La lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Mancini desde hacía casi una hora.
Andrea permanecía sentada junto a la ventana de su habitación, con las piernas recogidas sobre el sillón y una taza de té que ya se había enfriado entre sus manos. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver aquel documento sobre la mesa del hotel, la firma de Carlos al final de la página y la expresión de su rostro cuando ella le preguntó si sabía algo más.
Lo peor no era el papel.
Lo peor era que, por primera vez desde que lo conocía, Andrea no sabía qué parte de Carlos seguía siendo verdad.
Recordaba sus llamadas durante la madrugada, las veces que él se había quedado hablando con ella hasta verla quedarse dormida, la manera en que le tomaba la mano debajo de la mesa cuando sus familias discutían y aquella promesa que le había hecho una noche:
—Yo jamás voy a permitir que nuestra familia decida lo que usted y yo podemos sentir, Andrea.
Ella había creído cada palabra.
Y ahora, aunque quería pensar que Carlos había sido sincero, la firma seguía allí, recordándole que las promesas podían ser hermosas incluso cuando escondían secretos.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Pase —respondió sin apartar la mirada de la ventana.
Jonathan entró con dos cafés y una bolsa de pan dulce. Llevaba una camiseta negra, el cabello ligeramente despeinado y esa expresión suya que aparecía cada vez que estaba preocupado por ella, aunque intentara disimularlo.
—Le traje desayuno.
Andrea miró el reloj de la pared.
—Son casi las doce, Jonathan.
—Entonces le traje almuerzo adelantado.
Ella soltó una pequeña risa, la primera en toda la mañana.
—Usted es un idiota.
—Y usted no ha comido nada desde anoche, así que prefiero ser un idiota con razón.
Jonathan dejó las cosas sobre la mesa y se sentó frente a ella. Durante unos segundos no dijo nada. No la presionó para hablar ni le preguntó si había llorado. Simplemente permaneció allí, dándole el tiempo que necesitaba.
Era una de las cosas que Andrea más agradecía de su hermano: podía ser insoportable, sobreprotector y demasiado metido en sus asuntos, pero jamás le exigía que fingiera estar bien.
—¿Ha hablado con Carlos? —preguntó finalmente.
Andrea negó con la cabeza.
—Me ha escrito varias veces.
—¿Y?
—No le he contestado.
Jonathan asintió lentamente.
—Está bien.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—¿De verdad está bien? Porque una parte de mí siente que estoy siendo demasiado dura con él. No sé si sabía lo que estaba firmando, pero tampoco sé si me está diciendo toda la verdad. Y estoy cansada, Jonathan. Estoy cansada de tener que descubrir las cosas por otras personas.
—No está siendo dura por necesitar respuestas, Andrea. Usted no tiene que perdonarlo solamente porque lo quiere.
Andrea tragó saliva.
—Ese es el problema. Que todavía lo quiero.
Jonathan dejó su café sobre la mesa.
—Lo sé.
—Y me da rabia, porque quisiera poder apagar lo que siento por él durante cinco minutos. Solo cinco. Para pensar con claridad y dejar de preguntarme si está sufriendo tanto como yo.
—Que usted lo quiera no significa que tenga que confiar en él inmediatamente. Una cosa no obliga a la otra.
Andrea levantó los ojos hacia su hermano.
—¿Y si lo pierdo?
Jonathan se inclinó un poco hacia ella.
—Entonces será porque él no supo cuidar lo que tenía, no porque usted se haya tomado el tiempo de protegerse.
Aquellas palabras le apretaron el pecho.
Andrea quiso responder, pero el teléfono de Jonathan comenzó a vibrar sobre la mesa.
Él miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Jonathan no contestó de inmediato. Desbloqueó el teléfono y abrió un mensaje que acababa de recibir de uno de los hombres de confianza de su padre.
Lo leyó una vez.
Después volvió a leerlo.
—Jonathan.
Él levantó la mirada.
—Creo que encontramos algo.
Andrea dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué cosa?
Jonathan le mostró la pantalla.
El mensaje era breve:
Revisé los registros del archivo Lombardi. La versión modificada del acuerdo fue abierta con una credencial que no pertenecía a Enzo ni a Carlos. El acceso se hizo desde una terminal autorizada para personal externo. Estoy comprobando el nombre.
Andrea sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Personal externo? ¿Alguien que no pertenece a la familia?
—Eso parece.
—Pero Elena dijo que el documento había salido de sus propias oficinas.
—Y puede que sea cierto. Alguien con acceso a sus oficinas pudo haber utilizado esa terminal.
Andrea se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación.
—¿Quién querría hacer algo así? ¿Por qué modificar un acuerdo entre nuestras familias? ¿Qué ganaría alguien obligándonos a estar juntos?
Jonathan guardó el teléfono.
—Todavía no lo sabemos.
—Pues yo sí sé algo. Alguien ha estado jugando con mi vida como si fuera una partida de ajedrez.
Su voz se quebró ligeramente al final.
Jonathan se levantó y se acercó a ella.
—Y vamos a averiguar quién fue.
—No quiero que haga una locura por mí.
—No voy a hacer ninguna locura.
Andrea lo miró con incredulidad.
—Jonathan, usted considera que amenazar a alguien es una conversación amistosa.
—Depende de la persona.
—¡Jonathan!
—Está bien, está bien. Voy a investigar primero y a amenazar después.
Andrea le dio un pequeño golpe en el brazo, aunque no pudo evitar sonreír.
Por unos segundos, el peso sobre su pecho pareció disminuir.
Pero solo por unos segundos.
Porque cuando Jonathan volvió a mirar el teléfono, recibió otro mensaje.
Esta vez había un nombre.
Isabella Rinaldi.
Andrea frunció el ceño.
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Editado: 19.10.2026