Luego de una noche dominada por la confusión y el insomnio, finalmente amaneció. Dahlia abrió los ojos con pesadez; le ardián por la falta de descanso. Se sentía completamente agotada.
Sus pensamientos no la habían dejado en paz y la silueta de aquella entidad seguía grabada a fuego en su cabeza.
Vagó con la mirada por el dormitorio: las paredes blancas y el techo con una ligera grieta ya no le transmitían la sensación de un hogar seguro, sino una extraña y fría vibra. Soltó un suspiro cansado para intentar recomponerse.
Se cambió de ropa, se miró al espejo, se pasó un peine con suavidad por el cabello y se dio un par de palmadas en las mejillas para despabilarse.
Caminó hasta la puerta principal y la destrabó con lentitud. Al abrirla, la luz de la mañana ingresó de golpe al domicilio. Afuera el clima había dado un giro total: el cielo estaba cubierto de nubes grises, el ambiente se sentía fresco y sutiles corrientes de viento la obligaron a entrecerrar los ojos.
Dahlia salió al patio delantero. Las casas de los vecinos se veían silenciosas, estáticas bajo esa tonalidad grisácea. A lo lejos, notó a un hombre muy abrigado y con guantes que paseaba a su perro a paso lento por la calle.
Esperó en la entrada hasta que el animal y su dueño cruzaron exactamente frente a su propiedad.
—Hola, vecino... ¿Cómo va? —saludó ella con amabilidad, intentando iniciar conversación.
El hombre se detuvo de golpe y la escaneó de arriba a abajo con una mirada pesada.
—Qué tal... —soltó él con voz seca y cortante.
Dahlia reconoció de inmediato el rostro de pocos amigos del hombre: era el mismo que la había mirado con desprecio desde la puerta de su casa mientras revisaba el correo. Sin embargo, decidió seguir adelante.
—Dígame una cosa... ¿Sabe por qué nadie decora su casa por aquí? —soltó de la nada.
El señor Harrison frenó en seco y tensó la correa del perro, que se acercó un par de pasos para olfatear la botamanta del pantalón de Dahlia.
—¿Qué quieres decir? —consultó el hombre, con el ceño fruncido.
—Digo... Mañana es Halloween. En cualquier otro barrio ves decoraciones por todas partes. Se me hace muy extraño. Quizás a algunos no les guste, pero que absolutamente nadie lo haga... No sé, no me parece normal —explicó ella, cruzándose de brazos—. ¿Sabe qué? Compré algunas cosas para decorar mi casa, pero ya me da pena ser la única que lo intente en toda la cuadra.
Al pronunciar la palabra Halloween, los ojos de Harrison se endurecieron de inmediato y dio una rápida ojeada hacia los costados de la calle, como si hablar de festividades en ese lugar fuera una ofensa peligrosa.
—No soy de decorar mi casa para ninguna celebración —respondió con frialdad—. Y en cuanto a los demás... nadie lo hace. Y no me preguntes por qué, porque no lo sé.
Dahlia asintió lentamente, sintiendo que una pizca de incomodidad helada se apoderaba de su estómago.
—Y... ¿Cómo se llama? Yo soy Dahlia.
—Señor Harrison está bien —cortó el hombre de inmediato.
Dahlia comprendió al instante que no iba a sacarle ni una palabra amable. El perro dio un tirón hacia adelante y Harrison aprovechó para retomar la marcha.
—Nos vemos luego... —masculló el vecino sin volverse.
Dahlia se quedó de pie en la entrada, dedicándole una sonrisa a medias al aire mientras veía cómo la silueta abrigada del hombre y su perro se alejaban por la calle gris y muda.
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La tarde había comenzado a ceder y el sol decidió asomarse un poco, templando levemente el aire fresco de la calle. Minutos después, un automóvil se detuvo con suavidad frente a la propiedad de Dahlia: era su madre.
Dahlia, que ya la esperaba de pie en la entrada con dos sillas desplegables en la mano, la vio descender del vehículo. La señora Hart avanzó con pasos firmes; el repiquetear de sus tacones sobre la acera sonaba seco y autoritario.
—Hola, Dahlia —saludó la mujer con una sonrisa protocolar.
—Hola, mami. Ha pasado un tiempito —respondió ella.
El saludo fue distante, completamente desprovisto de calidez. Ambas se instalaron en la entrada, con el césped verde y prolijo brillando a un costado. La señora Hart barrió el entorno con una mirada rápida y crítica.
—Bonito barrio. Todo está muy bien cuidado —comentó.
—Sí, supongo...
—¿No me vas a enseñar el interior de tu casa? —preguntó la madre de pronto, frunciendo el ceño.
—No, mamá. Ya sabes que siempre me andas criticando todo, prefiero que no la veas. Por privacidad.
—¿Privacidad? —se burló la señora Hart con sequedad—. Ahora que al fin tienes tu propia casa, ¿te crees demasiado grande para no querer mostrármela?
—No es por eso...
De pronto, el rugido metálico de una camioneta vieja y oxidada interrumpió la charla. El vehículo se detuvo con estrépito y se estacionó justo al lado, en el terreno de Michael Turner. El motor tosió un par de veces antes de apagarse por completo, liberando una nube de calor y ruido frustrante.
—Qué cosa más ruidosa... —masculló la señora Hart, mirando al jardinero con evidente desagrado.
Michael Turner descendió de la cabina. Al notar la presencia de ambas en la propiedad contigua, levantó una mano en un saludo cordial. Dahlia le devolvió el gesto con una sonrisa tensa, mientras su madre ni se molestó en mirarlo.
—Al menos parece que tienes vecinos tranquilos, aunque escandalosos. En fin, cuéntame qué tal la zona —pidió la mujer, volviendo la atención a su hija.
—Pues es silenciosa... Quizás demasiado.
—Veo que no has decorado nada —observó la madre, mirando la fachada de la casa—. Siempre decorabas en Halloween cuando vivías conmigo, ¿por qué ahora no? Veo que tus vecinos tampoco pusieron nada.
—Bueno, no es que no quiera... El problema es que aquí nadie lo hace. No quiero ser la única en llamar la atención.
—¿Nadie lo hace? Pues si a ti te gusta, hazlo y ya. No seas tonta, no tienes que pedirle permiso a nadie —opinó la madre con una ligera risa desentendida.
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Editado: 01.11.2026