El Precio De La Perfección [en Reescritura]

La Variable del Caos

Las palabras de Ángel quedó suspendida en el aire de la pequeña sala de descanso, tan absurda como ineludible. "Coach de amor personal". Las palabras mismas parecían sacadas de un manual de autoayuda barato, no de una conversación seria entre dos científicos. Pero la mirada triunfante en el rostro de Ángel me decía que para él, esto era tan serio como cualquier protocolo de laboratorio lo sería para mi.

Y, peor aún, yo ya había aceptado, al menos con mi silencio y mi falsa rendición.

—Pero no aquí, Ángel —dije en voz baja, sintiendo una necesidad de mover la conversación a un entorno más privado, uno donde pudiera recuperar algo de terreno—. Cualquiera puede entrar. Y honestamente, no quiero que todo el laboratorio sepa de esto.

Ángel pareció entenderlo, o al menos interpretó mi seriedad como parte del "protocolo secreto" de nuestra nueva alianza.

—¡Entendido, entendido! La operación debe mantenerse en secreto. Maxima confidencialidad —me guiñó un ojo—. Sígueme a mi consulta privada.

Sin esperar respuesta, recogió su vaso de café y salió de la sala con la solemnidad de un cirujano entrando a una operación a corazón abierto, aunque su sonrisa delataba que disfrutaba más de la idea del drama que de la cirugía. Lo seguí a regañadientes, sintiéndome como un espécimen a punto de ser analizado bajo un microscopio que no había solicitado.

Su oficina era el caos que lo recordaba, pero al mismo tiempo, tenía un orden a su manera. A diferencia de la esterilidad controlada de la mía o el orden metódico del cubículo de Emily, el espacio de Ángel estaba vivo. Una planta de aspecto vagamente carnívoro se inclinaba hacia la luz desde una maceta agrietada, posters de bandas de rock de los noventa compartían pared con diagramas de flujo sacados de internet, y su pizarrón estaba cubierta de garabatos que mezclaban ecuaciones complejas con caricaturas de amebas con sombreros de copa. Era su ecosistema. Y ahora, era su "clínica".

Cerró la puerta detrás de nosotros con un aire de conspirador, poniéndole seguro.

—¿Bien? —dijo, dejándose caer en su silla giratoria y señalándome la de visitante, que estaba ocupada por una pila de revistas científicas que apartó sin cuidado—. La consulta está abierta. El Doctor Ángel escucha.

Se reclinó, juntando las puntas de los dedos con una mala imitación de seriedad.

—Ahora, Dr. Frost, necesito un informe de situación completo. Desglose los datos. ¿Cuáles son los parámetros actuales de la 'Operación Emily'? ¿Interacciones, variables clave, resultados obtenidos hasta la fecha?

Me senté, sintiendo el absurdo de la situación. Iba a tener que construir otra narrativa, una versión ligeramente editada de mis interacciones con Emily, lo suficientemente convincente para Ángel pero sin revelar nada crucial.

—No hay ninguna 'Operación Emily' —empecé, intentando mantener un mínimo de dignidad.

—Llámalo como quieras —agitó una mano con impaciencia—. Los detalles, Liam.

Solté un suspiro, consciente de que no se rendiría. Le di la versión más aséptica y resumida posible. Comencé con nuestras pequeñas interacciones en los primeros dias. Mencioné la pequeña conversación en reunión que él mismo había organizado, omitiendo por completo aquella confesión en el juego. Le hablé de la primera entrevista, destacando su competencia. Describí cómo había "descubierto" una inconsistencia en un proyecto y le había pedido ayuda, y cómo nos habíamos reunido el sábado para "revisar unos datos". Me enfoqué en la colaboración profesional, en su eficiencia. Y por supuesto, omití mi torpeza al casi derramar por completo el té de Emily, o la confusión de la recepcionista en el hotel. Estaba seguro que Ángel me atormentaria con eso incluso cuando ya esté 4 metros bajo tierra.

—Hablamos un rato al final —concluí, esperando que eso fuera suficiente.

Ángel escuchó todo el relato en silencio, su expresión cambiando lentamente de una seriedad fingida a una de genuino horror profesional. Cuando terminé, sacudió la cabeza con una lentitud dramática.

—Liam, Liam, Liam... —murmuró, como un mentor decepcionado—. Es peor de lo que pensaba. —se inclinó hacia adelante, su tono ahora urgente—. ¡Terrible! ¡Abismal! ¡Totalmente atroz!

—¿Perdón?

—¡Tu metodología! ¡Es un desastre! —exclamó, poniéndose de pie y comenzando a caminar por el pequeño espacio de su oficina—. Escúchate a ti mismo. Cada interacción que has descrito tiene tres fallos sistémicos garrafales.

Se detuvo y me señaló con un dedo acusador.

—Primero: todo, absolutamente todo, lo enmarcas en el trabajo. 'La entrevista', 'el proyecto', 'revisar datos'... Estás creando una asociación mental en ella: Liam Frost es igual a trabajo.

Luego levantó un segundo dedo.

—Segundo: la falta de espontaneidad. Cada movimiento que haces suena planeado, calculado, como los pasos de un protocolo de laboratorio. No hay nada casual, nada que surja del momento. Eres predecible.

Finalmente, levantó un tercer dedo.

—Y tercero: la sobre-planificación. Estás analizando esto como un experimento, no como una conexión. Lo has editado todo para que suene... eficiente.

Se dejó caer de nuevo en su silla, cruzando los brazos.

—No, no. Esto no funcionará. Necesitamos un cambio de enfoque radical.

Apreté la mandíbula, irritado su burla.

—Funciona para lo que necesito. La colaboración profesional avanza.

—¡Pero no quieres solo 'colaboración profesional'! —respondío, frustrado—. Quieres que te vea como una persona. Necesitamos un nuevo protocolo.

—No necesito un "protocolo" —dije, mi escepticismo filtrándose en mi voz—. La espontaneidad es ineficiente. Las interacciones no planificadas tienen un alto margen de error.

Ángel puso los ojos en blanco.

—Exactamente, por eso sigues atrapado. Mira, te lo explicaré en tus términos para que tu cerebro de científico no implosione.

Se levantó de un salto y se dirigió al pizarrón. Tomó un marcador azul y, con un movimiento rápido, borró una sección con la mano, dejando una mancha azulada en su palma. Dibujó un círculo y escribió "TÚ". Luego otro y escribió "EMILY".




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