El precio de amarte

La mujer detrás de la mentira

«A veces, la verdad no llega para liberarte, sino para demostrarte que la persona de la que te enamoraste nunca te contó toda la historia».

I. Una decisión a las seis de la mañana

Andrea no consiguió dormir.

Había pasado casi toda la madrugada con el teléfono entre las manos, leyendo una y otra vez el mensaje que había recibido. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver aquella fotografía de Valeria saliendo del edificio donde Carlos tenía su oficina privada.

Tres semanas.

Llevaba tres semanas ocurriendo algo que ella desconocía.

Y lo peor era que, durante ese tiempo, Carlos había seguido llamándola preciosa, preguntándole si había comido, besándola en la frente y prometiéndole que quería pasar el resto de su vida a su lado.

¿Cómo podía alguien hacer todo aquello y, al mismo tiempo, esconderle algo tan importante?

A las cinco y media de la mañana, Andrea finalmente se levantó de la cama. Se acercó a la ventana y contempló el jardín de la mansión Mancini, todavía cubierto por la humedad de la noche.

Abajo, dos hombres de seguridad conversaban junto a la entrada principal. Su padre siempre insistía en que la propiedad estuviera vigilada, especialmente después de ciertos problemas entre familias que preferían resolver sus diferencias lejos de los tribunales.

Era parte de su mundo.

Un mundo en el que las sonrisas podían esconder amenazas y las cenas familiares podían convertirse en negociaciones.

Andrea había crecido viendo a su padre desconfiar de todos.

Sin embargo, nunca había imaginado que llegaría el día en que ella tendría que desconfiar del hombre que amaba.

Tomó el teléfono y abrió la conversación con Carlos.

El último mensaje seguía allí.

Carlos: Mañana hablamos. Se lo prometo.

Andrea apretó los labios.

—Pues mañana será hoy, Carlos —murmuró—. Y esta vez necesito respuestas.

Dejó el teléfono sobre la cama y entró al baño.

Se duchó, se arregló el cabello y se puso unos pantalones negros con una blusa color crema. Eligió unas botas y una chaqueta larga para protegerse del frío. No quería vestirse de una manera especial; quería sentirse cómoda, segura y capaz de escuchar lo que fuera que Valeria tuviera que decirle.

Antes de salir de su habitación, miró nuevamente el mensaje anónimo.

Ven sola.

Aquellas dos palabras no le gustaban.

No confiaba en Valeria, pero tampoco confiaba en quien había enviado la fotografía. Podía tratarse de alguien que quisiera ayudarla, aunque también podía ser una trampa.

Andrea conocía demasiado bien el mundo en el que vivía para ignorar esa posibilidad.

Por eso tomó una decisión.

No le contaría a Carlos que había aceptado la cita.

Pero tampoco acudiría completamente sola sin que nadie supiera dónde estaba.

Tomó su bolso, guardó el teléfono y salió de la habitación.

Al bajar las escaleras, encontró a su hermano Jonathan en la cocina, sirviéndose café. Llevaba una camiseta oscura y unos pantalones deportivos, y parecía sorprendido de verla despierta tan temprano.

—¿Y usted qué hace levantada a estas horas? —preguntó él—. ¿Se acabó el mundo y nadie me avisó?

Andrea intentó sonreír.

—Buenos días para usted también.

—Buenos días, señorita misteriosa. Ahora conteste.

Ella se acercó a la encimera y tomó un vaso de agua.

—No pude dormir.

Jonathan dejó la taza sobre la mesa.

—¿Por Carlos?

Andrea no respondió inmediatamente.

Su hermano soltó un suspiro.

—Voy a terminar odiando a ese hombre sin siquiera haber desayunado.

—Jonathan…

—¿Qué? ¿Estoy mintiendo?

Andrea bajó la mirada.

—Anoche me escribió una persona desconocida.

La expresión de Jonathan cambió de inmediato.

—¿Qué persona?

Ella sacó el teléfono y le mostró el mensaje, junto con la fotografía de Valeria.

Jonathan leyó todo sin decir una palabra.

Cuando terminó, levantó la mirada hacia su hermana.

—No vas a ir.

—Jonathan, ni siquiera sabe qué voy a decirle.

—Sí lo sé. Vas a ir a encontrarte con una desconocida que te manda fotografías de tu novio y te cita en un café para contarte quién es él cuando tú no estás.

—Dicho así suena bastante mal.

—¡Porque es bastante malo, Andrea!

Ella se sobresaltó ligeramente.

Jonathan respiró hondo y se pasó una mano por el cabello.

—Perdón. No quería gritarte.

—Está bien.

—No, no está bien. Estoy preocupado por ti.

Andrea se acercó a él.

—Lo sé, pero necesito saber qué está pasando. No puedo seguir esperando a que Carlos decida cuándo quiere decirme la verdad.

—¿Y si esa mujer te está mintiendo?

—Entonces lo descubriré.

—¿Y si alguien quiere utilizarte para hacerle daño a papá?

Andrea guardó silencio.

Aquella era una posibilidad que no había querido considerar demasiado.

Jonathan tomó el teléfono de su mano y volvió a mirar la fotografía.

—Escúchame. No te estoy diciendo que no averigües nada. Te estoy diciendo que no tienes por qué arriesgarte para hacerlo.

—No quiero involucrar a papá todavía.

—¿Por qué?

—Porque si se entera de que Carlos puede estar ocultándome algo, va a querer intervenir. Y si esto tiene que ver con sus familias, todo se va a complicar.

Jonathan la observó detenidamente.

—¿Y tú crees que podrás manejarlo sola?

Andrea respiró hondo.

—No quiero manejarlo sola. Por eso te lo estoy contando.

Su hermano permaneció callado unos segundos. Finalmente, le devolvió el teléfono.

—Está bien. Pero vamos a hacerlo con cuidado. Quiero saber dónde vas a estar y quiero que me avises cuando llegues y cuando salgas. Si algo te parece extraño, te marchas. ¿Entendido?

Andrea asintió.

—Entendido.

Jonathan señaló la mesa.

—Y ahora siéntese y desayune.




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