En las afueras del pueblo, donde la tierra se vuelve color sangre seca y los olivos torcidos parecen rezar de rodillas, existe un pozo que nadie visita después del anochecer. Lo llaman el Pozo de la Sirena. Algunos aseguran que en las noches claras se escucha un suave chapoteo, como de alguien peinándose bajo el agua. Otros juran haber visto el destello de un cabello larguísimo flotando un segundo sobre la superficie antes de desaparecer.
Nadie se acerca demasiado.
Hace muchas décadas, cuando las haciendas mandaban sobre la vida de los pobres, vivió en esas tierras una joven llamada Salome. Tenía la piel marcada por el sol y una mirada que se quedaba grabada en la memoria. Estaba profundamente enamorada de Thomas, un jornalero de manos ásperas y actitud amable. Él le había regalado un anillo sencillo de plata, opaco y humilde, que ella cuidaba como si fuera el único tesoro del mundo. Se lo puso bajo el olivo que todavía hoy crece torcido al borde del pozo.
Pero la miseria tiene leyes más fuertes que el amor.
Los padres de Salome, ahogados en deudas, aceptaron la oferta de Don Tobías: dos vacas y un puñado de monedas a cambio de la muchacha. Tobías era un hombre maduro, de voz ronca y manos que nunca pedían permiso. Tenía fama de cruel y de no respetar a ninguna mujer. Salome lloro, se arrodillo, se aferró al anillo hasta que se lo arrancaron del dedo. La entregaron.
Thomas no pudo quedarse quieto. Fue a enfrentar a Tobías. El terrateniente solo sonrió y llamo a su peón más leal, Pedro.
Esa misma noche ambos lo llevaron hasta un claro alejado. Le ataron las manos a Thomas. Le colocaron una calabaza seca sobre la cabeza y le dijeron que si Tobías lograba destrozarla de un solo tiro, los dejaría en paz. Thomas temblaba tanto que la calabaza se movía. Tobías levanto la escopeta, apunto… y bajo el cañón. El disparo atravesó la frente del joven. El cuerpo cayó pesado. La calabaza rodo lejos, intacta.
Pedro no dijo una palabra. Tobías le puso el anillo de Salome en la mano como pago por su silencio.
Cuando ella supo la verdad, algo se quebró dentro de su pecho. Esa misma noche dejo su vestido colgando en la rama más baja del olivo, como testimonio, y se lanzó al pozo. El agua la recibió sin hacer casi ruido.
Semanas después, Tobías, borracho y todavía obsesionado, fue hasta el lugar. Se quitó la camisa y entro al agua. De pronto vio, en el centro, a una mujer de cabello interminable que le sonreía. Solo se distinguía de la cintura hacia arriba. Se acercó como hipnotizado. Ella le abrió los brazos. Cuando la abrazo, sintió un ardor brutal en la espalda. Las uñas se habían vuelto garras. Escucho una risa baja, casi triste, mientras el agua se teñía de un rojo espeso. Nadie volvió a ver a Tobías.
Los años pasaron. Pedro envejeció. Con el poco dinero que tenía levanto una hacienda pequeña y modesta. Guardo el anillo durante décadas dentro de una caja de madera, sin atreverse a tirarlo ni a usarlo.
Hasta que llego aquella Semana Santa.
Su nieta Abigail llego de la capital junto a su novio, Lorenzo. Abigail era fina, de voz suave y gestos cuidadosos. Lorenzo era callado, de mirar serio. En la hacienda trabajaba David, un hombre de sonrisa fácil con fama de no respetar lo que no le pertenecía. Desde el primer día no le quito los ojos de encima a Abigail.
Una tarde, con tono amable, la invito a conocer los alrededores. Abigail dudo. Algo en la forma en que David la miraba le resultaba incomodo, pero no quiso ser descortés. Acepto. Caminaron hasta el pozo. David se lanzó al agua de inmediato y la llamo para que entrara. Ella se negó. El insistió, se acercó demasiado, le tomo la muñeca con fuerza. Abigail lo abofeteo y se alejó enfurecida.
David se quedó solo, con el orgullo ardiendo. Estaba murmurando entre dientes cuando sintió el agua moverse detrás de él. Se giró. Allí estaba ella: la mujer de cabello infinito, solo visible hasta la mitad del cuerpo, mirándolo con una expresión que no era humana. El grito de David se escuchó hasta la mitad del camino. Cuando Abigail volvió corriendo, el agua ya estaba roja y él había desaparecido.
Llego a la hacienda temblando. Al contárselo a su abuelo, Don Pedro se llevó las manos a la cabeza y murmuro:
-Ya empezó otra vez…
Esa noche Lorenzo y Abigail discutieron. El no entendía porque había aceptado ir sola con aquel hombre. Celoso y herido, salió a caminar. Sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta el pozo. La luna se reflejaba en el agua quieta. Entonces la vio. La mujer más hermosa que había mirado en su vida le sonreía desde el centro. No dijo nada. Solo lo miro, Lorenzo sintió que el mundo se volvía lejano. Entro en el agua como si no pudiera evitarlo.
Un peón que regresaba tarde vio la escena y corrió a avisar. Don Pedro y Abigail llegaron con el corazón en la garganta. Lorenzo estaba en medio del pozo, abrazado a aquella figura. De pronto las manos de ella se deformaron. Los dos comenzaron a hundirse.
Abigail grito el nombre de Lorenzo.
Bajo el agua el recupero la conciencia de golpe. Vio huesos pálidos en el fondo y comprendió, aterrado, que la mujer tenía la mitad inferior de un gran pez. Ella lo sostuvo un segundo más. Sus ojos ya no tenían odio, solo una tristeza antigua. Luego lo empujó hacia arriba con fuerza.
Lorenzo rompió la superficie Jadeando y tosiendo.
Don Pedro se acercó al borde con las piernas temblorosas. Saco el viejo anillo de plata, se arrodillo como pudo y hablo con voz rota, casi sin aire:
-Perdóname, Salome…Yo también fui cobarde. Guarda lo que te pertenece. Ya no tienes que seguir penando aquí.
Dejo caer el anillo en el agua.
La superficie se removió con suavidad. Por un instante se vio la figura completa: mujer y pez. Su rostro se suavizo. Luego se deshizo en una bruma clara que subió despacio hacia la noche hasta perderse entre las estrellas.