Isabella descubrió que existían dos clases de silencios.
El primero era tranquilo, como el que acompañaba sus horas de trabajo en el estudio, cuando solo se escuchaban el roce del pincel sobre el lienzo y el murmullo de la ciudad al otro lado de la ventana.
El segundo era mucho peor.
Era el silencio que aparecía cuando Gabriel entraba en una habitación y ella tenía que medir cada palabra para evitar una discusión. El silencio de las cenas en las que su esposo hablaba de negocios mientras ella permanecía sentada a su lado como un adorno. El silencio de las noches en que deseaba abrazarlo, pero terminaba dándole la espalda porque él parecía demasiado ocupado para advertir su tristeza.
Aquella mañana, Isabella despertó antes que él.
Se quedó contemplando el techo durante unos minutos, preguntándose cuándo había comenzado a sentirse sola dentro de su propio matrimonio.
Quizá había sucedido gradualmente.
Primero, cuando Gabriel empezó a llegar tarde a casa.
Después, cuando las conversaciones sobre tener hijos desaparecieron por completo.
Finalmente, cuando él le comunicó que los médicos habían encontrado un problema que, según sus palabras, le impediría convertirse en madre.
Desde entonces, Isabella había dejado de hablar del tema.
No porque hubiera dejado de desearlo.
Sino porque cada vez que lo mencionaba, Gabriel encontraba una manera de hacerle sentir que estaba siendo egoísta.
—No podemos construir nuestra felicidad alrededor de algo que no podemos tener —le había dicho una vez.
Ella había llorado durante horas después de escuchar aquellas palabras.
Ahora, mientras observaba a su esposo dormir, se preguntó si él alguna vez había comprendido cuánto le había dolido.
Gabriel se movió entre las sábanas y abrió los ojos.
—¿Qué haces despierta tan temprano?
—Tengo que ir a trabajar.
Él miró el reloj.
—Todavía es temprano.
—Quiero adelantar el retrato.
Gabriel se incorporó y apartó las sábanas.
—Espero que no estés descuidando tus obligaciones aquí por ese trabajo.
Isabella lo miró, incrédula.
—¿Qué obligaciones?
Él frunció el ceño.
—No empieces.
—Solo te estoy preguntando.
—Isabella, eres mi esposa. Espero que la casa esté en orden y que podamos recibir invitados cuando sea necesario. No creo que sea demasiado pedir.
Ella apretó las manos sobre la colcha.
—La casa está en orden. La cena de anoche estuvo preparada a tiempo y tus invitados fueron atendidos.
—Entonces no hay motivo para discutir.
Gabriel se levantó y se dirigió al vestidor.
La conversación había terminado para él.
Como siempre.
Isabella permaneció sentada en la cama.
Había pasado años intentando encontrar las palabras adecuadas para hacerse escuchar, pero comenzaba a sospechar que el problema no era la manera en que hablaba.
El problema era que Gabriel no quería escucharla.
Y aquella conclusión, aunque dolorosa, le produjo una extraña sensación de claridad.
Por primera vez, se permitió pensar que quizá no tenía que esforzarse más para ser una esposa suficiente.
Quizá era él quien no estaba cumpliendo con lo que había prometido.
A las nueve y media, Isabella llegó a la mansión Valmont.
Había pasado por el mercado para comprar algunos materiales y llevaba el cabello recogido de manera informal. Su maletín estaba lleno de lápices, pinceles y pequeños recipientes de pintura.
Arthur la recibió con una sonrisa.
—Buenos días, señorita Montenegro.
—Buenos días, Arthur. ¿La señora Leonor está en casa?
—En la biblioteca. La señorita Catalina también la espera en el jardín.
Isabella sonrió.
—¿Debo prepararme para otra discusión artística?
Arthur fingió reflexionar.
—Esta mañana solo ha solicitado cambiar de vestido tres veces y ha preguntado si sería posible instalar una estatua de un caballo junto al caballete.
—Entonces parece que tenemos una jornada tranquila.
—No quisiera alarmarla, señorita, pero la estatua ya está en camino.
Isabella soltó una carcajada.
Mientras atravesaba el jardín, vio a Catalina sentada en una silla de mimbre, con un libro abierto sobre las rodillas.
—¡Isabella!
La joven levantó la mano.
—Buenos días.
—Necesito que me prometa algo.
Isabella dejó el maletín sobre la mesa.
—Depende de qué se trate.
—Si en el retrato aparezco con una expresión demasiado seria, quiero que lo destruya antes de que mi madre pueda verlo.
—No voy a destruir un retrato porque usted no quiera parecer seria.
—Entonces tendremos que negociar.
Isabella se sentó frente a ella.
—¿Por qué le preocupa tanto cómo va a quedar?
Catalina bajó la mirada hacia el libro.
Por primera vez desde que se conocían, pareció dudar antes de contestar.
—Porque mi madre quiere conservarlo durante muchos años.
—Eso parece algo bonito.
—Lo es. Pero también significa que cada vez que lo vea recordaré esta época de mi vida. Y no sé si quiero recordar todo lo que está pasando en mi familia.
Isabella dejó de preparar sus pinceles.
—¿Ocurre algo?
Catalina cerró el libro.
—Mi hermano está triste.
La afirmación la tomó por sorpresa.
—¿El señor Adrián?
—Sí. Aunque, si le pregunta, lo negará hasta el día de su muerte.
Isabella guardó silencio.
No conocía suficientemente a Adrián como para opinar sobre su matrimonio, pero había advertido una sombra en su expresión cuando hablaba de tener hijos.
—¿Por qué está triste?
Catalina la observó durante unos segundos.
—Porque quiere una familia. Una de verdad. Y no sabe cómo conseguirla sin hacer daño a la mujer con la que está casado.
Isabella sintió que algo se removía en su interior.
Aquella descripción le resultaba demasiado familiar.
Editado: 02.11.2026