El Piloto

Capitulo 1

Dahlia aferraba el volante con ambas manos mientras el sol de la tarde le daba de lleno en la cara.

Estiró los dedos a ciegas hasta la guantera, revolvió entre papeles y objetos sueltos hasta dar con sus anteojos de sol, se los puso y soltó un bufido de alivio.

A medida que avanzaba, el rugido de la ciudad iba quedando atrás, reemplazado por un paisaje progresivamente más aislado.

Se detuvo unos minutos en una estación de servicio en las afueras.

—¿Tanque lleno? —preguntó el playero inclinándose hacia la ventana.

—Sí, por favor —asintió ella, bajando el vidrio apenas unos centímetros.

Mientras el combustible cargaba y el denso olor a nafta invadía el ambiente, Dahlia se reclinó contra el respaldo.

Un nuevo comienzo. La paz que llevaba meses buscando finalmente estaba al alcance de su mano. Pagó, puso en marcha el auto y continuó el último tramo del trayecto.

Al ingresar al barrio, redujo la velocidad. Sus ojos escaneaban el entorno: veredas anchas, casas antiguas pero cuidadas y árboles enormes que proyectaban sombras largas sobre el asfalto. El GPS le indicó que había llegado. Frenó por completo frente a una propiedad de fachada envejecida.

Echó un vistazo rápido a la casa, tomó el celular para confirmar la dirección en el mapa y soltó un largo suspiro. Efectivamente, era ahí. Se desabrochó el cinturón y miró por el espejo retrovisor: el asiento trasero estaba abarrotado de cajas, su computadora portátil y bolsas de consorcio.

—Antes de bajar todo esto, voy a echar un vistazo por dentro —murmuró para sí misma.

Apagó el motor. El repentino silencio del vecindario la envolvió por completo. Sacó las llaves del bolsillo y su tintineo metálico resonó en el interior del vehículo.

Dahlia empujó la puerta del automóvil y descendió. El calor afuera pegaba con fuerza. Miró a su alrededor: las fachadas impecables, los céspedes cortados al milímetro, ni una sola hoja fuera de lugar. Sin embargo, no se veía a nadie en la calle.

Bajó la vista hacia su muñeca; el reloj marcaba las dos y media de la tarde.

—Es plena siesta —murmuró para sí misma mientras el viento le despeinaba el cabello—. Seguro están durmiendo. Yo también estaría durmiendo a esta hora.

Caminó por el sendero de entrada hasta la puerta blanca. Sostuvo el manojo de llaves, probó una hasta que encajó en la cerradura y la giró. La puerta cedió de inmediato; al darle un empujón, rechinó levemente y el eco del crujido se dispersó por el interior vacío.

La casa estaba a oscuras y olía a encierro. Dahlia avanzó hacia la ventana principal y levantó la persiana. El sol de la tarde filtró de golpe, iluminando el polvo que flotaba en el aire.

—Vaya, nada mal —dijo escaneando la sala.

Los estantes necesitaban una buena franela, pero la estructura se veía firme. Recorrió el pasillo y echó un vistazo rápido al dormitorio: la cama de una plaza seguía allí, aunque notó que el techo tenía algunas manchas de humedad.

De vuelta en la sala, decidió empezar a organizarse.

—Hora de bajar las cosas.

Antes de salir, sacó el celular, buscó un contacto y se lo llevó a la oreja. Al tercer tono, atendieron.

—Daniel, disculpa que te moleste, pero quería pedirte un favor.

—¡Qué tal, Dahlia! Dime, ¿qué necesitas? —contestó Daniel al instante.

—Me da un poco de pena, pero... ¿podrías darme una mano con la mudanza? Tengo varias bolsas y cajas pesadas en el auto.

—Claro, no hay problema, encantado de ayudarte. Además, así aprovecho para conocer tu nuevo lugar.

—Gracias de verdad —sonrió ella—. Se lo pediría a algún vecino, pero no he visto a nadie todavía y no quiero molestar a gente que no conozco.

—Entiendo. No te preocupes, ya salgo para allá. Eso sí, tardaré un rato por el tráfico. Mándame la ubicación.

—De acuerdo. Mientras te espero voy metiendo las cajas más pequeñas.

Cortó la llamada. Con una sonrisa de alivio, le envió el mapa a Daniel y volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo.

Dahlia cruzó el umbral de la puerta, avanzó hacia su vehículo y abrió la puerta trasera. Tomó una caja liviana y la llevó al interior de la casa, apoyando el cartón con cuidado en el suelo. Repitió el proceso varias veces con las bolsas y paquetes menos pesados.

Al terminar la primera tanda, se apoyó bajo la sombra de un árbol en la vereda. Se pasó un pequeño pañuelo por la frente para secarse el sudor.

De pronto, notó al vecino de al lado: estaba regando el césped con una manguera. Cruzaron miradas durante un instante antes de que ella desviara la vista hacia su auto.

El hombre esbozó una sonrisa, cerró el paso del agua y caminó lentamente hacia la cerca de madera que dividía ambas propiedades. Se apoyó sobre el marco con soltura, la evaluó con la mirada y preguntó:

—¿Eres nueva en el barrio?

Dahlia guardó el pañuelo en el bolsillo y lo miró a los ojos, regalándole una mueca amable.

—Sí, así es.

—Entonces, bienvenida al barrio. Es un verdadero placer conocerte —dijo él con un gesto cálido.

—Muchas gracias, señor —asintió ella.

—Por cierto... hace un momento te vi cargando unas cajas, supongo que estás con la mudanza. Si tienes más cosas pesadas por meter, avísame y te doy una mano.

—Le agradezco mucho la intención —respondió Dahlia—. Todavía me quedan algunas bolsas y cajas grandes, pero ya pedí ayuda. Mi amigo viene en camino, aunque va a tardar un rato.

El hombre acomodó su postura sobre la cerca, sin perder la sonrisa.

—Ya veo. De verdad no tengo problema en ayudarte, no tienes por qué pasar vergüenza. En este barrio todos nos ayudamos.

Dahlia lo pensó durante un segundo. Cansada por el calor y el viaje, terminó cediendo.

—Está bien, si no es una molestia, me vendría genial una mano con estas dos cajas de abajo —admitió con una leve risita nerviosa.
—Ninguna molestia. Espérame un momento que guardo la manguera y vuelvo.




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