El Piloto

Capitulo 5

La tarde había comenzado a ceder, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y grises. Dahlia pasó la mayor parte del día afuera, pero finalmente el auto se detuvo frente a su propiedad. Apagó el motor y soltó un largo suspiro. Durante unas horas había logrado distraerse con sus obligaciones, pero la realidad del barrio la golpeó de inmediato al volver a ver las fachadas idénticas y cerradas.

​A su lado, en el asiento del acompañante, descansaba una pequeña bolsa de dulces que había comprado de camino a casa.

​Se desabrochó el cinturón, tomó las golosinas, abrió la puerta y descendió del vehículo.

Mientras se subía los anteojos oscuros para despejar su rostro, percibió un leve movimiento a sus espaldas. Volteó la cabeza con disimulo y vio a la señora Tina, quien salía de su terreno vistiendo una chaqueta de cuero oscura y cargando un bolso pequeño en las manos.

​Dahlia la analizó unos segundos. A su alrededor, solo se escuchaba el soplar constante del viento frío contra las cercas de madera. Decidida a no dejar pasar la oportunidad, acortó la distancia con pasos firmes.

​—Hola, señora Tina —saludó con voz clara.

​La anciana se detuvo en seco y giró despacio. Pestañeó un par de veces, como si le costara ubicarla.

​—¿Qué tal...? Dahlia, ¿verdad?

—Sí, soy yo, la nueva vecina. Quería hablar un segundo con usted —aclaró Dahlia, deteniéndose a pocos pasos.

—¿Conmigo? —repitió la mujer, cambiando el bolso de mano con cierta incomodidad.

—Ayer me regaló una tarta y luego me soltó esa advertencia sobre no mirar por la ventana después de la medianoche —recordó Dahlia, bajando ligeramente el tono—. Justamente esa noche escuché cosas muy extrañas en la calle. ¿Acaso usted sabía algo? ¿Hay algo que tenga que decirme?

​Tina desvió la mirada hacia el asfalto desolado, tensando los labios en una línea delgada. A varios metros, en la vereda de enfrente, Michael Turner se encontraba agachado alimentando a un perro callejero con total tranquilidad, aunque por la nuca de Dahlia corrió el agudo presentimiento de que cada uno de sus movimientos estaba siendo observado.

​—Solo te advertí para que te vayas acostumbrando... y para que no lo provoques —sentenció la anciana con una gravedad helada.

​Dahlia frunció el ceño, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas.

​—¿Provocar a quién? ¿De qué habla?

—Ya debo irme, mi transporte ha llegado —cortó Tina abruptamente.

​En ese instante, un vehículo gris se detuvo con un frenazo seco a pocos metros de ellas. El conductor ni siquiera apagó el motor; apoyó una mano impaciente sobre el volante y escaneó el vecindario a través del parabrisas con una mezcla de prisa y evidente desconfianza, deseando no estar ahí.

​Tina pegó media vuelta y avanzó con torpeza hacia la puerta del auto.

​—¡Espere, por favor, explíqueme! —suplicó Dahlia, dando un paso al frente.

—Tengo una consulta médica, debo irme —recalcó la anciana, abriendo la puerta.

—Disculpen, señorita, ¿podrían darse prisa? —exclamó el chofer desde adentro, mirando de reojo hacia las casas.

​Tina se metió de golpe en el automóvil y trancó la puerta. El auto aceleró de inmediato, levantando una ligera estela de polvo antes de perderse por la esquina, dejando a Dahlia sola en medio de la calle.

​Se frotó los brazos por instinto; el viento se sentía cada vez más fresco. Alzó la vista y recorrió el vecindario con los ojos. A lo lejos, Michael Turner se incorporaba lentamente tras terminar de alimentar al animal, y en otra dirección, un hombre que revisaba el correo en la entrada de su casa se quedó petrificado al chocar su mirada con la de ella.

​Dahlia lo sostuvo con firmeza por un segundo. El hombre, con el rostro endurecido por una mueca de hostilidad silenciosa, dio media vuelta sin decir nada y se metió a su casa, cerrando con pestillo.

​Dahlia bajó la vista al suelo, tragando saliva con dificultad mientras intentaba procesar la atmósfera asfixiante del lugar. Con un peso de plomo en el pecho, dio media vuelta y caminó hacia su casa, aferrando la bolsa de dulces entre sus manos.

La noche finalmente cayó. Dahlia estaba tirada en el sofá con la luz del celular iluminándole el rostro. Abrió una aplicación de comida, seleccionó una pizza y marcó el número del local.

​—Hola, buenas noches. Delivery, ¿qué se le ofrece? —atendió una voz masculina del otro lado.

—Hola, quisiera pedir una pizza a domicilio, por favor.

—Claro. ¿A qué dirección sería?

​Dahlia le dictó la calle y la altura de su nueva casa. Apenas terminó de pronunciar los datos, el murmullo de fondo del local pareció congelarse; el aire se cortó por completo al otro lado de la línea.

​—Espere un momento en línea, por favor —pidió el encargado, perdiendo de golpe la cordialidad.

​Dahlia no dijo nada. Se quedó esperando en afonía, tamborileando los dedos contra el almohadón del sillón.

​—Disculpe, señorita, me avisan que no va a ser posible cumplir con su pedido —informó el hombre tras una breve pausa.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Dahlia, frunciendo el ceño, sorprendida.

—Nos queda bastante lejos esa zona y además ya es tarde.

—Pero si recién son las nueve, es temprano —reclamó ella, erguida en el sofá—. He pedido delivery a horas muchísimo más avanzadas y jamás me pusieron un problema.

—Sí, pero los repartidores no tienen garantías de seguridad por esos lados y no desean ir tan lejos a esta hora. Es solo eso. Que tenga buena noche.

​La llamada se cortó abruptamente. Dahlia bajó el teléfono, indignada.

​—Tranquilamente podrían haberlo traído... —murmuró para ella.

​Se incorporó del sillón y fue hacia la cocina. Abrió la heladera en busca de algo para engañar al estómago y sus ojos dieron con un pan de manteca. Lo tomó con firmeza, sacó un pan del panero, lo cortó a la mitad con un cuchillo y empezó a untarlo.

​—No entiendo por qué todo el mundo se comporta de forma tan extraña por aquí... —renegó en voz baja mientras preparaba su cena improvisada.




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