El precio de un heredero

Capítulo 3. Un retrato, dos matrimonios y una mentira

Isabella había aprendido que las mañanas podían ser crueles.

No importaba cuánto se esforzara por comenzar el día con optimismo; bastaba una llamada de su esposo, una factura inesperada o una de aquellas silenciosas decepciones que se acumulaban en su matrimonio para recordarle que su vida distaba mucho de ser la que había imaginado.

Aquella mañana, sin embargo, despertó con una sensación diferente.

Sobre la pequeña mesa junto a su cama descansaba la tarjeta de la Fundación Cultural Valmont. A su lado había colocado la libreta en la que anotaba sus encargos, sus gastos y las cantidades que necesitaba enviarle a su madre cada mes.

El encargo de Leonor representaba una oportunidad importante.

No solo por el dinero, que le permitiría cubrir algunos gastos atrasados, sino porque trabajar para una familia tan influyente podía abrirle las puertas a otros clientes.

Quizá, por fin, dejaría de aceptar cualquier trabajo que apareciera.

Quizá podría alquilar un estudio mejor.

Quizá conseguiría ahorrar lo suficiente para que su madre no tuviera que preocuparse por las medicinas.

Isabella sonrió mientras se levantaba.

—Un retrato —murmuró—. Solo tengo que hacer un retrato.

Se quedó mirando su reflejo en el espejo.

—Y no enamorarme de ningún hombre rico que viva en una mansión.

Frunció el ceño.

—Aunque eso último no debería ser difícil. Estoy casada.

La palabra le borró la sonrisa.

Estaba casada.

Con Gabriel Montenegro.

Un hombre que le había prometido amor, protección y una vida juntos.

Un hombre que, con el paso de los años, había convertido cada uno de aquellos compromisos en algo que Isabella debía agradecerle como si se tratara de un favor.

Sacudió la cabeza, apartando aquellos pensamientos.

No quería empezar el día triste.

Tenía trabajo que hacer.

Y una vida que, aunque todavía no sabía cómo, necesitaba recuperar.

A las nueve de la mañana, Isabella llegó a la mansión Valmont con su maletín de trabajo.

Arthur la recibió en la entrada.

—Buenos días, señorita Montenegro. La señora Leonor la está esperando en el jardín.

—Buenos días. ¿En el jardín?

—La señorita Catalina ha decidido que el retrato debe realizarse al aire libre.

Isabella sonrió.

—Me parece una buena idea.

Arthur la observó con una expresión ligeramente preocupada.

—Eso mismo pensé yo, hasta que la señorita Catalina pidió que trasladaran una silla antigua de la biblioteca y descubrió que pesaba más de lo que esperaba.

—¿Y qué hizo?

—Ordenó que cuatro empleados la llevaran al jardín.

Isabella se mordió el labio para no reírse.

—Entiendo.

—No, señorita. Con todo respeto, todavía no entiende.

El mayordomo tomó su maletín y la condujo por un corredor lateral.

El jardín era espectacular.

Los rosales se extendían junto a senderos de piedra, los árboles proyectaban sombras delicadas sobre el césped y una pérgola cubierta de flores blancas proporcionaba el fondo perfecto para un retrato.

Leonor estaba sentada a una mesa con una taza de té.

Catalina, en cambio, se encontraba de pie sobre una pequeña plataforma, discutiendo con un jardinero.

—¡Le he dicho que esa rama debe quedar fuera del encuadre!

—Señorita, la rama lleva veinte años creciendo ahí.

—Entonces lleva veinte años estorbando.

—Catalina —intervino Leonor sin levantar la voz—, baja de ahí antes de que termines retratada con una pierna rota.

La joven descendió con expresión ofendida.

—No comprendo por qué todos se oponen a la perfección.

Isabella dejó escapar una carcajada.

Catalina se volvió hacia ella.

—¡Por fin! Alguien que aprecia mis esfuerzos.

—Aprecio sus esfuerzos —respondió Isabella—, pero quizá podríamos comenzar por elegir una posición cómoda antes de reorganizar todo el jardín.

—¿Una posición cómoda?

—Sí. Si va a permanecer sentada durante una hora, debe poder hacerlo sin querer estrangularme a los diez minutos.

Catalina la contempló.

Después soltó una carcajada tan sonora que Leonor tuvo que dejar la taza sobre la mesa.

—Mamá, definitivamente me agrada esta mujer.

—Me alegra saberlo. Así quizá dejes de amenazar con despedirla antes de que termine el primer boceto.

Isabella abrió su maletín.

—¿Podría sentarse en aquella silla, señorita Catalina?

—Solo si promete no hacerme parecer aburrida.

—No puedo prometerle eso.

Catalina abrió la boca, escandalizada.

—¡Mamá!

—Siéntate, querida —respondió Leonor, riendo.

Por primera vez en mucho tiempo, Isabella sintió que trabajaba en un lugar donde las personas no estaban buscando constantemente una razón para hacerla sentir inferior.

Nadie le preguntó cuánto dinero ganaba.

Nadie hizo comentarios sobre su vestido.

Nadie insinuó que su trabajo era un pasatiempo poco importante.

Simplemente le permitieron hacer aquello que amaba.

Y, para Isabella, aquello era más valioso de lo que los Valmont podían imaginar.

Adrián había planeado pasar la mañana en su despacho, pero una llamada de su madre alteró sus planes.

—Necesito que vengas al jardín —le anunció Leonor por teléfono.

—¿Ha ocurrido algo?

—No.

—¿Entonces?

—Quiero tu opinión sobre el retrato.

Adrián guardó silencio.

—Mamá, el retrato es de Catalina.

—Y tú eres su hermano.

—No sabía que mi opinión artística fuera indispensable.

—No lo es. Pero tu presencia sí.

Adrián sonrió.

—¿Qué quieres realmente?

—Que vengas a tomar café conmigo.

—Podrías haber empezado por ahí.

—Podría, pero entonces habrías dicho que estabas ocupado.

—Estoy ocupado.

—Adrián.

Él suspiró.

—Estaré ahí en diez minutos.

Cuando llegó al jardín, encontró a su hermana sentada en una silla, con los brazos cruzados y una expresión de sufrimiento exagerado.




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