La montaña había dejado de parecerle un camino muchas horas atrás, porque a medida que Mane ascendía el sendero se estrechaba hasta convertirse en una sucesión irregular de piedras húmedas, raíces expuestas y escalones tallados directamente sobre la roca, algunos tan desgastados que apenas conservaban la forma necesaria para apoyar el pie, mientras a ambos lados los bambúes crecían inclinados unos sobre otros formando corredores verdes donde la niebla se acumulaba con una densidad semejante al humo; detrás quedaban el mar, el Pueblo del Desamparo y el viejo embarcadero donde Lao Ri había terminado su vida, aunque de todo aquello ya no podía distinguir absolutamente nada, pues las nubes bajas habían cubierto el valle y únicamente el sonido de pequeños cursos de agua descendiendo entre las piedras acompañaba sus pasos, de modo que continuó avanzando siguiendo las pocas indicaciones que había logrado comprender de la anciana y aquel recuerdo todavía más extraño de las palabras del viejo, quien había hablado de un gran bambú que miraba hacia el valle como si eso fuera suficiente para orientar a un hombre en una montaña donde cada árbol parecía mirar hacia algún lugar.
Cuando finalmente encontró a Po no necesitó confirmación alguna, porque aquel bambú se levantaba separado de los demás sobre una formación de roca que sobresalía hacia el precipicio y era tan grueso que Mane apenas habría logrado rodearlo con ambos brazos, además su tronco se inclinaba hacia el vacío mientras las ramas superiores se extendían sobre el valle de una manera casi humana, como si realmente contemplara las tierras que se perdían bajo las nubes; junto a sus raíces había pequeñas cintas descoloridas, piedras colocadas unas sobre otras y un cuenco de barro lleno hasta la mitad con agua de lluvia, señales demasiado discretas para parecer una ceremonia y demasiado cuidadas para ser casualidad, por lo que Mane permaneció unos segundos observándolo antes de apoyar una mano sobre la superficie lisa del tronco y recordar la voz cansada de Lao Ri pronunciando aquel nombre con la naturalidad con que habría hablado de una persona, luego apartó la mano y siguió el único sendero que parecía continuar montaña arriba, sin saber que apenas unos cientos de pasos más adelante las copas de los bambúes comenzarían a abrirse y dejarían ver por primera vez los tejados de una construcción que hasta entonces había permanecido completamente oculta.
El templo se levantaba sobre distintos niveles de la montaña, sostenido por plataformas de piedra y grandes pilares de madera que parecían surgir directamente de los riscos, mientras los techos curvados sobresalían unos encima de otros siguiendo la pendiente como si alguien hubiese construido aquel lugar respetando la forma de la montaña en lugar de obligarla a adaptarse; una enorme escalinata ascendía hacia la entrada principal, custodiada por esculturas erosionadas cuyo aspecto Mane no supo identificar, y más arriba podían distinguirse balcones, pequeños pabellones, puentes cubiertos y corredores que conectaban edificios levantados a diferentes alturas, mientras en las terrazas inferiores algunos hombres vestidos con túnicas sencillas barrían hojas, cargaban cestas o transportaban cubos de agua desde una fuente, aunque ninguno pareció advertir la presencia del extranjero que, después de tantos días caminando sin entender prácticamente una palabra de cuanto escuchaba, se quedó contemplando aquella construcción con una mezcla de alivio y desconfianza antes de subir los últimos escalones hasta encontrarse frente a una puerta de madera tan alta que por primera vez desde que abandonó Europa volvió a sentirse pequeño delante de una obra humana.
Golpeó tres veces utilizando el pesado aro de metal que colgaba de una de las hojas y esperó, pero no recibió respuesta aunque desde el interior podía escuchar pasos, el roce de alguna escoba sobre piedra y, en algún punto más lejano, el sonido seco de madera golpeando madera; volvió a llamar con mayor fuerza y esta vez esperó todavía más, convencido de que alguien aparecería después de semejante estruendo, sin embargo la puerta permaneció cerrada y las voces que alcanzaba a escuchar continuaron con absoluta normalidad, por lo que comenzó a caminar de un lado a otro frente a la entrada buscando alguna campana, algún guardia o cualquier señal que indicara cómo debía anunciarse un visitante, hasta que terminó golpeando otra vez y apoyando la frente contra la madera con evidente fastidio, preguntándose qué clase de templo ignoraba a un hombre después de obligarlo a subir una montaña para llegar hasta allí; durante unos instantes consideró simplemente sentarse frente a la puerta hasta que alguien decidiera abrirla, aunque la idea murió cuando recordó que nadie sabía que estaba allí y que probablemente aquellos hombres podían continuar ignorándolo durante horas, de modo que bajó nuevamente algunos escalones y comenzó a rodear la construcción buscando otra entrada.
El lado oriental terminaba rápidamente en un muro levantado sobre una caída vertical, mientras el occidental descendía hacia una zona cubierta de vegetación donde la roca parecía haber cedido muchos años atrás y parte de una antigua escalinata se encontraba destruida, con fragmentos de piedra repartidos entre raíces y arbustos, aunque detrás de aquel derrumbe Mane distinguió una serie de salientes que bordeaban el muro del templo y ascendían hacia uno de los patios superiores; cualquier hombre sensato habría comprendido que aquella no era una entrada, pero Mane llevaba demasiado tiempo viajando para permitir que una puerta cerrada decidiera su destino, así que ajustó el morral sobre los hombros, comprobó con el pie la estabilidad de la primera piedra y comenzó a avanzar aferrándose a raíces, pequeñas grietas y bordes del muro, mientras debajo de él la pendiente desaparecía entre los árboles y cada piedra que soltaba descendía varios segundos antes de dejar de escucharse, lo que consiguió que reconsiderara su decisión más de una vez aunque nunca lo suficiente para regresar.