El Piloto

Capítulo 4

Dahlia despegó los ojos lentamente, se quitó las sábanas de encima y ojeó rápidamente su celular: eran más de las diez de la mañana. Dejó caer el teléfono sobre la cama y se pasó una mano por el rostro.

​—Me quedé dormida... —se dijo a sí misma.

​Se levantó de inmediato. La casa seguía sumida en la penumbra total en la que la había dejado la noche anterior, ya que las persianas bajas no dejaban pasar ni un rayo de sol. Dahlia caminó abriendo cada una de las ventanas; la luz matutina le encandiló los ojos por un instante.

Se quedó inerte unos momentos frente al ventanal, observando el frente de su propiedad con una mano en la frente, frustrada.

​—¿Qué habrá sido lo de anoche? —se preguntó en voz baja.

​Afuera, la vida transcurría con total normalidad. Dos vecinas conversaban amistosamente sobre la vereda y otro hombre trabajaba en el frente de su casa acomodando el césped. Nada parecía haber cambiado.

Dahlia salió a la entrada y dio unos pasos más hasta quedar en la calle. Estaba despeinada y con la ropa arrugada por el descanso, pero en ese momento era lo que menos le importaba.

​—¿Habrá sido algún indigente? —murmuró antes de regresar al interior.

​Se preparó un café caliente, sirvió la bebida en su taza y se sentó a la mesa. Sacó su celular, seleccionó el contacto de Daniel y marcó. Sonó dos veces antes de que atendieran del otro lado.

​—¿Hola, Daniel?

—¡Hola, Dahlia! ¿Qué tal? —saludó Daniel con energía.

—Daniel, disculpa que te moleste, pero quería contarle esto a alguien... —explicó ella, revolviendo el café con la cucharita.

—Tienes la voz bastante ronca, ¿Recién te levantás? —notó Daniel con tono burlón.

​Dahlia soltó una pequeña carcajada.

​—Sí, la verdad que sí.

—Vaya, qué injusticia... yo ya llevo dos horas trabajando —bromeó él.

​Ambos se rieron levemente antes de que Daniel retomara el tono habitual.

​—Bueno, fuera de chistes, dime qué pasó porque mi compañera ya me está volviendo loco para que vaya a ordenar los estantes de libros.

—De acuerdo, va a ser rápido —prometió ella antes de dar un sorbo a la taza—. Lo que pasa es que anoche escuché una nana cerca de mi casa. Miré por la ventana pero no vi a nadie, solo alcancé a notar una luz.

—¿Una nana? Eso sí que es raro... —comentó Daniel, extrañado.

—Lo verdaderamente extraño es que la anciana de ayer me advirtió que no mirara por la ventana después de medianoche. No pasó nada grave pero... ¿acaso ella sabía algo?

—¿Será una vidente o algo así? —dijo Daniel, intentando mantener la calma—. O tal vez fue una simple casualidad. Quizás pasó un vagabundo o alguien con ganas de molestar, no te alarmes demasiado.

—Sabés qué, si me la cruzo hoy le voy a preguntar directamente —afirmó Dahlia con determinación.

—Sí, hazlo. Bueno, yo me tengo que poner a trabajar. Llamame por cualquier cosa, no lo dudes.

—Sí, lo sé. Gracias, Dani.

​La llamada llegó a su fin. Dahlia terminó su café de un trago y fue a cambiarse. Se puso ropa limpia, tomó los papeles de trabajo que debía entregar esa mañana y salió de la casa, lista para empezar el día.

Caminó con paso seguro hacia su vehículo, pero antes de abrir la puerta, notó de reojo que el señor Turner no estaba en su propiedad. A pocos metros, trabajando en el jardín delantero de otra casa, cortaba el césped con una máquina de motor ruidoso.

​Se detuvo, arrojó los papeles en el asiento del acompañante y cerró la puerta. Se acomodó los anteojos oscuros sobre el puente de la nariz y caminó hasta el límite de la vereda donde se encontraba Michael.

​El estruendo del aparato era ensordecedor. Turner le daba la espalda, inclinado sobre la máquina mientras avanzaba a paso lento.

​—¡Disculpe! —gritó ella elevando la voz, pero el jardinero ni se inmutó.

—¡Señor Turner! —insistió, dando un paso más hacia el césped.

​El rugido cesó de golpe. El motor se apagó con una tos seca, y el señor Turner dio media vuelta con total parsimonia. Su delantal de trabajo estaba salpicado de restos de pasto y teñido de un tono verdoso por el uso constante.

​—Oh, señorita Dahlia. ¿Qué se le ofrece? —preguntó, apoyando las manos en el manubrio.

—Disculpe que lo moleste mientras trabaja, pero quería hacerle una pregunta rápida —dijo ella, cruzándose de brazos por inercia.

​Michael soltó la máquina, la dejó apoyada en el suelo y tomó un rastrillo, apoyando las manos en el mango con naturalidad.

​—¿Qué necesita saber? —inquirió con una sonrisa afable.

—Anoche escuché algo extraño... Como si alguien estuviera en la calle tarareando una nana. Quería saber si por casualidad usted también lo escuchó.

​Michael tardó una fracción de segundo en responder. Sus manos se detuvieron sobre el rastrillo y la miró fijamente a través de los lentes oscuros, midiendo el peso de la pregunta antes de hablar.

​—No... no escuché nada —admitió con voz neutra.

—¿Seguro? Fue alrededor de la medianoche —insistió Dahlia, buscando un atisbo de confirmación.

​El señor Turner se encogió de hombros con suavidad.

​—A esa hora ya estaba durmiendo. Como sabrá, me gusta descansar temprano para empezar el día.

​Dio media vuelta, caminó hasta un balde de plástico para vaciar los restos del rastrillo y se sacudió las palmas. Sin embargo, antes de que Dahlia pudiera decir algo más, él volvió a girar el rostro hacia ella.

​—Aunque, pensadolo bien... la última vez que salí afuera eran casi las once —añadió, con un tono extrañamente preciso—. Saqué la basura a la vereda y noté que no todos en el barrio dormían todavía. Vi que la luz de tu casa estaba encendida.

​Dahlia parpadeó detrás de sus anteojos. Un latigazo helado le recorrió la nuca por una milésima de segundo.

​—Ah... sí, suelo apagar todo bastante tarde —respondió, forzando una sonrisa neutral.

—Claro. Yo no me acuesto muy tarde porque, como verá, hay que madrugar para trabajar —comentó Michael, devolviéndole una calidez que de repente se sintió pesada en el aire.




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