El precio de amarte

La firma que lo cambió todo

«A veces, la persona que más te rompe el corazón no es la que te miente, sino aquella que te obliga a descubrir que nunca conociste toda su verdad».

I. La cita

Andrea apenas había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la voz de aquella mujer, la seguridad con la que había pronunciado sus palabras y la advertencia que había dejado flotando en su mente.

Existe otro documento.

Se encontraba sentada frente al tocador de su habitación, observando su reflejo sin prestar verdadera atención a su apariencia. La luz grisácea de la mañana entraba por las cortinas entreabiertas y se extendía sobre el suelo de madera. Sobre la mesa descansaban su teléfono, una taza de café que ya se había enfriado y la fotografía del primer acuerdo entre las familias Mancini y Lombardi.

Andrea volvió a mirar las dos firmas.

Su padre.

El padre de Carlos.

Había crecido escuchando que los Mancini y los Lombardi eran familias demasiado poderosas para permitirse errores. En su casa, las conversaciones importantes siempre se detenían cuando ella entraba en una habitación, y las llamadas nocturnas de su padre jamás recibían explicaciones.

Nunca había preguntado demasiado.

Confiaba en que, cuando llegara el momento, Matteo le contaría aquello que necesitara saber.

Ahora comprendía que algunas verdades podían permanecer ocultas incluso dentro de una familia.

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—Andrea, soy yo —anunció Jonathan.

—Pasa.

Su hermano entró con dos vasos de café y una expresión que dejaba claro que tampoco había descansado demasiado.

Dejó uno frente a ella y se apoyó contra el borde del tocador.

—¿Volviste a recibir alguna llamada?

—No.

—¿Algún mensaje?

Andrea negó con la cabeza.

Jonathan suspiró.

—Bien. Por lo menos tenemos unas horas para averiguar algo antes de que esa persona vuelva a aparecer.

Andrea levantó la mirada.

—¿Y si dice la verdad, Jon?

—Entonces averiguaremos qué verdad es esa.

—¿Y si Carlos firmó el documento?

Jonathan no respondió inmediatamente.

Andrea apretó los dedos alrededor de la taza.

—No puedo dejar de pensarlo. Si lo firmó después de empezar nuestra relación, ¿qué significaría eso?

—Significaría que necesitamos saber qué firmó, cuándo lo hizo y por qué. No significa que debamos decidir todo antes de conocer los hechos.

—¿Y si sabía que nuestras familias estaban intentando unirnos?

—Entonces tendrá que explicártelo.

Andrea bajó la mirada.

—Estoy cansada de tener que pedir explicaciones por todo.

Jonathan se acercó y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Lo sé, pequeña.

Ella intentó sonreír, pero no lo consiguió.

—No quiero volver a sentirme como una tonta por confiar en alguien.

—Confiar en alguien no te hace tonta, Andrea. Mentirte es responsabilidad de quien decide hacerlo.

Aquellas palabras consiguieron calmarla un poco.

Jonathan tomó su teléfono y revisó la hora.

—Cuando esa mujer vuelva a comunicarse contigo, no irás sola a ninguna parte. ¿Entendido?

—Entendido.

—Y, por favor, no hagas nada impulsivamente.

Andrea lo miró con una expresión casi ofendida.

—¿Yo? ¿Impulsiva?

Jonathan soltó una carcajada breve.

—¿Quieres que te recuerde lo que hiciste cuando descubriste que Carlos había besado a Valeria?

—No empieces.

—Está bien, está bien.

Por primera vez aquella mañana, Andrea sonrió de verdad.

Pero la sonrisa desapareció cuando su teléfono vibró sobre la mesa.

Un mensaje de un número desconocido.

Hoy, a las cinco de la tarde. Hotel Bellavista, salón privado del segundo piso. Venga sola, señorita Mancini. Llevaré el documento.

Andrea sintió un escalofrío.

Jonathan leyó el mensaje por encima de su hombro.

—Ni hablar.

—Jon…

—No. Esa persona quiere que vayas sola y no sabemos quién es.

—No voy a entrar allí sin pensar. Pero necesito ver ese documento.

Jonathan se apartó de la mesa y caminó hasta la ventana.

Permaneció unos segundos mirando el jardín antes de volverse hacia ella.

—Vamos a hacerlo a nuestra manera. No vas a acercarte a esa persona hasta que sepamos quién es y qué pretende.

Andrea asintió.

Por primera vez desde que había recibido la llamada, sentía que tenía un plan.

No iba a permitir que el miedo decidiera por ella.

Pero tampoco volvería a confundir valentía con actuar sin pensar.

II. El documento

A las cinco menos diez, Andrea llegó al Hotel Bellavista acompañada por Jonathan.

El edificio tenía una fachada de piedra clara, enormes ventanales y puertas de cristal que reflejaban los automóviles estacionados frente a la entrada. Dentro, el vestíbulo estaba iluminado por lámparas doradas y olía a café recién preparado y flores blancas.

Andrea llevaba un abrigo color crema sobre un vestido oscuro. Había recogido su cabello en una coleta baja, pero algunos mechones se habían soltado alrededor de su rostro. Mantenía el teléfono sujeto entre los dedos, comprobando la hora cada pocos segundos.

—Respira —le dijo Jonathan mientras caminaban hacia los ascensores.

—Estoy respirando.

—Estás a punto de romper el teléfono.

Andrea aflojó la mano.

—Perdón.

Jonathan la miró con seriedad.

—Escúchame. Si algo no te parece bien, nos vamos. No tienes que demostrarle nada a nadie.

—Lo sé.

El ascensor se abrió con un sonido suave.

Subieron hasta el segundo piso y recorrieron un pasillo alfombrado, donde las voces del vestíbulo se escuchaban cada vez más lejanas. Al final había una pequeña sala de espera junto a una puerta entreabierta.

Andrea se detuvo.

Sobre una mesa descansaba un sobre negro.

No había nadie a la vista.

—¿Hola? —preguntó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.