El precio de amarte

Las mentiras también saben besar

Hay traiciones que comienzan con un beso, otras con una mentira y algunas con ese silencio que aparece cuando la persona que amas ya no sabe mirarte a los ojos.

I. La fotografía

Andrea llevaba casi veinte minutos mirando la misma fotografía.

La habitación estaba iluminada únicamente por las lámparas de las mesitas de noche y por la pantalla de su teléfono. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Lombardi, formando pequeños caminos sobre el cristal.

En la fotografía, Carlos estaba sentado en una mesa de un restaurante elegante. Vestía una camisa negra, llevaba el reloj que ella le había regalado por su cumpleaños y tenía una mano apoyada sobre la cintura de una mujer rubia que sonreía mientras se inclinaba hacia él.

No parecía una fotografía tomada por accidente.

Parecía una fotografía tomada para que alguien la viera.

Andrea amplió la imagen con los dedos. Observó el rostro de Carlos, intentando encontrar alguna expresión que le permitiera convencerse de que todo tenía una explicación.

Quizá era una reunión de negocios.

Quizá la mujer era una conocida de su familia.

Quizá aquella mano estaba allí por casualidad.

Había demasiados quizás y ninguna respuesta.

—No puede ser —susurró.

Volvió a abrir la conversación con él.

Andrea: Mi amor, ¿qué está haciendo?

El mensaje aparecía como entregado.

No había respuesta.

Andrea se mordió suavemente el labio y escribió otra cosa.

Andrea: ¿Ya terminó lo que tenía que hacer?

Esperó.

Un minuto.

Dos.

Cinco.

Nada.

Dejó el teléfono sobre la cama y se levantó, caminando hasta el espejo de cuerpo entero que había junto al armario. Llevaba un vestido de satén color champán que había elegido aquella mañana porque Carlos le había prometido que cenarían juntos.

Recordó perfectamente cómo se había despedido de ella antes de salir.

Carlos le había tomado el rostro entre las manos y le había dado un beso en la frente.

—Espéreme despierta, preciosa. Hoy quiero estar con usted.

Ella había sonreído.

—¿Me lo promete?

—Se lo prometo, mi vida.

Andrea cerró los ojos.

¿Cómo podía recordar aquellas palabras con tanta claridad y, aun así, sentir que no conocía al hombre que las había pronunciado?

El teléfono vibró de nuevo.

Esta vez sí era él.

Carlos: Mi amor, perdón por no contestarle. Se me complicó una reunión. ¿Ya cenó?

Andrea contempló el mensaje durante varios segundos.

La primera pregunta de Carlos siempre era si había comido. Normalmente, ese detalle le parecía adorable, especialmente porque él sabía que a veces se distraía y terminaba saltándose las comidas.

Aquella noche, sin embargo, la pregunta le dolió.

Porque él seguía escribiéndole como si nada estuviera pasando.

Como si no existiera una fotografía.

Como si ella no estuviera intentando comprender por qué su novio aparecía abrazando a otra mujer mientras supuestamente trabajaba.

Andrea escribió despacio.

Andrea: No, lo estaba esperando.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Carlos: Ay, mi niña. ¿Cuántas veces le he dicho que no me espere para comer? Pida algo, por favor. Ya voy para allá.

Andrea sintió un nudo en la garganta.

Por un instante quiso llamarlo, exigirle una explicación y preguntarle quién era aquella mujer.

Pero no lo hizo.

Todavía no.

Andrea: Está bien, mi amor. Lo espero.

Envió el mensaje y dejó el teléfono sobre la cama.

Después se sentó en el borde del colchón, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la alfombra.

—Si me está mintiendo, Carlos… —murmuró, con la voz quebrada—. Por favor, que no me esté mintiendo.

No sabía que, a varios kilómetros de allí, Carlos acababa de guardar su teléfono en el bolsillo mientras una mujer lo observaba desde el asiento de enfrente.

—¿No vas a contestarle? —preguntó ella.

Carlos levantó la mirada.

—No es asunto tuyo, Valeria.

La mujer sonrió, acomodándose el cabello detrás de la oreja.

—Curioso. Porque hace un rato parecía que sí era asunto mío.

—No empieces.

—¿Qué pasa, Carlos? ¿Tienes miedo de que tu noviecita descubra que no eres tan perfecto como cree?

Carlos apretó la mandíbula.

—Cierra la boca.

Valeria soltó una pequeña carcajada.

—Tranquilo. No voy a arruinarte la noche. Todavía.

Él se puso de pie, dejó dinero sobre la mesa y tomó su chaqueta.

—No vuelvas a buscarme.

—Eso dijiste la última vez.

Carlos no respondió.

Salió del restaurante sin mirar atrás.

Pero la fotografía ya había sido enviada.

Y alguien se había asegurado de que llegara a Andrea.

II. Una cena para dos

A las diez y diecisiete de la noche, el sonido de un automóvil anunció la llegada de Carlos.

Andrea estaba sentada en la sala, con una manta sobre las piernas y una taza de té que llevaba tanto tiempo olvidada que ya se había enfriado.

Cuando escuchó la puerta principal, se incorporó inmediatamente.

Carlos entró sacudiéndose unas gotas de lluvia de la chaqueta. Tenía el cabello ligeramente húmedo y una expresión de cansancio que, en cualquier otra ocasión, habría despertado la preocupación de Andrea.

—Mi preciosa —dijo al verla.

Extendió los brazos.

Andrea se levantó y caminó hacia él. Por costumbre, estuvo a punto de abrazarlo como siempre, rodeándole la cintura y escondiendo el rostro contra su pecho.

Pero la fotografía apareció en su mente.

La mano de Carlos sobre la cintura de aquella mujer.

Su sonrisa.

La camisa negra.

Andrea se detuvo un instante antes de abrazarlo.

Fue apenas un segundo.

Sin embargo, Carlos lo notó.

—¿Qué pasó? —preguntó, acariciándole el cabello—. ¿Por qué está tan seria?

—Nada, mi amor.

Él se apartó lo suficiente para mirarla.




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