No es mi intención en estas páginas dictar una clase magistral de historia, pero mis recuerdos me obligan a hablar de ciertos hechos de los que resulta éticamente imposible callar.
En el año 1973 se consumó el golpe de Estado en Uruguay, un quiebre institucional que se replicó de forma casi simultánea en otros países de Latinoamérica, dando paso a una larga y oscura dictadura militar. En mi fuero íntimo, yo tenía la ilusión de que al cumplir los 18 almanaques iba a poder emitir mi primer voto ciudadano; sin embargo, debido al encierro democrático, recién logré pisar un circuito de votación a los 20 años de edad, en 1980. Aquella primera zafra electoral se dio en el marco del histórico Plebiscito convocado por el régimen para imponer una nueva Constitución que sustituyera a la de 1967. Hasta el día de hoy, conservo a buen resguardo en mis carpetas la papeleta física por el «NO».
Aquel mediodía, mediante un voto silencioso pero aplastante, el pueblo uruguayo le hizo saber de forma rotunda al gobierno de facto que no estaba de acuerdo con las atrocidades y el control que se vivían en esos años. El proyecto de la nueva Carta Magna puede haber sido técnicamente fantástico en los papeles notariales, pero yo, al igual que una inmensa mayoría de compatriotas, estaba abiertamente en desacuerdo con los dictadores, incluso sin necesidad de leer sus artículos.
La música como instrumento de protesta y los caceroleos
La música se convirtió en nuestro canal invisible de resistencia. Una canción de Piero era una de las herramientas que la gente utilizaba como medio de protesta abierta. No obstante, a medida que las personas comenzaban a desaparecer de los pasillos por el simple hecho de atreverse a protestar, el silencio político y el cerco del miedo se terminaron de establecer a mi alrededor.
Yo ya era lo suficientemente grande como para entender un poco la trastienda de la realidad, pero casi no lo hacía porque nadie en casa me contaba nada. Los adultos me hacían callar cada vez que intentaba averiguar cosas.
Me llevó décadas enteras de introspección lograr armar el puzzle completo de lo que ocurrió en ese tiempo, y todavía hoy me agarro la cabeza con horror al descubrir detalles de los que jamás supe en mi juventud, dándome cuenta de cómo la población terminaba aceptando ciertas bajezas por puro terror cerval. Como bien dice el refrán popular en el Uruguay: «la necesidad tiene cara de hereje», ¡y creo que nunca ha sido mejor aplicado!
La música como instrumento de protesta y los caceroleos
Años más tarde, se popularizó con fuerza en las casas una canción que rescataba las tonadas de la Guerra Civil Española, a la cual los uruguayos claramente le dábamos una connotación y un sentido adaptados a nuestro propio encierro: Libertad sin Ira, de Jarcha, disponible en Youtube.
Y junto a las canciones, brotó un fenómeno que yo no llamaría música formal, pero que perfectamente podría ingresar al género de la percusión: los caceroleos.
Esta forma de expresar la insatisfacción popular comenzó a aplicarse cuando la dictadura ya estaba en su tramo final. Creo recordar que la mecánica se copió originalmente de las movilizaciones en Argentina y se adaptó de inmediato en Montevideo. La grilla se organizaba mediante el estricto boca a boca clandestino; todos en el barrio sabíamos con precisión a qué hora exacta ocurriría el estallido.
Al dar las 8 de la noche en el reloj, la gente en masa comenzaba a golpear con furia lo que tuviera a mano en la cocina —ollas, tapas, sartenes— durante unos 15 minutos seguidos. La maniobra se repetía cada cierto tiempo. La regla de oro para resguardar la seguridad consistía en apagar por completo la luz de todas las habitaciones del hogar; de esa manera, las patrullas militares que circulaban por las avenidas no tenían forma científica de controlar ni saber quién estaba golpeando el metal y quién permanecía al margen. Era la única vía segura para gritarle al aire que el pueblo quería por fin recuperar su libertad, aunque lógicamente siempre existieron algunos vecinos muchísimo más atrevidos que se exponían en las ventanas, desafiando el peligro, tal como quedó registrado en las fotografías de la época.