La mansión Valmont tenía treinta y dos habitaciones, tres salones principales, un jardín que parecía sacado de una revista de arquitectura y una colección de automóviles que habría hecho llorar de felicidad a cualquier amante del lujo.
Sin embargo, aquella mañana, Adrián Valmont estaba sentado frente a una mesa de desayuno para seis personas, contemplando con expresión melancólica una silla vacía.
La silla que algún día ocuparía su hijo.
—Si continúas mirando esa silla, terminarás por encargarle un traje —comentó Catalina, su hermana menor, mientras untaba mermelada en una tostada—. Y todavía no sabemos si será niño o niña.
Adrián levantó la mirada.
—No estoy mirando la silla.
—Por supuesto que no. Estás inspeccionando minuciosamente el mobiliario.
—Catalina.
—¿Qué? Estoy preocupada. Ayer te descubrí mirando cochecitos de bebé en internet.
Adrián dejó la taza de café sobre el plato con una delicadeza que contrastaba con la expresión de advertencia en su rostro.
—Estaba leyendo.
—¿Sobre cochecitos?
—Sobre seguridad infantil.
Catalina abrió mucho los ojos y después se llevó una mano al pecho.
—¡Dios mío! ¡Mi hermano ha perdido definitivamente la cabeza! Mamá, ¿dónde está mamá? ¡Necesitamos organizar una intervención antes de que empiece a comprar pañales!
Desde el otro extremo de la mesa, Leonor Valmont soltó una carcajada.
A sus cincuenta y tantos años, la matriarca de los Valmont conservaba la elegancia de una mujer que había aprendido a dominar cualquier salón con una sola mirada. También conocía demasiado bien a su hijo.
Adrián podía negociar adquisiciones millonarias sin pestañear, despedir a un directivo incompetente con tres frases y enfrentarse a los hombres más poderosos del país.
Pero bastaba mencionar la posibilidad de tener un hijo para convertirlo en un hombre vulnerable.
—Déjalo tranquilo, Catalina —intervino Leonor—. Tu hermano tiene derecho a soñar con su propia familia.
—Nunca he dicho lo contrario. Solo me preocupa que el futuro bebé nazca con un fondo de inversión a su nombre antes de aprender a caminar.
—No sería una mala idea —respondió Adrián, muy serio.
Catalina dejó caer la tostada.
—¡Lo sabía!
Los tres rieron, aunque la sonrisa de Adrián se desvaneció cuando sus ojos regresaron, inevitablemente, a la silla vacía.
Llevaba tres años casado con Victoria.
Tres años durante los cuales había procurado hacerla feliz de todas las maneras imaginables. Le había regalado joyas, viajes, vestidos exclusivos y un automóvil que ella había elegido después de pasar dos semanas comparando colores.
Nunca le había negado un capricho.
Y, aun así, había algo que Victoria siempre encontraba la manera de posponer.
Un hijo.
Al principio, Adrián había aceptado sus explicaciones con paciencia.
Después de todo, no quería presionarla. Sabía que convertirse en madre era una decisión importante y que ambos debían estar preparados.
Pero los meses se habían convertido en años.
Primero había sido la inauguración de una boutique.
Después, un viaje a París.
Más tarde, una campaña publicitaria para una marca de cosméticos que, según Victoria, no podía abandonar porque representaba una oportunidad irrepetible.
Y cada vez que Adrián intentaba hablar del tema, ella terminaba besándolo, abrazándolo y prometiéndole que pronto encontrarían el momento adecuado.
El momento adecuado nunca llegaba.
—¿Has hablado con Victoria? —preguntó Leonor, interrumpiendo sus pensamientos.
Adrián suspiró.
—Anoche.
—¿Y?
—Dice que todavía no está preparada.
Leonor dejó los cubiertos sobre la mesa.
—¿Todavía?
—Mamá, por favor.
—No, Adrián. Te conozco. Llevas meses tratando de convencerte de que no te importa esperar, pero sí te importa. Y no tiene nada de malo.
Él apartó la mirada.
—No quiero obligarla a hacer algo que no desea.
—Eso habla bien de ti. Pero también tienes derecho a preguntarte si ambos quieren construir la misma vida.
Adrián permaneció en silencio.
Porque esa era precisamente la pregunta que llevaba meses evitando.
¿Y si Victoria no quería la misma vida que él?
¿Y si para ella el matrimonio consistía en compartir una casa, un apellido y una cuenta bancaria, mientras que para él significaba formar una familia?
—Solo quiero ser padre —confesó finalmente—. Quiero llegar a casa y encontrar a un niño corriendo por los pasillos. Quiero enseñarle a montar en bicicleta, llevarlo al colegio, escucharlo contarme historias absurdas sobre sus amigos. Quiero que Victoria y yo tengamos algo que sea nuestro de verdad.
Catalina, que rara vez permanecía seria durante mucho tiempo, dejó de bromear.
—Entonces necesitas averiguar si ella también lo quiere.
Adrián asintió lentamente.
Todavía no sabía que, mientras él soñaba con un hijo, Victoria estaba haciendo todo lo posible para evitarlo.
Y que el hombre que terminaría ayudándolo a descubrir la verdad era precisamente aquel a quien consideraba su mejor amigo.
A varios kilómetros de allí, Victoria Valmont estaba teniendo una crisis.
No era una crisis matrimonial.
Tampoco económica.
Era algo infinitamente más grave, al menos desde su perspectiva.
—¡No puede ser!
La encargada de la boutique mantuvo una sonrisa profesional mientras Victoria observaba el vestido que acababa de probarse.
—Señora Valmont, le aseguro que le queda espectacular.
—¡La cintura está mal!
—El vestido es de su talla habitual.
—¡Precisamente! Mi talla habitual ya no me gusta.
La empleada parpadeó.
Victoria se miró de perfil, giró hacia el espejo y volvió a examinarse.
No había engordado. Ni siquiera un kilo.
Pero la conversación que había mantenido la noche anterior con Adrián había conseguido ponerla de un humor insoportable.
Editado: 02.11.2026