El precio de amarte

La firma de una traición

«Las peores mentiras no son las que inventan los desconocidos, sino aquellas que las personas que más amamos deciden ocultarnos para proteger sus propios intereses».

I. Un documento entre dos familias

Andrea permanecía sentada en el borde de su cama, con el teléfono entre las manos y la fotografía del documento abierta en la pantalla.

Había ampliado la imagen tantas veces que algunas letras comenzaban a verse borrosas, pero las firmas seguían siendo perfectamente reconocibles.

Matteo Mancini.

Enzo Lombardi.

Su padre y el padre de Carlos.

Dos hombres que llevaban décadas construyendo sus respectivos imperios, que conocían los secretos de sus enemigos y que rara vez tomaban una decisión sin calcular sus consecuencias.

Y, aparentemente, dos hombres que habían hablado del futuro de sus hijos antes de que ellos mismos supieran qué querían para sus vidas.

Andrea sintió que le faltaba el aire.

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.

—No, no, no… —murmuró—. Papá no haría algo así.

Pero la firma estaba allí.

La fecha también.

Y la frase que aparecía debajo de ambas firmas no dejaba demasiado espacio para interpretaciones.

Acuerdo preliminar para la unión de las familias Mancini y Lombardi mediante el compromiso de sus respectivos herederos.

Andrea volvió a leerla.

Una vez.

Dos.

Tres.

Quizá se trataba de una propuesta que nunca había llegado a concretarse. Quizá ambos hombres habían discutido una posibilidad y después la habían descartado. Quizá Carlos no sabía nada de aquello.

Había demasiadas preguntas.

Y, después de todo lo ocurrido, Andrea ya no quería construir sus propias respuestas a partir de suposiciones.

Necesitaba escuchar la verdad de boca de su padre.

Tomó el teléfono y llamó a Jonathan.

—¿Andrea? —contestó él—. ¿Qué pasó?

—Necesito que vengas a mi habitación.

—¿Estás bien?

—No lo sé.

El silencio al otro lado de la línea fue inmediato.

—Voy para allá.

La llamada terminó.

Andrea dejó el teléfono sobre la cama y se acercó al espejo. Se observó durante unos segundos, tratando de reconocer a la muchacha que había sido apenas unas semanas atrás.

Aquella Andrea habría defendido a su padre sin pensarlo.

Habría defendido a Carlos también.

Habría encontrado una explicación para cada cosa porque creía que el amor y la familia eran razones suficientes para confiar.

Ahora no estaba segura de nada.

Escuchó unos golpes en la puerta.

—Pasa.

Jonathan entró y cerró detrás de él.

—¿Qué sucedió?

Andrea le mostró el teléfono sin decir una palabra.

Jonathan tomó el aparato y leyó el mensaje de Valeria. Después observó la fotografía del documento.

Su expresión cambió.

—¿De dónde sacó esto?

—Me lo envió Valeria.

—¿Y ella de dónde lo consiguió?

—No lo sé. Solo me dijo que Carlos no fue quien decidió que nosotros estuviéramos juntos.

Jonathan amplió la fotografía y revisó la fecha.

—Esto es de antes de que conocieras a Carlos.

Andrea asintió.

—Lo sé.

—¿Papá te ha hablado alguna vez de un acuerdo con los Lombardi?

—Nunca.

Jonathan volvió a mirar el documento.

—Puede que sea un borrador. No significa necesariamente que se haya llevado a cabo.

—Pero significa que lo consideraron.

—Sí.

Andrea se sentó en la cama y se cubrió el rostro con las manos.

—¿Por qué nadie me dijo nada, Jon? ¿Por qué tengo que enterarme por una mujer que ni siquiera conozco?

Jonathan dejó el teléfono sobre la mesita.

—No lo sé, pequeña.

—¿Y si papá sabía que Carlos estaba conmigo por ese acuerdo? ¿Y si me dejó enamorarme de él sabiendo que nuestras familias esperaban algo de nosotros?

—No saquemos conclusiones todavía.

Andrea levantó la cabeza.

—¿Cómo no voy a hacerlo? Carlos me mintió sobre Valeria. Me ocultó que la había buscado. Me ocultó que la besó. Y ahora aparece esto.

Su voz comenzó a quebrarse.

—¿Cómo se supone que voy a saber en quién confiar?

Jonathan se sentó a su lado.

—Mírame.

Andrea obedeció.

—No tienes que decidir hoy si sigues con Carlos. Tampoco tienes que decidir hoy qué pensar de papá. Pero sí tienes derecho a preguntarles a los dos qué está pasando.

—Quiero hablar con papá ahora mismo.

Jonathan miró el reloj.

Eran casi las once de la noche.

—Está en su despacho. Lo vi hace un rato.

Andrea se puso de pie inmediatamente.

—Entonces voy a hablar con él.

Jonathan también se levantó.

—Voy contigo.

—No, Jon. Necesito hablar con él a solas.

Su hermano dudó.

—Andrea…

—Por favor.

Jonathan la observó durante unos segundos antes de asentir.

—Está bien. Pero si necesitas algo, estaré afuera.

Andrea tomó el teléfono, guardó el documento en su bolso y salió de la habitación.

No sabía qué iba a decirle a su padre.

Solo sabía que no podía acostarse aquella noche sin escuchar una explicación.

Porque si el documento era auténtico, el secreto que acababa de descubrir no pertenecía únicamente a Carlos.

También pertenecía a la familia que siempre había prometido protegerla.

II. Padre e hija

La luz del despacho de Matteo Mancini seguía encendida.

Andrea caminó por el pasillo sin apresurarse. A medida que se acercaba, podía escuchar la voz de su padre hablando por teléfono.

—No me interesa lo que Enzo considere conveniente —decía Matteo—. Si quiere negociar conmigo, tendrá que hacerlo bajo mis condiciones.

Andrea se detuvo frente a la puerta.

Hubo una pausa.

—Mañana hablaremos. Esta noche no voy a tomar ninguna decisión.

La llamada terminó.

Andrea golpeó suavemente.

—¿Papá?

—Pase, mi niña.

Ella abrió la puerta.




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