró saltar hacia los jardines de la antigua Embajada de Venezuela en Bulevar Artigas para solicitar asilo político. En un acto de impunidad absoluta que violó toda la inmunidad internacional, los militares uruguayos ingresaron por la fuerza, forcejearon con los diplomáticos extranjeros que intentaban protegerla y la secuestraron allí mismo, arrastrándola de regreso al horror. Aquel brutal operativo militar provocó que Venezuela rompiera relaciones diplomáticas directas con la dictadura uruguaya. Elena fue trasladada a centros clandestinos como el «300 Carlos», donde la asesinaron, y al día de hoy continúa desaparecida.
Esos episodios brutales demuestran que gran parte de la historia no es algo del pasado que duerme en el mostrador de un archivo, sino algo que nos rozó de cerca en las calles del barrio. Por eso, al ver esos muros señoriales que hoy ocupan delegaciones como la de Paraguay, mi mente no puede evitar conectar el lujo de esas casonas familiares de mi niñez con la debacle y la oscuridad que nos esperaba a la vuelta del almanaque