La mañana amaneció con un cielo gris sobre la ciudad. Desde las ventanas del estudio improvisado en la mansión Valmont, Isabella contemplaba cómo las primeras gotas de lluvia resbalaban por los cristales. Había llegado temprano para aprovechar la luz natural y continuar el retrato de Catalina, pero la joven Valmont todavía no había aparecido.
Sobre el caballete descansaba el lienzo, cada vez más definido. Isabella había conseguido capturar la expresión traviesa de Catalina, aunque aún le faltaba algo: esa chispa que aparecía en sus ojos cada vez que estaba a punto de hacer una de sus bromas.
—Si sigues mirando ese cuadro con tanta seriedad, terminarás pintando a mi hermana como si estuviera a punto de declarar una guerra —comentó una voz masculina desde la puerta.
Isabella se volvió.
Adrián Valmont estaba allí, impecablemente vestido con un traje azul oscuro, una carpeta bajo el brazo y una expresión que parecía mucho más relajada de lo habitual.
—Buenos días, señor Valmont. Su hermana tiene suficiente carácter para declarar una guerra sin necesidad de que yo la ayude.
Él sonrió.
—Por fin alguien comprende la gravedad de mi situación familiar.
—¿Gravedad? —Isabella arqueó una ceja—. Por lo que he visto, su familia parece bastante unida.
—Lo estamos. Eso no significa que sobrevivir a Catalina sea sencillo.
—¡Te he escuchado!
La voz de Catalina llegó desde el pasillo. Un instante después apareció en la puerta, sosteniendo una taza de café y acompañada por Leonor.
—Quiero dejar constancia de que mi hermano es un exagerado —declaró—. Si yo fuera insoportable, él ya habría perdido la paciencia hace años.
—No he perdido la paciencia —replicó Adrián—. La he enterrado profundamente para evitar problemas familiares.
Isabella soltó una carcajada.
Y Adrián, que había entrado únicamente para saludar antes de marcharse a la oficina, se descubrió deseando prolongar aquel momento.
No era solamente la risa de Isabella. Era la naturalidad con la que se expresaba, la forma en que respondía sin intimidarse por su apellido y la tranquilidad que parecía llevar consigo incluso cuando hablaba de asuntos dolorosos.
En su mundo, casi todo el mundo medía las palabras antes de pronunciarlas.
Isabella, en cambio, parecía decirlas porque las consideraba necesarias.
—Bien —anunció Catalina, dejando su café sobre una mesa—. Ya que todos estamos aquí, propongo una sesión de trabajo breve. Tengo compromisos importantes.
—¿Qué compromisos? —preguntó Leonor.
—Debo decidir qué vestido usar para la cena del viernes, responder tres mensajes y convencer a Arthur de que deje de esconder las galletas.
Desde el pasillo se escuchó una voz indignada.
—¡Señorita Catalina, las galletas no están escondidas! ¡Están bajo resguardo administrativo!
—¡Eso es esconderlas con vocabulario elegante!
Isabella tuvo que dejar el pincel para no manchar el lienzo mientras reía.
Adrián negó con la cabeza.
—Y después se preguntan por qué necesito vacaciones.
—Tú necesitas muchas cosas, querido —respondió Leonor con dulzura—. Algunas de ellas no se solucionan viajando.
La mirada de su madre se detuvo en él apenas un instante.
Adrián comprendió la indirecta.
Un hijo. Una familia. La conversación que llevaba meses aplazando con Victoria.
Su sonrisa se debilitó.
Isabella lo notó, aunque no preguntó nada. Había aprendido que algunas tristezas se escondían detrás de una expresión tranquila y que presionar a alguien para que hablara podía ser tan injusto como ignorar su dolor.
Tomó nuevamente el pincel.
—Catalina, necesito que se siente junto a la ventana. Y esta vez le pido que no haga gestos deliberadamente dramáticos.
—¿Yo? Jamás.
—La última vez intentó posar como una reina que acababa de descubrir una conspiración.
—¡Porque estaba interpretando una emoción!
—Estaba intentando estornudar sin arruinar su peinado —la corrigió Adrián.
Catalina le lanzó una mirada asesina.
—Hermano, algún día necesitarás mi ayuda y recordaré cada una de tus ofensas.
—Lo espero con entusiasmo.
Isabella volvió a reír.
Y, sin que ninguno de los dos lo advirtiera del todo, la mañana comenzó a parecerse menos a una jornada de trabajo y más a una pequeña reunión familiar.
Una de esas reuniones que Isabella siempre había imaginado para sí misma.
Una mesa compartida. Conversaciones sin temor. Personas que podían discutir sin convertir cada desacuerdo en un castigo.
La imagen le produjo una punzada inesperada.
Porque ella tenía un hogar, sí, pero hacía tiempo que había dejado de sentir que pertenecía a él.
A media mañana, Leonor recibió una llamada y tuvo que retirarse. Catalina, después de soportar casi cuarenta minutos de inmovilidad, anunció que necesitaba caminar antes de que sus piernas dejaran de funcionar.
—No exageres —dijo Isabella.
—No exagero. Si me quedo aquí cinco minutos más, tendrán que transportarme en una carretilla.
—Podríamos pintarte en ella —sugirió Adrián.
—Te odio.
—Lo sé. Es una relación familiar muy estable.
Catalina salió del estudio prometiendo regresar después del almuerzo. Isabella recogió algunos pinceles y comenzó a limpiar la paleta.
Adrián seguía allí.
—¿No debería estar en su oficina? —preguntó ella.
—Debería.
—¿Y no va a ir?
Él miró su reloj.
—En unos minutos.
Isabella inclinó la cabeza.
—¿Tiene miedo de volver al trabajo?
—Tengo miedo de encontrar cuarenta correos que comiencen con las palabras «Necesitamos hablar urgentemente».
—Eso suena terrible.
—Uno de ellos suele ser sobre el café de la sala de juntas.
—Entonces comprendo su sufrimiento.
Adrián soltó una risa breve.
Después se acercó al retrato. Observó los avances y se quedó en silencio durante varios segundos.
Editado: 02.11.2026