El Perro

El Perro

  La pequeña Suzi siempre estaba con aquel viejo perro, que sin ser pedigrí, con su pelaje de un clásico blanco y negro se había ganado el corazón de la familia Arismendi hace ya muchos años, tras aparecer de la nada en una tarde de pesca para el señor de la casa y sus acompañantes, y evitar que una peligrosa serpiente agarrara desprevenido al hombre.  

 El sujeto no era alguien de salidas frecuentes, por lo que no conocía los riesgos presentes en ciertas zonas ni todo lo que afuera podría encontrar. Era un hombre de números, un contador de confianza que por sus conocimientos había llegado lejos en un pequeño pero reconocido banco de la ciudad, en donde pasaba sus días encerrado en una oficina, llevando cuentas, corroborando transacciones y documentos importantes para el banco. 

Cuando escuchó el ladrido, no pudo evitar voltear y mantener su mirada fija en aquel animal. Le resultaba familiar por alguna razón. Fue justo en ese momento que de reojo se percató de lo que sucedía.  

Había tan solo medio metro de distancia entre la víbora de ojos incandescentes y él. La serpiente emitía un sonido que le era conocido. Lo habría escuchado mucho en su niñez porque todos los niños tenían juguetes con los que al agitarlos producían un sonido similar, o lo podía escuchar cuando los gatos de casa iban de un lado al otro, ya que era usual que llevaran de adorno en sus collares una pequeña esfera sonante, así que lo reconocía. Era el sonido de una cascabel. 

 Desde ese día, el hombre no pudo olvidar tres cosas: Los fuertes ladridos del canino, los amarillentos ojos de la serpiente fijos en él, y el rápido movimiento que ejecutó hacia atrás al ver lo que tenía enfrente, acto que lo llevaría a caer al río y estar en otra situación de riesgo, al no poder nadar contra la fuerte corriente a pesar de su esfuerzo por salir de allí.  Aunque para su suerte, ahí seguía el perro, el cuál no pararía de ladrar hasta que los demás acompañantes del hombre se dieran cuenta de que su amigo los necesitaba, antes de que se acabaran sus últimas fuerzas en su lucha contra el río turbulento. El hombre no sabía que pensar tras todo lo sucedido ese día, su imprudencia, la serpiente y en especial, respecto al perro. No antes de caer al río y ahora fuera de él, esos ladridos seguían retumbando en su cabeza.  

Finalmente, en señal de agradecimiento, decidió llevarlo consigo. Después de todo siempre vendría bien en sus salidas contar con una compañía extra. Desde ese incidente han pasado 12 años, por lo que quizás el perro viviría unos años más, aunque seguramente no muchos, pensaba el hombre. 

Ahora era a Suzi a quién le correspondía ser protegida por ese viejo perro. Ambos pasaban la mayoría del tiempo juntos. Ir al parque en las tardes era usual la niña, la cual siempre se sentaba en uno de los columpios mientras miraba a los otros niños jugar, y el canino permanecía junto a ella. Iba a dónde sea que ella fuera. Era su estilo de vida, ver la mañana, tarde y parte de la noche pasar en el mismo lugar, y no es que estuviera abandonada, de hecho, fue adoptada hacia un año por el señor Arismendi, que al parecer, gustaba de ayudar a los más desafortunados. 

En ocasiones, la niña compartía con la familia ciertos pensamientos que albergaban su mente. Como que su ahora padre en realidad gustaba de ayudar a los más desamparados para sentir qué les da la oportunidades y vidas que los padres de él nunca le dieron, y no porque en realidad deseará una hija o un perro. El hombre negaba dichas acusaciones, aunque con cierto asombro. Él nunca comentaba nada de su vida pasada, mucho menos con la pequeña. 

El tiempo seguía pasando, el hombre y su mujer envejecían, el perro por su parte no tanto como antes, y Suzi, seguía siendo una bella niña de seis años. Los años le habían pasado e hijos propios no logro tener con su esposa, por lo que a parte de ella, la única familia que le quedaba era la niña y su fiel perro. Sin embargo, estos dos últimos eran como si no estuvieran. Todos los días se marchaban al parque desde temprano. 

El hombre no podía evitar pensar que era raro que una niña en lugar de jugar con los otros niños, prefiriera quedarse a mirarlos, sin hacer mucho más. A veces pensaba en acompañarlos y hacer algo diferente, pero la fuerza ya no era la misma para él y el ánimo tampoco. Además, hace mucho tiempo que no iba a esos sitios.  

Los parques eran esos lugares a dónde iba a esconderse cada que alguno de sus padres decidía que era día de descargar todos sus problemas y miserias con él. Eran su refugio, que después de escapar de ellos, se convertirían en lugares que procuraría olvidar.  

Arismendi se dedicó a crecer en todo lo que le fuera posible, y en cuidar a los suyos y protegerse así mismo. A veces, pensaba que aún se cuidaba. Creía que con los años todo pasaba. Descubrió que en realidad no siempre es así, y empezaba a notar como cada vez se distanciaba más de los suyos. No es que fuera un hombre indiferente, es solo que ya no estaba muy presente.  
También sabía que tenía que prepararlo todo, su hora se acercaba y era momento de dejar sus posesiones claras.  

Suzi, la estimaba, pero no la amaba. Amar le era un poco difícil. Solo a su mujer creía amar, aún ahora a pesar de sus años, pero también de ella se estaba alejando. Por eso, aunque eran  diferentes, la niña le recordaba un poco a él, a cuando en su niñez prefería observar a lo lejos a los otros niños reír y jugar, mientras hacían  ver por un momento la vida como algo hermoso y de ensueño al menos durante esa amarga etapa de su vida. La diferencia entre él y los otros, era que él solo miraba, mientras a su vez se sentía observado, lo cual le causaba aún más temor e inquietud. Sentía un extraño vacío cada que llegaba esa sensación y no paraba de preguntarse si serían sus padres quienes a lo habían encontrado y estaban listos para darle sus próximas amonestaciones. 

Buscaba seguido, olvidarlo todo, cada uno de esos momentos, por ellos se esforzó por intentar ser como cualquier persona normal, sociable, trabajador, entregado a su familia por mucho tiempo y esas cosas, y lo logro, hasta hace poco, que el pasado parecía regresas, junto con sus viejos temores. 

Dentro de dos días el abogado traería los papeles, eso habían acordado. El hombre no podía más que dejar de preocuparse e intentar relajarse, y lo estaba consiguiendo. En la otra habitación que estaba enfrente de él, estaba su mujer, cociendo un bonito vestido de color azul celeste para regalárselo a Suzi. Ella lo miró de reojo, y entonces visualizó al viejo hombre que había sido su compañero de vida. Le sonrió mientras lo miraba detenidamente por unos segundos, como hace tiempo no había logrado verlo. 

El hombre le devolvió la sonrisa, y aunque pensó en ir a su lado, tomó un viejo libro de la estantería, uno sobre historia universal, uno de los temas que más le había apasionado en su vida y poco había alcanzado a dedicarle tiempo. A veces así funcionan las cosas, lo que quería debería esperar, dejarlo atrás hasta obtener la estabilidad necesaria, y no era algo de lo que podía quejarse. Había trabajado mucho, aprendido mucho, y el precio de lograr salir del patrón de miseria y maltratos que caracterizaba a su familia, era estar ausente de muchas distracciones, entre ellas sus pasatiempos, verdaderos sueños y su familia. Pero tampoco todo era malo. Y eso lo recordó, mientras leía un rato, después, dormiría plácidamente , sin tanto cansancio y ya no tan cargado.  

Después de una larga siesta, el hombre abrió sus ojos. Sentía como el viento soplaba su rostro. Observaba la intensa luz a su alrededor y las hojas que caían de los árboles por la fuerte brisa. Escuchaba risas de fondo, pero no parecían ser malintencionadas. Escuchaba otras voces de fondo, esas le resultaban molesta, escandalosas, aunque no entendía con claridad que decían. Nada era claro. Pero sí su presentimiento. Alguien lo observaba. 

Miro a todos lados, y cada que observaba, lograba ver con más nitidez, hasta lograr escuchar un sonido familiar, a lo que no pudo evitar mirar hacia atrás. 

Era el viejo perro, y a su lado, Suzi. La misma Suzi de seis años. Lo observaba fría y detenidamente. Su piel estaba helada, quiso caminar hacia ella, pero no podía.  

Entonces reconoció todo lo demás. Los otros niños, el bosque, los gritos exasperantes de sus padres buscándolo. Había vuelto, quizás no para siempre, pero allí estaba, como un niño, en aquel típico martirio que acompañó toda su infancia, y más allá, quienes siempre lo habían observado. 
 




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