Los dos años que pasaron después de aquella última gran ruptura fueron un ejercicio de supervivencia silenciosa. Aprendí a vivir en el centro exacto de mi propia órbita, donde nadie pudiera rozarme lo suficiente como para dejar una marca.
Para el mundo exterior, la soltería a veces se disfraza de independencia feroz. Te dicen que eres fuerte, que te estás enfocando en ti, que disfrutas de tu propio espacio. Y en parte era verdad. Construí una rutina tan pulcra y predecible que ningún imprevisto podía alterarla. Nadie me pedía explicaciones, nadie alteraba el orden de mis libros, nadie rompía mis silencios con promesas a medias. Mi habitación se convirtió en un búnker donde la única regla era la autoprotección.
Pero la paz de la soledad elegida es muy distinta a la paz del aislamiento por miedo.
A veces, el silencio se volvía tan espeso que dolía en los oídos. Me sentaba en la orilla de la cama durante las noches de lluvia, mirando hacia la ventana, preguntándome si pasaría el resto de mi vida intercambiando sonrisas únicamente con las versiones de la gente que cabían en una pantalla. ¿Era ese mi destino final? ¿Convertirme en una de esas personas que coleccionan recuerdos ajenos porque tienen demasiado miedo de arriesgar los propios?
El problema con los muros altos es que, aunque sirven para mantener a los monstruos afuera, también te condenan a vivir en una cárcel de la que eres al mismo tiempo la única celadora.
Empecé a notar el desgaste del aislamiento en los pequeños detalles. Me costaba sonreír con naturalidad, me molestaba la presencia prolongada de otros, y el simple pensamiento de volver a confiar en alguien provocaba un nudo instantáneo en el estómago. Me había convencido de que estar sola era un superpoder, un escudo definitivo contra el sufrimiento.
Sin embargo, el ser humano no está hecho para vivir permanentemente a la intemperie de los demás, pero tampoco puede pasar la eternidad escondido en el sótano. Lo que no sabía entonces es que el cuerpo humano tiene un límite para el frío. Tarde o temprano, la necesidad de calor te hace cometer errores. O, en mi caso, te hace abrir la puerta antes de tiempo, confundiendo la urgencia de sentirte viva con la certeza de haber sanado.
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ficcion contemporanea, drama psicolgico, crecimientopersonal
Editado: 08.10.2026