El Piloto

Capitulo 2

El ambiente se mantuvo apacible mientras Dahlia esperaba. Poco después, el vecino volvió a aparecer por el frente de su casa. Ella se irguió al verlo acercarse; el hombre caminaba con pasos firmes y pausados, proyectando una seguridad tranquila.

Finalmente, cruzó la entrada del terreno de Dahlia.

—Bueno, ¿por dónde empezamos? —preguntó con una voz serena.

—En el baúl tengo una caja bastante pesada —explicó ella, señalando el auto.

El hombre asintió con lentitud.

—De acuerdo.

Dahlia abrió el maletero y el resto del equipaje quedó al descubierto.

—Son esas... ¿Podrá con ellas? —consultó, intentando no parecer una molestia.

—No te preocupes, no es nada —respondió él.

Pero antes de inclinarse para tomar el paquete más grande, se detuvo un segundo. Fijó sus ojos en ella y sonrió con amabilidad.

—Por cierto, soy Michael. Michael Turner —dijo, extendiendo una mano firme y áspera.

—Mucho gusto, Michael. Yo soy Dahlia —contestó ella, estrechándole la mano.

—Un placer. Puedes decirme Señor Turner —marcó él, sin perder la sonrisa pero marcando cierta distancia.

Dahlia asintió y le devolvió el gesto.

El Señor Turner se agachó y levantó la caja del baúl. Soltó un breve suspiro de esfuerzo y la mantuvo contra su pecho. Se dirigió hacia la vivienda mientras Dahlia lo guiaba un paso atrás.

—Aquí en el suelo está bien, gracias —indicó ella al entrar a la sala.

Michael obedeció y apoyó el cartón en el piso. Se tomó unos segundos para recuperar el aliento y, mientras tanto, sus ojos recorrieron pausadamente el interior de la casa: la disposición de los muebles, las ventanas y los rincones más oscuros.

—No está nada mal —comentó, volviendo la vista hacia ella—. Felicidades por tu nueva casa.

—Sí, muchas gracias, Señor Turner.

—Bueno, iré por lo demás así ya te dejo tranquila —agregó el hombre, dándose vuelta hacia la salida.

Durante los siguientes minutos, Turner llevó las bolsas y paquetes restantes hasta el interior de la propiedad. Cuando terminó la tarea, Dahlia lo acompañó hasta la vereda.

—Muchísimas gracias por su ayuda y por su tiempo —agradeció ella nuevamente.

—No hay de qué —contestó Michael, remangándose la camisa de trabajo, algo humedecida por el sudor.

—¿El barrio siempre es así de tranquilo? —aprovechó a consultar Dahlia.

Michael se giró para mirarla fijamente.

—Sí, así es. La calma y el orden es algo que siempre ha representado a este lugar.

Dahlia se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Eso es genial. Así debería ser en todos lados. Quería conocer a los demás vecinos, pero no he visto a nadie por las calles.

El hombre se pasó los dedos por la barba crecida de un par de días.

—No te preocupes. Seguramente cuando el sol deje de pegar tan fuerte saldrán a la calle. Incluso los niños salen a jugar por la tarde.

Michael dio media vuelta y caminó despacio hacia su propiedad. Antes de cruzar su cerco, alzó una mano para despedirse. Dahlia le devolvió el saludo con una sonrisa de alivio.

Exhaló un largo suspiro. El primer contacto con la vecindad había sido un éxito. Ahora solo quedaba esperar la llegada de Daniel. Giró sobre sí misma y regresó al interior de la casa para empezar a desempacar sus cosas.

El tiempo transcurrió sin prisa. Un automóvil negro ingresó al vecindario a baja velocidad. Daniel Brooks se dirigía a la nueva casa de Dahlia, observando la zona a través del parabrisas mientras el GPS le marcaba la ruta.

—Parece un lugar bastante seguro —murmuró para sí mismo.

Frenó el auto frente a la propiedad.

—Debe ser esta —dijo, echándole un vistazo a la fachada antes de apagar el motor.

Al bajarse del vehículo, su mirada vagó por los alrededores. La calle comenzaba a tomar vida: algunos vecinos conversaban sentados en sus porches, una mujer barría la vereda y un grupo de niños jugaba al borde del asfalto.

Daniel caminó hacia la entrada de la casa y dio un par de golpes suaves en la madera con los nudillos.

Dahlia abrió casi al instante.

—¡Daniel! Llegaste.

—¡Hola, Dahlia! Qué tal —la saludó él con una sonrisa de disculpa—. Me atrasé un poco más de la cuenta, casi son las cinco de la tarde.

Ingresó a la propiedad, se quitó la gorra que llevaba puesta y la apoyó sobre el respaldo de una silla.

—Bonita casa... —comentó, examinando el interior con curiosidad.

—Gracias, salió mucho mejor de lo que esperaba —admitió ella.

Se acercó a un tomacorriente para conectar el cargador de su netbook; la pantalla se iluminó brevemente.

—Genial, ya está cargando —susurró para sí misma.

—No me digas que ya vino amueblada —preguntó Daniel, observando la distribución del lugar.

—Así es, venía con todo esto. Es estupendo.

Daniel asintió y se pasó una mano por el cabello para acomodárselo hacia atrás.

—Me alegro mucho por ti. Al fin vas a poder vivir sola y tener la paz que te faltaba con tu mamá.

—Sí, tal cual —esbozó una sonrisa nostálgica—. Hablar de mi madre siempre es un dolor de cabeza. La quiero un montón, pero... la verdad es que vivir con ella se estaba volviendo agobiante.

Daniel no dijo nada más; entendía perfectamente la situación. Se acercó a un estante cercano, tomó un pequeño adorno de cerámica y fingió analizarlo para darle espacio.

—¿Y qué tal el barrio? ¿Te agrada por ahora? —preguntó.

—Sí, parece tranquilo, aunque me pareció raro que no hubiera un alma en la calle hace un rato. No sé por qué no salían.

—¿En serio? —Daniel señaló hacia la ventana con un gesto del mentón—. Cuando recién llegué vi a varios vecinos afuera. Hasta había unos chicos jugando.

Un gesto de sorpresa cruzó el rostro de Dahlia. Avanzó hacia el ventanal y escaneó la calle. Ahí estaban: los niños corriendo con un bate de béisbol y un par de adultos charlando amistosamente sobre la vereda.




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