El peso de los ecos

Capítulo 6: El monólogo del celular

El presente no siempre llega con fuegos artificiales; a veces se instala en la monotonía gris de una pantalla que se ilumina sobre la mesa de noche.

Hace tiempo que dejé de mirar el teléfono con la emoción de antes. Ahora, cada vez que vibra, siento una punzada de pesadez en el estómago. El ritual es siempre el mismo: la pantalla se enciende, el nombre de Ian aparece en la parte superior, y debajo de él se despliega un monólogo interminable. Mensajes largos contándome cómo estuvo su día, anécdotas de su trabajo, fotos de un café solitario, y al final, invariable como el invierno, un «te amo» o un «espero que tengas un lindo día, mi amor».

Y yo me quedo ahí, con el aparato en la mano, incapaz de teclear una respuesta que esté a la altura de su cariño.

La distancia que creció entre nosotros ya no cabe disimularla. En el trato diario, el cambio es abismal. Donde antes había un esfuerzo por encajar, ahora solo hay una cortina de hierro. Ya no lo miro con dulzura; lo miro y, sin proponérmelo, lo trato exactamente igual que a un desconocido que me invade el espacio vital.

Soy cortante. Le respondo con monosílabos secos horas después de haber leído sus mensajes, o peor aún, dejo la notificación en visto, permitiendo que las horas pasen mientras el silencio se acumula como polvo en los muebles. No lo hago por maldad, aunque sé que duele. Lo hago porque ya no me queda energía para fingir que sigo ahí. El cuerpo y la mente se han negado a seguir representando un papel que nunca me quedó bien.

Lo más cruel de todo esto es el contraste. Mientras él sigue viviendo en la ilusión de que somos una pareja común que atraviesa un bache, yo estoy atrapada en una obra de teatro donde ya se cerró el telón y sigo en el escenario, sola y sin guion. Cada notificación de su parte no es un recordatorio de que me quiere, sino un recordatorio constante de la mentira en la que lo tengo atrapado.

Y, sin embargo, el teléfono sigue vibrando. Un mensaje nuevo sobre cómo le fue en la tarde. Otro recordatorio de lo mucho que me ama. Y yo, al otro lado de la línea, conteniendo el aliento, preguntándome en qué momento permití que mi vida se convirtiera en este eco sordo donde nadie escucha lo que realmente tengo que decir.




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