El Período de Facto en Uruguay

Mea culpa

Elena Quinteros fue trasladada a centros clandestinos como el «300 Carlos», donde la asesinaron, y al día de hoy continúa "desaparecida".

A nivel personal, este trágico episodio histórico arrastra una resonancia íntima que siempre me ha acompañado en mis carpetas de recuerdos. Cuando cursaba primero e liceo, en Montevideo, tenía una compañera de clases que llevaba exactamente ese mismo apellido. Por la edad, no puede habe sido la misma. Nosotras teníamos 12 o 13 años y la muchacha era maestra. Pero muchas veces, a lo largo de la vida, me he preguntado con el corazón en un puño si Elena no habría sido, en realidad, hermana de esa compañera.

Al mirar hoy hacia atrás, me genera un profundo malestar pensar en la tremenda ceguera mía de aquellos tiempos. Estaba alimentada, en gran parte, por el estricto cerco y la falta absoluta de información que imponía el régimen de facto, pero también porque yo cargaba con una vida tan desbordada de actividades obligatorias que a veces no me quedaba tiempo ni para jugar.

A veces analizo mi infancia y siento, con total honestidad, que nunca fui niña; el doble horario en la escuela y el traqueteo de las actividades extracurriculares me absorbían por completo. Pero aun en medio de ese encierro pedagógico y de la censura del país, las garras de la historia oficial se las ingeniaban para tocarme de cerca, dejándome huellas y preguntas que todavía no han cerrado para mí.

Al mirar atrás, entiendo que por más ocupada que estuviera en mis rutinas, y a pesar de que era sumamente chica cuando todo este traqueteo de la dictadura comenzó, en el ambiente flotaban verdades densas que realmente resonaban en mi interior. En más de una ocasión yo intentaba preguntar, buscaba averiguar cosas de forma inocente, pero de inmediato me hacían callar la boca. El cerco no era solo militar, era social: la gente común tenía un miedo paralizante de hablar o de deslizar cualquier comentario.

Luego, al ingresar a la Facultad de Química, me vi sumergida en un nivel de exigencia y ocupación mental tan brutal como nunca antes lo había estado en mi vida, al menos, hasta ese entonces, lo que terminó por aislarme en mi propio boliche de apuntes y laboratorios.

Con el correr de los años y la llegada de la democracia, empezaron a salir a la luz infinidad de detalles sobre el terrorismo de Estado. Muchos de esos episodios, que hoy en día han sido ampliamente publicitados y documentados en los libros oficiales, no estarán presentes en mis páginas, a no ser por menciones rápidas que sirvan de coordenadas geográficas. En mi libro pienso incluir casi exclusivamente vivencias íntimas, cosas cotidianas que no son conocidas por el gran público, pero que retratan la trastienda real del miedo.

Sin embargo, debo confesar que escribir estas historias me pasa una factura emocional y física sumamente alta; remover estos archivos de la memoria me genera un malestar tan real que me deja literalmente con náuseas. Siento la necesidad imperiosa de hacer mea culpa por todo lo que me corresponda en mi fuero interno: por no haber creído en su momento algunas de las verdades que se decían a media voz, por no haber logrado averiguar más de lo que pasaba a mi alrededor anteriormente, y por una larga lista de culpas retrospectivas que, al mirarlas hoy, me resulta dolorosamente interminable.

Es mi tributo honesto y descarnado ante el peso de nuestra propia historia patria




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