Daniel estaba de pie frente a la puerta de la casa vecina. Desde el umbral, la madre regañaba al niño con severidad:
—Te dije mil veces que no salieras a la calle a esta hora.
El pequeño se secaba los ojos con las palmas de las manos, cabizbajo.
—No le pasó nada grave, señora, así que ya me retiro —intervino Daniel con amabilidad, dando un paso atrás.
—Muchas gracias por atender a mi hijo. Antes de que te vayas, quiero darte algo —respondió la mujer, cambiando de tono.
Daniel asintió y se quedó esperando en el marco. Miró al niño y le regaló una sonrisa cómplice para tranquilizarlo:
—Tranquilo, tu mamá no es mala, solo te está cuidando.
La madre reapareció con una pequeña bolsa en las manos y se la extendió.
—Toma esto. Son dulces que sobraron de un cumpleaños, y por el momento mi hijo tiene prohibido comer golosinas.
—No hace falta que me dé esto, en serio —intentó declinar Daniel, parpadeando con sorpresa—. Además... ¿por qué no los guarda para los chicos? Ya se acerca Halloween y seguro vendrán a pedir.
La mujer negó lentamente con la cabeza, y su expresión se tornó extrañamente rígida:
—No. Aquí no festejamos Halloween. Y tampoco vendrán a pedirnos dulces. Llévatelos.
Daniel sintió una ligera incomodidad ante la tajante respuesta, pero terminó aceptando la bolsa con una mueca forzada.
—De acuerdo... Muchas gracias.
Tras una breve despedida, la madre cerró la puerta de golpe y echó llave.
Daniel caminó de regreso hacia donde estaba Dahlia. A lo largo de la calle, los faroles amarillentos comenzaron a encenderse uno a uno; algunos parpadeaban débilmente, mientras otros proyectaban una luz espesa y solitaria sobre el asfalto. Dahlia seguía de pie, sosteniendo la tarta que le había regalado la señora Tina, con la mirada completamente perdida en el horizonte.
—Hola... ¿qué pasa? ¿Por qué parece que estás en la luna? —le preguntó Daniel con tono bromista, sacándola de sus pensamientos.
Dahlia pestañeó, volviendo en sí. Daniel ladeó la cabeza, observando el plato en sus manos.
—¿Y esa tarta?
—Me la regaló una vecina, un obsequio de bienvenida... —explicó ella, tragando saliva—. Pero me dijo algo muy extraño. Me advirtió que no debía mirar por la ventana después de medianoche.
—¿Que no mires por la ventana? —repitió Daniel con curiosidad—. Bueno, supongo que es una zona vieja, quizás hay robos o gente rara, ya sabes cómo son estos barrios alejados...
—No es eso —lo interrumpió ella, con un nudo en el estómago—. Dijo que si él cree que lo estoy mirando... después va a querer conocerla. Ya ni sé qué pensar.
Daniel soltó una risa leve, intentando restarle dramatismo al asunto.
—¿Que alguien va a querer conocerte? Quizás sea algún vecino excéntrico, o la señora simplemente está delirando un poco. No hay que confiar demasiado en la gente muy mayor, a veces se les cruzan los cables y dicen cualquier cosa.
Dahlia lo miró en silencio. Las palabras de su amigo tenían lógica, pero no lograban calmar la incomodidad que sentía por dentro.
—Bueno, Dahlia, ya tengo que irme —informó Daniel consultando la hora en la pantalla de su celular—. Fue un placer ayudarte y compartir este rato, pero mañana tengo que trabajar temprano y debo volver a mi departamento.
—Sí, entiendo. Gracias por todo, Daniel —respondió ella, intentando esbozar una sonrisa segura.
Él se acercó y le dio un beso en la mejilla a modo de despedida.
—Te me cuidas mucho. Cualquier cosa me llamas.
Daniel subió a su auto, puso en marcha el motor y dio la vuelta en la esquina. Dahlia mantuvo la sonrisa en el rostro hasta que las luces rojas del vehículo terminaron por desaparecer entre las sombras de la calle.
En ese preciso instante, el silencio del barrio se abalanzó sobre ella. Se quedó completamente sola en la entrada, abrazada a la tarta, mientras la advertencia de la señora Tina comenzaba a rebotar con fuerza en su cabeza.
Poco después, el reloj de la pared marcaba las ocho en punto. Dahlia se acercó al ventanal con la intención de bajar la persiana, pero se detuvo un instante a observar la calle.
El cielo estaba completamente oscuro y el asfalto solo recibía la tenue luz de los faroles viejos. Las fachadas vecinas lucían herméticas, con las persianas bajas y los accesos cerrados a cal y canto.
—Parece que soy la única que todavía no bajó la persiana... —murmuró para sí misma.
Tiró de la cinta con calma hasta que la madera encajó en el marco y regresó a la mesa. Allí la esperaba su espacio de trabajo: papeles con bocetos, lápices desparramados, un vaso de agua y la pantalla iluminada de la computadora. Dahlia se acomodó los anteojos y se concentró en la pantalla.
El tiempo pasó rápido entre clic y clic, hasta que el tono agudo de su celular cortó su racha de concentración. Dahlia giró la cabeza hacia el dispositivo: la pantalla mostraba el nombre de su madre. Soltó un suspiro de desgano, dejó el lápiz sobre la mesa y atendió.
—¿Mamá?
—Hija, quería saber cómo estabas —sonó la voz del otro lado, con un matiz de reproche instantáneo—. Desde que te fuiste no me escribiste ni un mensaje. Ni siquiera para avisarme si habías llegado bien con la mudanza.
Dahlia bufó levemente, se levantó de la silla y empezó a caminar despacio por la sala.
—Solo quería despejarme un poco de todo, mamá. Es mi primer día aqui y necesitaba algo de paz para organizar mis cosas en privado.
—No puedes reaccionar así, Dahlia. ¿Acaso creés que por vivir sola ya no me tienes que avisar nada? ¿Qué pasa si te sucede algo o me pasa algo a mí?
—Sí, mamá, me descuidé, pero estoy molida por la mudanza. No estoy para regaños hoy —respondió, deteniéndose junto a la ventana.
Con dos dedos, abrió apenas una de las tablillas de la persiana para mirar hacia afuera.
—No creo que sea forma de contestarme, pero bueno... así son los hijos —siguió la señora Hart—. Iré a visitarte pronto. No sé bien qué día, pero si no voy yo, sé que tú no vas a venir.
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Editado: 01.11.2026