El poder en la oscuridad

Dieciocho

La puerta de Acacia recibió nuevos golpes una hora después de que Kilian se marchara. Dos dóciles y poco agraciadas doncellas se encontraban detrás de ella. Cargaban dos baúles entre las dos, uno mediano y uno pequeño encima del otro.

Ninguna de las dos muchachas le dirigió una mirada amistosa al entrar en su habitación. Se dirigieron directo al tocador que se hallaba en una esquina de la habitación.

Acacia se asomó para asegurarse que no había nadie más en el corredor y luego cerró la puerta tras de si y se precipito hasta el tocador también.

-¿Qué es lo que debo hacer?-pregunto un tanto insegura. No sabía si debía mantener una conversación formal con ellas o no, por lo que se decantó por ser un tanto informal.

Después de todo, si se presentaban para ayudarla era porque eran sirvientas de los Chenery. Claro, que, siendo consciente de su origen, no se sentía bien tratándolas de mala manera. Una charla informal no implicaba ser una persona maleducada.

-Siéntese, señorita-respondió una de ellas. La que parecía ser más joven. Aunque parecía ser más grande que Acacia-Le arreglaremos el cabello antes de ayudarla a vestirse.

-¿Y esto no podría ser mañana? Digo, ya es por la tarde, no creo salir a ningún lado-pregunto. Jamás en su vida la habían arreglado, no estaba segura de cuánto tiempo llevaba.

-La señora Chenery la solicita para tomar el té con una invitada-respondió tajante la otra joven. Parecía un tanto amargada mientras la miraba de arriba hacia abajo.

Acacia pudo sentir el rechazo y el desprecio en forma de un escalofriante placer.

Era una locura pues le estaba haciendo sentir bien que la tratasen de aquella forma tan horrible.

-Claro.

Sin más que decir, tiro de la silla frente al tocador y se sentó en ella mirando hacia el espejo. Una de las criadas, la más amable, comenzó a desenredar su cabello mientras la segunda criada se precipito hacia la cama y empezó a sacar vestidos del baúl más grande.

-¿Qué le gustaría que hiciera con el cabello?-pregunto la criada más joven mientras separaba otra sección de cabello para desenredar.

Tenía el cabello grueso, ondulado y en abundancia. Además, acostumbraba a llevarlo suelto por lo que la tarea de deshacer los nudos no debía de ser fácil.

-¿A qué se refiere?¿Hay que cortarlo?-pregunto alarmada. No sería de extrañar para ella que la criada se rindiera con respecto a esos nudos.

-¡No!. No, claro que no-respondió nerviosa la criada-Me refería a si quiere un peinado recogido, si desea llevarlo suelto…Tal vez a medias-sugirió.

-¿Qué cree usted que sería apropiado?-pregunto observándola a los ojos a través del espejo.

La criada se tensó. No debía de estar acostumbrada a que le pregunten su opinión sobre las cosas. Los Chenery no parecían ser de ese estilo de familia.

-Tiene un cabello muy hermoso-hizo una pausa mientras volvía a tocar su cabello-Me gustaría dejar la mayoría posible suelto y trenzarlo un poco para apartarlo de su rostro. La señora prefiere peinados que dejen limpio su rostro, dice que son más prolijos-explico.

Acacia asintió en forma de respuesta y la criada bajo la cabeza para continuar con su trabajo. La siguiente media hora Acacia la atravesó con tirones involuntarios de su cabello por parte de la criada mientras intentaba continuar con la tarea de deshacer los nudos en su cabello.

De entre medio de la maraña de cabello cayeron diversos tipos de hojas y algunas pequeñas ramas quebradas.

Acacia sintió una mezcla de sentimientos que abarcaron desde la vergüenza hasta el enojo por su evidente falta de cuidado por sí misma.

Sus vestidos estaban ya rotos, sucios y gastados. No se había detenido a verse a profundidad jamás. Era una imagen que no había creído poder soportar.

Pero, a fin de cuentas, ahí estaba, atrapada delante de un espejo impoluto enmarcado con detalles dorados. Un objeto tan esplendido que le devolvía una imagen sumamente penosa.

Su rostro estaba discretamente sucio, su cabello estaba completamente descontrolado mientras la criada intentaba acomodarlo, su vestido estaba llenos de imperfecciones a la altura del pecho y, en la parte de abajo que no se reflejaba en el espejo, Acacia sabía que también.

Tenía un aspecto peor que cualquiera de las criadas.

No imaginaba sentirse atractiva de alguna forma posible mientras tuviera ese aspecto. Pero eso no le había importado jamás…Hasta ese mismo día, unas horas atrás.

Acacia fantaseo con la idea de cuál sería la reacción de Kilian al verla vestida de aquella manera.

¿Le agradaría verla arreglada y emperifollada por primera vez?¿Le parecería más atractiva con ese estilo?¿O, tal vez, le molestaría al recordarle su posición social?.

No era un secreto para ellos que Kilian detestaba toda formalidad de la clase aristócrata.

Una inseguridad desgarradora la atravesó al cruzarse esa idea por sus pensamientos. Quería que Kilian la viera, verdaderamente, quería ser atractiva para él.

-Listo, señorita-murmuro la criada más amable-Luce muy hermosa-la halago.

Le había hecho dos trenzas, que nacían de una línea recta en el medio de su cabello, que lograban quitar su cabello del rostro y se unían en la parte posterior de su cabeza. Además, le había puesto una discreta diadema de perlas en las que se enredaban las trenzas.

-Gracias-murmuro quedamente.

-Debe escoger uno de los vestidos-tercio la otra criada con tono duro.

Acacia asintió y se puso de pie, la criada amable la siguió hasta la cama también, donde se hallaban tres vestidos más finos de los que ella jamás había vestido.

Cada uno de los vestidos era diferente. El primero era verde, un verde sumamente oscuro y con detalles dorados. El segundo era azul, como el azul de la noche y llevaba detalles plateados. El tercero era violeta, de un violeta atrayente, en el centro tenía una franja azul con detalles plateados al igual que el segundo, parecía ser de la misma tela, pero el resto era violeta.



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En el texto hay: romance, brujas, gemelasmagia

Editado: 29.09.2026

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