Daniel y Dahlia se quedaron en la sala compartiendo unos dulces mientras conversaban en voz baja. Cada vez que la miraba de reojo, el corazón de Daniel se aceleraba un poco más; su presencia era el único refugio cálido en medio de ese entorno hostil.
Sin embargo, al echar un vistazo rápido a la pantalla de su reloj, sus ojos se abrieron con sorpresa: las agujas marcaban exactamente las 12:01 a.m.
—Vaya... se me hizo tardísimo —murmuró Daniel, poniéndose de pie de inmediato—. Mañana es sábado y no se trabaja, me encantaría quedarme a charlar más tiempo, pero si me demoro mucho más se me va a hacer larguísimo el viaje de regreso a mi departamento.
Dahlia lo comprendió al instante. Sabía perfectamente lo peligroso que era merodear por ese vecindario pasada la medianoche, aunque por razones muy distintas a las que Daniel imaginaba.
—Tranquilo, vete con cuidado —le sonrió ella con suavidad.
Lo acompañó hasta la puerta principal. Al abrirla, el aire helado de la madrugada los recibió de golpe, agitando la atmósfera silenciosa del exterior. Al asomarse y ver la calle completamente a oscuras, con las casas de los vecinos cerradas a cal y canto, una punzada de pánico recorrió el pecho de Dahlia.
—Lo olvidé... —susurró, con los ojos fijos en las calabazas encendidas que brillaban con un tono rojizo sobre el césped.
Se volvió hacia Daniel con urgencia.
—Esperame un segundo, por favor.
Sin darle tiempo a responder, Dahlia dio media vuelta a las corridas, apagó el interruptor principal de la sala y regresó de inmediato a la entrada, cerrando la puerta a sus espaldas para dejar la casa en penumbra.
Daniel la aguardaba en el porche, mirándola con una mezcla de desconcierto e incredulidad.
Cuando ella se acercó, la notó visiblemente inquieta, tensando los hombros y jugando nerviosa con el borde de su ropa. Daniel dio un paso al frente, apretó las llaves de su vehículo entre los dedos y la confrontó con calma:
—Dahlia... ¿Qué te ocurre? Te noto muy rara.
Ella contuvo el aliento. Lo miró a los ojos, evaluando si debía callar o soltar todo el peso que venía cargando. Al final, un suspiro tembloroso se escapó de sus labios. Con un hilo de voz, inclinándose un poco hacia él para que el viento no se llevara las palabras, comenzó a hablar.
Le comentó lo extraño que era el vecindario. Le confesó que todas las casas apagaban las luces de forma sincronizada a las diez en punto, que los vecinos evitaban cruzar palabra y que existía una ley de silencio tácita.
Daniel cambió el rostro de inmediato; la inquietud se apoderó de él al ver la seriedad absoluta en los ojos de Dahlia. Ya no era una broma.
—Recuerdo que me dijiste que una anciana te advirtió que no miraras por la ventana... —recordó Daniel, uniendo las piezas.
—Sí... Y no era una exageración —asintió Dahlia, frotándose los brazos por el frío y la angustia—. La gente de aquí tiene costumbres aterradoras. Pero lo peor es lo que pasa de noche.
Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad antes de mirar hacia la calle desierta.
—Algo vaga por las calles a partir de la medianoche, Daniel. Siempre a la misma hora. No sé qué es, pero recorre la cuadra con una linterna tanteando las casas. Ya lo vi dos veces. La primera solo lo escuché tararear una nana macabra, pero anoche... anoche logré verlo de cerca.
Daniel sintió un frío helado en la espalda. La escuchó en absoluto silencio, analizando la magnitud de su miedo. Giró la cabeza para escanear el vecindario en penumbra antes de posar una mano tranquilizadora sobre el hombro de su amiga.
—Ten mucho cuidado, Dahlia... Quizás sea algún vagabundo desquiciado o algún vecino idiota queriendo hacer una broma de muy mal gusto para espantar a los nuevos —intentó racionalizar él, aunque su propia voz sonaba insegura.
Dahlia no quedó convencida, pero asintió despacio, agradeciendo al menos que esta vez no la hubieran tratado de alucinada.
—Ya tengo que irme —se despidió Daniel, dándose media vuelta hacia la acera.
Camino a su auto, abrió la puerta y antes de sentarse, se giró para dedicarle una última sonrisa:
—Por cierto... ¡Feliz Halloween!
—Feliz Halloween, Daniel. Maneja con cuidado —respondió ella, devolviéndole el gesto.
Daniel encendió el motor y cerró la puerta. Dahlia se quedó en el umbral, observando cómo el vehículo maniobraba lentamente para salir de la cuadra, rompiendo la monotonía del asfalto oscuro.
El auto avanzó unos metros, dejando atrás las dos calabazas de sonrisas rojas y siniestras que parpadeaban en el césped. Sin embargo, en el preciso instante en que los faros del automóvil doblaron en la esquina y la luz artificial se desvaneció, algo se movió entre las sombras de los arbustos cercanos.
En medio del silencio sepulcral, una respiración ronca, pesada y pausada emergió de la oscuridad, contemplando con hambre contenida la fachada de la casa que acababa de romper las reglas.
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En plena madrugada, bajo la pálida luz de la luna y sobre una ruta desierta y solitaria, una furgoneta vieja permanecía varada al costado del camino. En su interior, la atmósfera era densa y olía a café frío y encierro.
El conductor, un hombre de mirada incansable, sostenía un mapa arrugado bajo la luz tenue del tablero, mientras su copiloto tenía la vista perdida en la ventanilla, observando la negrura de los campos. La parte trasera del vehículo era un completo caos: papeles sueltos, recortes de periódicos amarillentos, expedientes y tazas de café vacías rodando por el piso.
—Debe ser por este lado... —murmuró Elías, señalando con el dedo una ruta secundaria en el mapa.
Su compañero, Vincent Hale, despegó la vista de la ventana y lo miró con el ceño fruncido.
—¿Estás seguro de que quieres ir a El Bajo? —preguntó, con un tono que denotaba escepticismo y cansancio.
—Claro que sí. Es nuestro deber saber qué pasó exactamente en ese lugar —insistió Elías, sin apartar los ojos de los caminos trazados.
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Editado: 01.11.2026