La mansión Valmont parecía todavía más impresionante bajo la luz de la tarde.
Isabella Montenegro permaneció unos segundos frente a la entrada principal, con su bolso sujeto entre ambas manos y una carpeta de cuero que contenía algunos de sus trabajos anteriores. Había visitado casas elegantes por encargo, pero ninguna se comparaba con aquella residencia.
La fachada de piedra clara se alzaba detrás de una hilera de árboles perfectamente podados. Las ventanas reflejaban el sol y las puertas de madera oscura estaban custodiadas por dos enormes macetas de mármol. A lo lejos, una fuente dejaba escapar un murmullo constante.
Isabella bajó la mirada hacia su ropa.
Llevaba un vestido azul marino, sencillo, que había comprado hacía dos años. Sus zapatos estaban limpios, aunque comenzaban a mostrar el desgaste de tanto caminar, y su cabello castaño descansaba recogido en un moño bajo.
No era una mujer acostumbrada a los grandes acontecimientos sociales.
Mucho menos a las mansiones en las que probablemente un solo cuadro costaba más que todo lo que ella poseía.
—Tranquila, Isabella —se dijo en voz baja—. Vienes a trabajar, no a pedir matrimonio a uno de los habitantes de la casa.
Hizo una pausa.
—Aunque, considerando mi suerte, probablemente terminaría pintando el retrato de una anciana que me obligaría a casarme con su nieto.
—¿Señorita Montenegro?
Isabella dio un pequeño salto.
Un hombre mayor, vestido con un traje impecable, la observaba desde la entrada.
—Sí. Disculpe, estaba…
—Pensando en voz alta —completó él con una sonrisa discreta—. No se preocupe. En esta casa sucede con bastante frecuencia.
Isabella no supo si aquello era una broma, pero agradeció que el hombre no pareciera dispuesto a interrogarla.
—Soy Arthur, el mayordomo de la familia. La señora Valmont la espera en el salón azul. Si tiene la amabilidad de acompañarme.
—Por supuesto. Muchas gracias.
Isabella lo siguió por un vestíbulo que parecía no terminar nunca.
Había retratos familiares en las paredes, esculturas sobre pedestales y enormes arreglos florales que probablemente requerían más cuidados que las plantas de todo su vecindario.
Mientras caminaba, no pudo evitar detenerse frente a uno de los cuadros.
Representaba a una joven de cabello oscuro y mirada desafiante, vestida con un traje de montar.
—Es Catalina Valmont —explicó Arthur al advertir su interés—. La hija menor de la señora Leonor.
—Tiene una mirada muy expresiva.
—Eso es porque la retrataron antes de que descubriera cómo utilizarla para conseguir lo que quiere.
Isabella soltó una carcajada involuntaria.
Arthur sonrió.
—Ya verá que la familia tiene sus particularidades.
La joven continuó caminando, sin imaginar que aquella frase terminaría convirtiéndose en una descripción bastante precisa de las personas que estaba a punto de conocer.
Leonor Valmont esperaba junto a una ventana cuando Isabella entró en el salón azul.
Era una mujer elegante, de cabello castaño con algunas hebras plateadas, ojos atentos y una presencia que no necesitaba elevar la voz para hacerse notar.
Sin embargo, al ver a su visitante, se levantó con una sonrisa cálida.
—¡Señorita Montenegro! Me alegra mucho que haya podido venir.
—Gracias por recibirme, señora Valmont.
—Por favor, llámeme Leonor. Si tuviera que insistir en que todos me llamaran señora Valmont, terminaría sintiéndome como una directora de internado.
Isabella sonrió, más relajada.
—Es usted muy amable.
—Y usted es mucho más joven de lo que imaginaba.
—Espero que eso no sea un inconveniente.
—En absoluto. Solo significa que tendré que vigilar mis comentarios. Las personas jóvenes suelen tener la desagradable costumbre de recordar lo que una dice.
Leonor le indicó que tomara asiento.
Sobre una mesa había varias fotografías de Catalina, algunas tomadas durante viajes familiares y otras en reuniones sociales.
—Quiero un retrato de mi hija —explicó—. Cumplirá años dentro de unos meses y me gustaría regalarle algo que no pueda devolver al día siguiente.
Isabella examinó las fotografías.
—¿Su hija no suele aceptar regalos?
—Mi hija acepta todos los regalos. Lo que no acepta son las instrucciones que vienen incluidas con ellos.
Leonor suspiró con una resignación divertida.
—Es una muchacha maravillosa, pero tiene opiniones muy firmes. Cuando era pequeña, decidió que quería aprender esgrima. Su padre le consiguió un instructor. Dos semanas después, el instructor renunció.
—¿Por qué?
—Porque Catalina consideró que él necesitaba mejorar su técnica.
Isabella tuvo que reprimir una sonrisa.
—Parece tener mucha personalidad.
—Tiene demasiada. Pero es mi hija y la adoro.
La forma en que Leonor pronunció aquellas palabras hizo que Isabella sintiera una pequeña punzada en el corazón.
No era envidia exactamente.
Era algo más doloroso.
El deseo de pertenecer a una familia donde el cariño se expresara sin condiciones, donde nadie utilizara el dinero para controlar a los demás y donde el amor no dependiera de cumplir con una lista de expectativas.
—¿Qué estilo de retrato le gustaría? —preguntó para concentrarse en su trabajo.
Leonor señaló una fotografía en la que Catalina aparecía sentada en el jardín, con el cabello al viento y una expresión divertida.
—Algo natural. No quiero una imagen en la que parezca una princesa de museo. Quiero que quien mire el cuadro reconozca a la verdadera Catalina.
Isabella observó la fotografía con atención.
—Entonces no debemos comenzar por el vestido ni por el fondo. Debemos encontrar aquello que la hace diferente.
Leonor la miró con renovado interés.
—¿Y cómo lo haría?
Isabella abrió su carpeta y sacó algunos bocetos.
—Primero necesito conocerla. Hablar con ella, observar sus gestos y descubrir qué expresiones utiliza cuando está cómoda. Los retratos más hermosos no siempre son los que muestran a las personas más favorecidas. Son los que consiguen transmitir algo de su personalidad.
Editado: 02.11.2026